Antonio Bello Quiroz
La humanidad desde su origen ha mostrado resistencia al olvido. Surge por el afán de trascendencia. La idea de la trascendencia dejó marcas en las primeras tumbas, señalando así el inicio del proceso de hominización. Las pinturas en el “pozo” de las cuevas de Lascaux son de las más antiguas muestras de este afán de permanencia en la memoria. El cuerpo humano muy pronto se convirtió en un lienzo donde se plasmó la resistencia al olvido. Se han encontrado momias tatuadas en los glaciares de los Alpes con una antigüedad calculada entre 3700 y 5200 años. Se señala a la cultura más antigua, la sumeria, como lugar donde se origina la práctica del tatuaje. Aun cuando las diversas y más antiguas civilizaciones han recurrido al tatuaje como defensa contra el olvido, son distintas las modulaciones que se juegan en nuestra sociedad líquida, como bautizó Zymunt Bauman a la forma actual de vivir con el Otro. Hay que señalar de entrada que resulta sumamente significativo interrogarse sobre por qué se sigue recurriendo al tatuaje, existiendo tantas otras maneras de preservar los legados humanos.
Los tatuajes, como otras prácticas que involucran al cuerpo (piercing, intervenciones o extensiones del cuerpo, incrustaciones, etc.), no sólo buscan ser una defensa contra lo fugaz de la existencia, no son sólo intentos de preservación ante el olvido, también son utilizados como medios para constituirse una identidad, garantizarse una pertenencia o una jerarquía, en fin, de hacerse de una singularidad que permita representarse ante otros sujetos y hacerse (reconocerse) un lugar en el sorprendente vértigo en que se juegan las relaciones humanas en nuestro tiempo.
Hace ya tiempo que las instituciones que nos daban la sensación de pertenencia y generaban cierta seguridad han venido cayendo en fuerte descrédito. Declinación del Otro, le llaman en psicoanálisis. Como sociedad vivimos una crisis que no se ha vivido en ningún otro momento de la historia. Con la modernidad líquida tenemos que sortear una profunda crisis de credibilidad, en particular a partir de la segunda mitad del siglo XX. Se ha hablado ya del fin de la ideología con Daniel Bell desde los años sesenta, incluso del fin de la historia con Francis Fukuyama. La desconfianza e incertidumbre se generalizan y hacen evanescentes los grandes mitos. Las instituciones encargadas de garantizar un mínimo de seguridad en el porvenir se encuentran en ruinas, en particular las iglesias y el Estado. No quedan más principios, sentenciaba George Steiner en su Gramáticas de la pasión. Ante un escenario así, ante lo angustiante el cuerpo se vuelve lienzo de lo real, superficie donde se dejan las huellas del ser que han quedado silenciado en lo social.
Para Bauman, “la nuestra es una versión privatizada de la modernidad, en la que el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso recae en los hombros del individuo”. Sabemos que la modernidad es la cuna del hombre trágico, aquel que se ve abandonado por los dioses y no tiene más camino que hacerse cargo de sí mismo y de sus miserias. No hay más voltear al cielo esperando la salvación. Se viven tiempos vacíos donde cada uno tendrá que recocerse a sí mismo como portador de la conciencia desgraciada, como enseña Hegel. Contrario a lo que se piensa, en tiempos de la hiper-información, la inscripción de la diferencia ha perdido el espacio intersubjetivo (el mundo no tolera cada vez más la diferencia) del ser, por lo que el cuerpo es el último reducto (quizá siempre fue el único) para sentir.
Que el cuerpo devenga como el último reducto para la inscripción de la diferencia no lo salva de que se encuentre, en nuestros días, en una encrucijada: ha sido y es exaltado como la última de nuestras tierras de reconocimiento (se viven tiempos de culto al cuerpo), pero al mismo tiempo el cuerpo se nos muestra como lo más ajeno, virtual incluso, a partir de una cibercultura que lo exilia para darle todo el peso e importancia a la imagen. En este segundo caso, la cirugía estética se ha convertido en la panacea que corregirá el cuerpo imperfecto del que somos portadores. André Le Bretón escribe: “se hace del cuerpo un socio que se mima o un adversario que se combate para darle la forma deseada”. Esto recuerda aquella famosa Querella de las mujeres, ese debate filosófico y político protagonizada por Christine de Pizan a lo largo de los siglos XIV al XVIII, donde la cuestión a debatir era si las mujeres debieran o no maquillarse. Hacerlo sería corregir la obra de dios, no hacerlo implicaba renunciar a una libertad y al ejercicio de la libertad sobre el propio cuerpo. En ésas estamos.
Aunque Freud nunca realizó un trabajo exclusivo sobre el cuerpo, sabemos que el psicoanálisis, descubre la existencia y operación de un cuerpo que no se alcanza con el saber médico. Un cuerpo erógeno que es fuente de excitaciones y obedece a una topología inédita que se constituye no ya desde lo biológico sino desde el inconsciente. La existencia de este cuerpo, del yo-cuerpo inclusive, nos obliga a pensar de un modo diferente la forma en que se vive un cuerpo y la forma en que cada sujeto se hace de un cuerpo.
Una de las formas a las que se recurre para “hacerse de un cuerpo” es el tatuaje. El cuerpo, al ser marcado, es reorganizado, preparado para nuevas funciones, provocando efectos de eficacia simbólica: “ya soy otro” sería el mensaje implícito. De alguna manera la piel es tratada en el tatuaje como un lienzo donde proyectar fantasías, afectos, angustias, miedos. Una forma de no estar solo.
Otra arista del tatuaje será el dolor. Sabemos que procurándonos un dolor físico es mucho más tolerable que el desborde inconmensurable de un dolor incierto, un dolor del alma e incluso el dolor de existir. El dolor, sin duda, juega un factor preponderante en la construcción de la subjetividad. El dolor es el límite que reconoce Kant ante el imperativo categórico, lo mismo que resulta ser la vía ética de Sade. En fin, del dolor, en particular del dolor de existir, del dolor que no es del cuerpo pero se vive en el cuerpo nos ocuparemos en una próxima colaboración.
Por ahora quisiera cerrar mencionando que no podemos dejar de reflexionar en torno a que si hoy el uso del tatuaje es tan generalizado, es la moda, se debe a que se vive una evidente constante declinación del Otro (el lenguaje, la cultura, la ley, etc.): si el Otro que es garante de inscripción simbólica no opera, si el Otro que es el lugar de la palabra no ofrece lienzo, resta la piel como lienzo, la piel es nuestro último reducto de singularidad y de contacto con el exterior.








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