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Las locuras de Bartlebooth

· junio 25, 2016

Paul Auster

Georges Perec murió en 1982 a los cuarenta y seis años, dejando tras de sí una docena de libros y una brillante reputación. En palabras de Italo Calvino, era “una de las personalidades literarias más singulares del mundo, un escritor que no se parecía en absoluto a ningún otro”. Hemos demorado bastante en conocerlo, pero ahora que su obra principal ha sido traducida al inglés —La vida: instrucciones de uso (1978)— nuestra concepción de la literatura francesa contemporánea no volverá a ser la misma.

Nacido en el seno de una familia de judíos polacos que emigraron a Francia en 1920, Perec perdió a su padre en la invasión alemana de 1940 y a su madre en 1943 en un campo de concentración. “No tengo recuerdos de la infancia”, escribiría más tarde. Su carrera literaria comenzó pronto, y a la edad de diecinueve años había publicado artículos críticos en la NRF y Les Lettres Nouvelles. Su primera novela, Les Choses, mereció el premio Renaudot en 1965, y desde entonces hasta el momento de su muerte, publicó aproximadamente un libro por año.

Dada su trágica historia familiar, parece sorprendente que Perec haya sido esencialmente un autor cómico. En efecto, durante sus últimos quince años de vida, fue miembro activo de Oulipo, una extraña sociedad literaria fundada por Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais. Este taller de literatura potencial (Ouvroir de littérature potentielle) propone a los escritores todo tipo de operaciones: el método S + 7 (reescribir poemas famosos reemplazando cada palabra por la séptima palabra que le sigue en el diccionario), el Lipograma (eliminar el uso de una o más letras en un texto), acrósticos, palíndromos, permutaciones, anagramas y diversas otras “compulsiones literarias”. En una ocasión, Perec, una de las figuras principales de este grupo, escribió una novela de más de doscientas páginas sin usar la letra “e” (la más común en el léxico francés), seguida de otra novela donde la “e” es la única vocal que aparece. Perec parecía ejecutar ese tipo de gimnasia verbal con naturalidad. Al margen de su obra literaria, elaboraba un crucigrama semanal para la revista Le Point que se hizo famoso en Francia por su dificultad.

Para leer a Perec, uno debe abandonarse a un espíritu lúdico.

Sus libros están jalonados de trampas intelectuales, alusiones y sistemas secretos, que aunque no son necesariamente profundos (como lo son Tolstoi o Mann), resultan extraordinariamente entretenidos (como las obras de Lewis Carroll y Lawrence Sterne). Por ejemplo, en el segundo capítulo de La vida: instrucciones de uso, Perec se refiere a “la partitura de una famosa melodía americana, Gertrude de Wyoming, de Arthur Stanley Jefferson”. Por pura casualidad, yo sabía que Arthur Stanley Jefferson era el verdadero nombre de Stan Laurel, pero sólo porque capté esta alusión no quiere decir que no se me hayan escapado muchas otras. Los aficionados a las matemáticas pueden descubrir cuadrados mágicos y movimientos de ajedrez en la novela, aunque mi incompetencia para con los números no disminuyó en ningún momento el placer de la lectura. Aquellos que hayan leído mucho encontrarán pasajes que aluden directa o indirectamente a otros escritores —Kafka, Agatha Christie, Melville, Freud, Rabelais, Nabokov, Julio Verne y tantos otros—, pero la incapacidad para reconocerlos no debe ser considerada una limitación. La mente de Perec, como la de Borges, es una fuente inagotable de datos curiosos, sucesos misteriosos y asombrosa erudición y a menudo el lector no sabe si está siendo estafado o instruido. A la larga, tal vez no tenga importancia. Lo que nos atrae de estos libros, no es la inteligencia del autor, sino la habilidad y claridad de su estilo, un torrente de lenguaje que logra mantener el interés del lector a lo largo de interminables listas, catálogos y descripciones. Perec tenía un misterioso don para ordenar las sutilezas del mundo material, y en sus manos incluso una mesa roída por la carcoma puede convertirse en un objeto fascinante: “Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de disolver la madera que quedaba, con lo que se hizo visible aquella arborescencia fantástica, representación exacta de lo que habrá sido la vida del gusano en el interior de aquel fragmento de madera, superposición inmóvil, mineral, de cuantos movimientos habían constituido su existencia ciega, aquella obstinación única, aquel itinerario pertinaz, aquella materialización fiel de cuanto había comido y digerido, arrancando de la compacidad del mundo circundante los imperceptibles elementos necesarios para su supervivencia; imagen desnuda, visible, inconmensurablemente turbadora de aquel caminar sin fin, que había reducido la madera más dura a una red impalpable de precarias galerías.”

La vida: instrucciones de uso está estructurada como un gigantesco puzzle. Perec toma un simple edificio de apartamentos de París y en noventa y nueve capítulos breves (además de un preámbulo y un epílogo) procede a hacer una meticulosa descripción de todas y cada una de las habitaciones, así como a relatar la vida pasada y presente de todos sus habitantes. Contemplamos la creación de un cuadro de Serge Valène, un viejo artista que ha vivido en el edificio durante cincuenta y cinco años. “En los últimos meses de su vida, el artista Serge Valène concibió la idea de un cuadro que retratara su existencia entera: todo lo que su memoria había registrado, todas las sensaciones que había experimentado, sus fantasías, sus pasiones y sus odios quedarían grabados en el lienzo, un compendio de los minúsculos fragmentos cuya suma constituía su vida.”

El resultado es una serie de historias independientes pero interrelacionadas, contadas de forma concisa, que van de la extravagancia al realismo. Hay relatos de asesinatos y venganza, de obsesiones intelectuales, humorística sátira social y (casi inesperadamente) varios cuentos de gran perspicacia psicológica. El microcosmos de Perec está poblado en su mayor parte por un heterogéneo surtido de excéntricos, coleccionistas obsesivos, anticuarios, miniaturistas y disparatados académicos. Si tuviéramos que señalar a un personaje central en este voluble mundo caleidoscópico, éste sería Percival Bartlebooth, un excéntrico millonario inglés cuyo loco e inútil proyecto de cincuenta años cumple la función de emblema en la obra en su conjunto. Consciente desde su juventud de que su fortuna lo condenará a una vida de aburrimiento, dedica diez años a estudiar el arte de las acuarelas con Serge Valène. Aunque no tiene un talento especial para la pintura, por fin alcanza un nivel aceptable de competencia. Luego, en compañía de un criado, realiza un viaje alrededor del mundo que le llevará veinte años con la sola intención de retratar en acuarelas quinientos puertos diferentes. En cuanto termina un cuadro, se lo envía a París a un hombre llamado Gaspar Winckler, que también vive en el edificio. Winckler es un experto fabricante de puzzles a quien Bartlebooth ha contratado para que convierta las acuarelas en rompecabezas de 750 piezas. Durante veinte años, se fabrican los puzzles uno a uno y se guardan en cajas de madera. Por fin Bartlebooth regresa a su apartamento y se dedica a armar los rompecabezas por orden cronológico. Luego, a través de un complicado proceso químico diseñado especialmente para este propósito, pega las piezas entre sí de modo que los bordes no resulten visibles, devolviendo la acuarela a su forma original. Entonces retira la base de madera del cuadro con su flamante aspecto, y lo envía al sitio donde fue pintado, veinte años antes. Allí, de acuerdo con un trato previo, se lo sumerge en una solución detergente que elimina todos los vestigios de la pintura y Bartlebooth se queda con un lienzo limpio y sin marco. En otras palabras, se queda sin nada, con lo mismo que comenzó. Sin embargo, el proyecto no sale exactamente según lo planeado. Winckler hizo los rompecabezas demasiado difíciles y Bartlebooth no vive lo suficiente para armarios todos. Como escribe Perec en el último párrafo del capítulo noventa y nueve: “Hoyes veintitrés de junio de mil novecientos setenta y cinco y son las ocho de la tarde. Bartlebooth acaba de morir sentado ante su rompecabezas. Sobre el mantel, en algún lugar del cielo crepuscular del cuadrigentésimo trigésimo noveno rompecabezas, el agujero negro de la pieza que falta tiene la forma perfecta de una ‘X’. Pero la ironía, que podría haber sido prevista mucho tiempo antes, es que la pieza que el muerto tiene entre sus dedos tiene forma de ‘W’”.

Como muchos otros relatos del libro, la extraña leyenda de Bartlebooth puede leerse como una especie de parábola sobre los esfuerzos de la mente humana para imponer un orden arbitrario al mundo. Los personajes de Perec son timados, engañados, y sus planes se ven frustrados una y otra vez. Si esta obra tiene un lado pesimista, tal vez deberíamos encontrarlo en este énfasis sobre la inevitabilidad del fracaso. Incluso un proyecto autodestructor como el de Bartlebooth no puede concluirse, y cuando descubrimos en el epílogo que el enorme cuadro de Valène (que en realidad es el libro que hemos estado leyendo) no pasa de ser un boceto, advertimos que Perec no se exceptúa a sí mismo de las locuras de sus personajes. Es esta capacidad de reírse de sí mismo lo que convierte una novela potencialmente deprimente en una obra acogedora, un libro que pese a sus bromas y burlas acaba atrapándonos con la calidez de su comprensión humana.

——

Reproducido de Paul Auster, El arte del hambre, Edhasa, Barcelona, 1992.

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