Sergio M. Andrade Covarrubias
En ocasión del primer centenario de su muerte Porfirio Díaz fue objeto de los más diversos recordatorios: reediciones de libros, biografías novedosas, revistas enteramente dedicadas a su estudio, artículos por cientos, ensayos, homenajes en su tierra natal y un largo etcétera cuyo punto culminante ha sido la develación de su estatua, mandada a hacer por un político priista, el presidente municipal de la ciudad de Orizaba, en un acto francamente oportunista y chapucero. Sin embargo, lo obvio y normal, como sería la repatriación de sus restos a su país de origen sigue siendo un tema intocado por quién sabe qué causas; supongo que cualquier mexicano tiene derecho a ser sepultado en su patria natal, sin distingo ni menoscabo de su figura. Pero, en fin, muchas veces se pretende utilizar a la historia como juez, siendo que su papel no es ése, sino solamente el de ser un medio que nos permita comprender un poco mejor al pasado.
Como sea, nuestro personaje merece, más allá de su papel histórico, ser recordado como parte de nuestra memoria común; y en nuestro caso, en su relación con la ciudad de Puebla, lugar de algunas de sus gestas más recordadas. En primer lugar, claro está, en su papel como jefe de la Tercera División, que tuvo a su cargo esperar la carga de las tropas francesas en la entrada del camino a Veracruz y que finalmente terminó por rematar la victoria del Ejército de Oriente. Aquí vale la pena señalar que muchas personas pretenden poner a Díaz por encima del general Zaragoza como el verdadero estratega y héroe de la escaramuza escenificada en el cerro Acueyamatepec. Sin embargo, de acuerdo con los partes de batalla y las propias memorias del militar oaxaqueño, éste jugó un papel más bien pasivo hasta que le tocó entrar en acción precisamente cuando el mando francés mandó a sus tropas de reserva a intentar un último ataque contra las posiciones mexicanas sobre el llano y ya no contra las laderas escarpadas del cerro. Por lo tanto, insistir en ponderarlo más allá de su real accionar sería negar el papel no sólo de Zaragoza, sino también de Negrete, Berriózabal y de la Madrid. En fin, que hace tanto daño la ponderación exagerada como la denigración a ultranza.
El segundo hecho a recordar, sería el Sitio de Puebla (marzo a mayo de 1863), gesta donde don Porfirio tendría, ahora sí, un rol destacadísimo en la defensa de la ciudad angelopolitana. Su actuación a cargo de la Segunda Brigada de la Primera División de Infantería, fue definitiva en la conservación de la ciudad, sobresaliendo en la defensa de San Marcos y el Hospicio y las cercanías de la iglesia de San Agustín, además de apoyar en la defensa de Santa Inés (seguramente el hecho más notable de la resistencia de la plaza). Aunque, en honor a la verdad, también cometió algunas pifias, como el desastroso ataque a la calle de Pitiminí.
Al caer la ciudad el general Díaz correrá la suerte de muchos de sus compañeros oficiales al ser capturado por los triunfantes apoderados de la ciudad. Sin embargo, al igual que otros, logró escapar, alistándose nuevamente en el ejército liberal poco después, hasta ser nuevamente capturado al caer la ciudad de Oaxaca, trasladado a la ciudad de Puebla, de donde otra vez logra fugarse en forma espectacular, casi casi peliculesca, volviendo a las andadas hasta el triunfo final de la causa republicana. Al respecto, esto nos hace pensar si no se escaparía por alguno de los “túneles” recién puestos de moda.
La lucha de tal causa republicana tendría su epílogo con la Toma de Puebla del 2 de abril de 1867, punto culminante de la guerra de Intervención, que permitió tener camino expedito hacia la capital del país, cerrando la pinza con la toma de la plaza de Querétaro. Comenzado el sitio desde el 9 de marzo, el asalto final ocurrió el 2 de abril, aunque la rendición total se dio hasta el día 4, cuando los jefes Noriega y Tamariz, enclavados en los fuertes de Loreto y Guadalupe por fin se pusieron a disposición de Díaz.
La toma final de Puebla fue considerada por don Porfirio como “una de las acciones más importantes de las que sostuve durante la Guerra de Intervención”, donde demostró en alto grado sus cualidades guerreras.
Más adelante, don Porfirio hubo de regresar a Puebla, como la ocasión en que inauguró la penitenciaría del estado y en algunas más, haciendo ver que pocas ciudades como la nuestra estuvieron más cerca de sus intereses y afectos.
Hoy las batallas de don Porfirio son contra la incuria, la mentira y el oportunismo, en las cuales buscará triunfar después de muerto, tal como se decía del Cid Campeador.









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