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Las artes contemporáneas del amor

· julio 16, 2015
Antonio Bello Quiroz

Si en la ciudad de Roma alguien no conoce el arte de amar,

que lea mis páginas y ame ilustrado por mis versos.

Ovidio

El amor, eso frente a lo que los filósofos y la ciencia poco han podido decir para dejarle el lugar a los poetas y, en la modernidad, a los psicoanalistas, ha sufrido sustanciales modificaciones en nuestra época con respecto a cómo se mostraba en la antigüedad.

Para pensar en el amor en Occidente, básicamente el amor erótico, tenemos tres fuentes primarias, tres libros: la Biblia, con El Cantar de los Cantares; El Banquete o sobre la erótica, de Platón, y El arte de amar, de Ovidio Nasón, escrito en el siglo I después de Cristo. Aunque a decir de Stendhal las concepciones del amor en Occidente provienen del mundo árabe medieval, según este extraordinario escritor francés “el modelo y la patria del verdadero amor hay que buscarlo bajo la tienda gris del árabe beduino”. El collar de la paloma se menciona como el principal tratado de amor en el mundo medieval, obra del escritor Ibn Hazm.

Sobre el amor conocíamos sus modalidades hasta antes de la modernidad. Por ejemplo, el amor platónico, marcado por lo imposible, el amor que ocurre sólo en lo ideal, el amor que, por ejemplo, se juega en el vínculo intelectual entre un hombre y un muchacho; o bien, el amor cortés, con sus convenciones, gestas heroicas, secretos inviolables: la historia de amor entre Tristán e Isolda, narrada por Gottfried von Strassburg, nos muestra el mejor ejemplo. También sabemos del amor romántico, que supone su fundamento en lo novelesco, donde hay, en algún lugar, aquel que nos completaría idealmente, pero hay que sufrir las desdichas para poder, por fin, alcanzarlo.

El amor, mejor aún, las formas del vínculo amoroso, con la modernidad y más aún en la posmodernidad, sin embargo, sufrieron un vuelco o explosión encontrándonos con una impresionante cantidad de modalidades.

La sociología, en particular con la obra de Zygmunt Bauman, acuña el concepto de amor líquido para referirse a la fragilidad de los vínculos humanos y amorosos que se viven en la posmodernidad, caracterizados por la fugacidad, la superficialidad, etcétera. Estos vínculos se oponen a las sociedades sólidas y cálidas, que serían las dadas en los principios de la modernidad, con la familia estable como modelo.

Partiendo de estas ideas, podemos observar tipos de vínculos amorosos inéditos, artes de amar hasta ahora desconocidas, tanto que tienen que inventarse neologismos para poder nominarlas. Es el caso del llamado poliamor, que implica la posibilidad de tener más de una relación íntima, amorosa, con carácter de duradera, de manera simultánea con varias personas (incluso del mismo sexo), con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los involucrados. Hay diferencia si el vínculo entre varias parejas es sólo de carácter sexual y ocasional, lo que se practicaría en el swinging, y el poliamor que incluiría esencialmente el vínculo amoroso (aunque se incluya lo sexual).

Otro modo de vínculo amoroso lo encontramos en el amor confluente, que se maneja como el amor con una visión “realista” mediante el establecimiento de un consenso donde se daría una relación sexual e incluso amorosa con respeto a los proyectos de realización personal de los involucrados. Los objetivos de este vínculo son claros: el intercambio afectivo y la satisfacción sexual, y se mantiene mientras exista interés de las partes. A diferencia del amor romántico, aquí el otro ya no es complemento.

Desde luego, no podemos dejar de percibir que en estas —y en muchas otras— formas de vínculo amoroso el sello de época es el individualismo, a diferencia de otras épocas, en las cuales la figura del amado era la central. También vemos que hay una sustancial modificación con respecto al carácter desechable (como cualquier objeto de consumo) que adquiere el vínculo amoroso. El sello operaría como un precepto: “úsese y tírese” (con el consentimiento o no del partenaire).

El amor es entonces sometido a estos imperativos de goce de los objetos de placer que se hacen serie en una sustitución sin límites y sin renuncias, donde el otro deviene en instrumento temporal de goce. Hay que señalar de paso que estos nuevos vínculos amorosos implican un borramiento de las diferencias en cuanto a las posiciones sexuadas masculino-femenino; son modalidades que se presentan con igualdad de goce para ambos sexos: se trata de una homogenización del goce.

Ante tal panorama, vale preguntar: ¿qué es lo que caracteriza al amor en nuestros días? Partiremos de una aseveración realizada por la psicoanalista francesa Colette Soler en su libro La maldición del sexo: en nuestros días, pese a todas estas artes amatorias contemporáneas, prevalece el afán de hacer pareja y, dice la autora: “algo no anda entre los hombres y las mujeres. Aunque se podría argumentar que esto ocurre desde siempre, no es desde siempre que nos quejamos sobre esto”.

Sólo por comparación con otros momentos podemos hablar de los nuevos vínculos amorosos, es decir, un nuevo lazo amoroso de acuerdo a los parámetros de la época, con sus complicaciones económicas, su violencia, sus usos mediáticos y tecnológicos; ninguno de estos elementos pueden estar ausentes en las formas en que en la actualidad se construyen los lazos amorosos.

La emergencia del sujeto de la individualidad, entregado a un goce que podríamos llamar autista, solitario, distinto del anterior sujeto de la norma o el vínculo al Otro que regula el lazo social. Para el psicoanalista francés Jacques Lacan “lo que hace al vínculo es el amor”. El amor entonces tiene estatuto de mediador al goce. Esta mediación del amor pasa por tres dimensiones: a) los unos solos utilizarían al amor para alcanzar un goce sexual; el amor haría así funciones de velo; es, el amor, un goce velado; ese velo se encuentra constituido por la imagen; b) el otro, el otro del amor opera como un objeto; c) además de representar al otro sexo, algo diferente de sí. La elección pasaría por estas dimensiones, en caso contrario, elegir por el objeto sin la imagen, y sin la diferencia, se trataría de una elección pasada por el fetichismo, es decir, el paradigma del amor perverso.

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