Gerardo Lino
Nuestro oído tiende a acostumbrarse a la primera traducción con que se ha familiarizado. Hay una especie de resistencia cuando se lee otra: se nota primero en qué difiere, se evoca la que hemos hecho nuestra, incluso se rechaza la nueva. Lo peor es que no abrimos nuestros oídos y no captamos lo que se debería; a menos que nos hayamos ejercitado en compulsar versiones diversas ante cada libro de lengua ajena. Es necesario sobre todo para la lectura de poemas, si uno quiere aprender a escribir, si uno quiere pulir el propio estilo.
Escritores de distantes cataduras suelen recomendar la versión Reina-Valera de la Biblia por su lenguaje, su estilo, su elegancia. Recientemente uno aludió al libro de las Lamentaciones. Fui y me ocurrió lo mismo; canta el primer versículo:
“¡Cómo está sentada sola la ciudad populosa!”
Inmediatamente resonó la línea que había usado para un poema de Mutaciones hace muchos años:
“¡Yace solitaria la Ciudad populosa!”
A mí me parece mejor ésta —aunque no recuerdo de qué versión la extraje; quizás fue de la Biblia de Jerusalén o la de Nácar-Colunga—. En todo caso puede ponerse en duda mi preferencia, aunque he leído tratando de abrirme a la disparidad.
De todas maneras conviene mejor no acostumbrarse sino ejercer esa práctica de la comparación. Al fin y al cabo, ninguna traducción puede ser definitiva. Compulsar las versiones nos acerca mejor a la comprensión, aunque no conozcamos la lengua del original.
De otro modo, será lamentable no la ciudad ni sus desgracias: nuestra lectura, nuestro sentido de apertura a otros oídos.









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