Jesús Bonilla Fernández
“Pensó que despertaría pronto, pero las calles pasaban…”, bien podría ser un laberinto. Quiero explicarme esta oración de uno de los personajes de “Otoño”, recurriendo a otros laberintos citados por Gregorio Cervantes como epígrafes en su libro Cambios de estación*.
La tentación es irresistible y sus temas demasiado humanos. “El tiempo es un niño que juega moviendo los dados: el reino de un niño.” Eso dice Heráclito, el oscuro. Y Nietzsche retorna, en el golpe de un martillo: “¿Acaso no tendrá que haber recorrido alguna vez esta calle todo cuanto puede correr? ¿Acaso no tendrá que haber ocurrido ya alguna vez cada una de las cosas que pueden ocurrir?” El tiempo trastorna todos los valores de nosotros, los personajes, los demasiado humanos.
También laberinto son las respuestas de Gregorio Cervantes en entrevista con Moisés Ramos (Intolerancia Diario 08/10/01), o si lo prefieren un enigma, considerado éste como la relación metafísica entre los dioses y el hombre, como explica Giorgio Colli en alguno de sus escritos, para quien la intuición griega tenía presente la existencia de un mundo oculto donde viven éstos y del que el nuestro es sólo apariencia. Es Héraclito, según el filósofo italiano, quien propone un enigma respecto al enigma “cuál es el significado de las cosas que hemos visto, las dejamos”, cuando se refiere a la muerte de Homero (quien murió descorazonado porque “áspero, arcaico es todo enigma”) y a los dos jóvenes del río que engañaron al hombre más sabio. Para Heráclito el objeto manifiesto no es real, las cosas evidentes son más ilusión que realidad. “Mientras no descubramos esta ilusión —escribe el filósofo doponietzscheano—, seguiremos engañados. Lo oculto, en cambio, que en otras ocasiones Heráclito considera divino, o sea lo que no hemos visto ni cogido, lo llevamos con nosotros en nuestro interior”.
Lo anterior viene a cuento, regreso, por las respuestas de Gregorio Cervantes en la entrevista aludida, sobre todo cuando habla de la “La sombra de Poseidón”, último relato de Cambios de estación. Dice el autor: “El final del libro ya fue un viraje. Realmente lo siento más como un cambio de rumbo, y, quizá siendo estricto, no debería estar en este libro”.
Después de leer éste, nace en mí el afán de controvertir esta aseveración de mi amigo el escritor, invocando la presencia de la Grecia de la que somos ciudadanos en el resto de sus relatos, debido a la persistencia de más que un inconsciente colectivo jungiano, el inconsciente atávico a la vez apolíneo y dionisiaco, sólo posible en la cultura que generó la dialéctica de los sabios antecesores de los filósofos que desterraron a la mitología, a sus dioses y a sus héroes.
Escribe Robert Graves que a los griegos, raza con gran sentido del humor, disgustaba la idea de que sólo pudiera existir un dios y ninguna diosa. Los cielos eran gobernados por una familia divina. Sus miembros, sin embargo, eran extremadamente poderosos e inmortales, pero en cuanto a lo demás podrían pertenecer a cualquier otra familia rica de la tierra. “En cuanto el emperador Juliano de Constantinopla —escribe el poeta inglés—, el último de los emperadores romanos que adoró a los olímpicos, fue muerto en la lucha contra los persas, el año 365 después de Jesucristo, Zeus fue informado por las tres Parcas de que había finalizado su reinado y él y sus amigos debían abandonar el Olimpo.” El irascible Zeus destruyó su hogar, y después de ser perseguidos por los cristianos, los olímpicos se ocultaron en cavernas y bosques, y nadie los ha visto desde entonces.
En esta tesitura, me pregunto qué hace un pianista cíclope en los relatos de Gregorio Cervantes, qué ilumina esa luna que con sus besos enloquece a los hombres. ¿“Ese futuro recuerdo de añoranzas”, no es acaso una serpiente que se devora a sí misma? ¿Rocío no es Penélope en “Sueño recobrado”, que rompe burbujas de jabón en vez de tejer y destejer el regreso de Alfredo? ¿Todos los caminos acaban por volver es “Final de la espera” de Penélope y Ulises? Elena desaparece en el vértigo del tiempo en “Traslado”. ¿Las “leyendas sobre el lugar de origen hacen siempre imposible el retorno”, no es el apotegma rulfiano de Odiseo? ¿Acaso no es Tiresias el personaje de “Mirar de ciegos”? ¡Vaya, continuando con la tradición griega, incluso aparece un misterioso Diógenes que se expresa con signos y hace el papel de un menesteroso personaje de la mitología poblana!
Por supuesto que en mi humanidad, no logro salir de mi propio enredo, urdido en la lectura de Cambios de estación, pero pienso que la contención del lenguaje de Gregorio Cervantes y su temperancia, son fundamentales en la creación de sus enigmas. El río de su tiempo no arrastra piedras y no pregunta, responde. Un enigma no es una pregunta, es una respuesta es una respuesta es una respuesta… que se cuestiona y se admira.
La formación clásica de nuestro autor —por llamarla de alguna manera— y su expresión, no se arredrarán ante las escrituras de otros mitógrafos, al menos eso deseo. Pienso, guardando distancias, en Giorgio Colli y Robert Graves, que ya mencioné, pero también en Lawrence Durrell, Michel Tournier, Ernst Jünger, Mircea Eliade, Roberto Calasso y —¿por qué no?— Juan Rulfo, por mencionar a algunos.
Estas palabras, que podrían sonar a desmedido elogio, sólo pretenden rendir rápido tributo a la invención de Gregorio Cervantes, su propia mitología.
Me complace, en verdad, que en sus relatos atemporales asome la sospecha de la trascendencia, cualquiera que ésta sea, humana o divina.
En el Teseo de André Gide, Parsifae se pregunta cómo distinguir lo animal en la semilla de los dioses. El minotauro de Gregorio Cervantes, nos presagia: “Sigue caminando, Teseo. Estoy a la vuelta del pasillo.”
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Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México, 2001.









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