Antonio Bello Quiroz
Ellas encantan a todos los mortales que se les acercan,
¡pero muy necio quien ceda en sus esfuerzos
y escuche su canto! La Odisea
La voz es uno de los mayores enigmas del cuerpo, se trata a la vez de algo tan físico como incorpóreo. Se trata, desde el psicoanálisis, de una especie de “objeto parcial” y es el núcleo de lo que bien se podría llamar la pasión amorosa. Es por la voz que se alcanza a rozar el “momento de la verdad” en el vínculo amoroso.
Escuchar un hermoso canto, o bien un profundo discurso, o una exclamación incluso, ¡vamos!, hasta un gemido, son experiencias donde la voz está involucrada y capaces de desencadenar la más potente pasión amorosa. La voz promueve un auténtico “flechazo vocal”, aun cuando quien la profiere esté fuera del alcance de la mirada, como señala Paul-Laurent Assoun en su libro La mirada y la voz. En un efecto metonímico, la voz nos conduce de la parte al todo y así, aquel que no se conoce, el locutor, será amado como portador de ese objeto voz que ha despertado la pasión. El sujeto afectado entrará en una aventura pasional al intentar la reiteración volver a escuchar a esa voz. Queda prendado, no de lo que ve cómo puede ocurrir en el flechazo amoroso o amor a primera vista; no, aquí queda seducido por eso que fue y ya no es pero puede volver a ser. Se trata de la voz, pero no cualquiera: tendrá que tener toda “la energía de su acción”, como señala Descartes en su tratado sobre Las pasiones del alma hablando de la admiración que es propuesta como la primera de las pasiones: “su fuerza depende de dos cosas, a saber, su novedad y el hecho de que el movimiento que causa tenga desde el inicio toda su fuerza”.
Sin duda, al objeto vocal, a la voz, es posible reconocerle el valor de fetiche, según nos enseña Freud. Lo es en tanto que el objeto amoroso, el fetiche o, aquí, la voz, no son más que el signo de una falta; la voz encarna algo que se espera del otro: el síntoma neurótico es un llamado, una invocación del otro. Y si algo es posible destacar como síntoma amoroso en el neurótico es la pérdida de la voz. Una histeria de conversión que toma a la voz como objeto a paralizar.
Freud hace referencia a la afonía o pérdida de la voz en por lo menos dos ocasiones. Primero, en Estudios sobre la histeria nos habla de cierta Rosalie H., una joven empeñada en ser cantante famosa; sin embargo, se queja con frecuencia de que su voz no le obedece en ciertas tonalidades. Cuando aparecen esos “fallos de la voz” vive la sensación de estrangulamiento y cerrazón de la garganta. Más tarde la voz vuelve a ser clara y brillante, pero ante la más ligera excitación la constricción de la voz reaparece. Por otro lado, en el famoso caso de Dora, la señorita experimenta entre sus síntomas “accesos de tos con pérdida de la voz”. Freud señala que este síntoma aparece cuando el señor K, a quien ama en secreto, aparece o desaparece… El psicoanalista destaca que es “la presencia o la ausencia de un objeto lo que determina secretamente la llegada y la desaparición de los fenómenos patológicos”. Es decir, en los casos de afonía que sobrevienen periódicamente, hay que postular la existencia de “un amado provisionalmente ausente”.
Ovidio, en la historia de la pasión de Eco, la ninfa que ama a Narciso y sin embargo se queda sin poder decir su amor dado que está condenada a sólo repetir las últimas palabras que escucha. Con respecto al origen de Narciso, cuenta la mitología que el adivino Tiresias le da una profecía a la ninfa Liriope que había concebido, a la fuerza, con el río Cefiso al pequeño Narciso. Se le preguntó si el niño llegaría a viejo y el adivino sentenció que sólo “si no se conociese”. Por otro lado, Eco es una joven y bella ninfa que fue condenada por Juno a perder el habla y sólo devolver las últimas palabras que escuchaba. El castigo fue en represalia porque Eco era muy parlanchina y con su hablar sin cesar distraía a Juno mientras Júpiter le era infiel.
Eco se encontró a Narciso vagando por el campo y al instante se prendió de la belleza del muchacho (belleza que el desconocía) y lo empezó a seguir a hurtadillas; lo seguía y lo amaba cada vez más, pero nunca pudo hablarle. En alguna ocasión, el bello joven se había apartado de sus compañeros y preguntó en alta voz “quién está presente”, y Eco repitió esta última palabra. Pasmado al oírla, Narciso gritó: “Ven”, y ella le contestó con la misma voz. Engañado, seducido, el joven siguió hablando, y llegó a decir: “Juntémonos”. Contestó Eco con la misma palabra, y salió de la selva dispuesta a abrazarlo. Narciso sale huyendo y dice “moriré antes que tengas poder sobre nosotros”. Ella, despreciada, vuelve a ocultarse en la selva y ahí permanecerá, cubierto el rostro de follaje y solitaria, ama aún con mayor intensidad, y su cuerpo enflaquece y pierde toda belleza y es ya sólo quedó huesos y voz; después sus huesos se hicieron piedra y queda sólo voz. Un sonido que aún podemos escuchar. El final de la historia de Narciso también la conocemos: huyendo de Eco se encuentra frente a un arroyo y al verse, como estaba dicho en la profecía, se arroba en su propia imagen y por quererse alcanzar muere ahogado.
Mientras que para Freud la afonía es un hecho clínico fundamental, para Lacan la voz está ligada a la invocación. La pulsión invocante es catalogada por Lacan como lo más próximo a la experiencia de lo inconsciente, y lo es porque expresa un modo de comunicación sumamente paradójico. El sujeto comprueba que asigna al lugar del Otro lo que no es susceptible de asumir de su propia enunciación. Fenómenos como pesadillas de quedarse sin voz, o experiencias de miedo extremo (incluso alucinatorios) o angustia que dejan al soñante sin voz, atrapado en un goce pulsional indecible, son expresiones de lo que permanece intocado de la sexualidad y aparece vinculado a la muerte: donde no hay voz.
Sabemos que la afonía es, en términos médicos, una pérdida parcial o total de la voz, bien causada por una lesión o una parálisis del órgano de la fonación. Sin embargo, casi todos tenemos la experiencia de que frente al otro o frente al Otro (en la emoción, el recuerdo) experimentamos una ausencia de voz, “quedarse mudo”, también la palabra se ausente aunque esté en la mente, o como se dice, en “la punta de la lengua”. La voz, más allá de una patología médica, puede faltar en la “hora de la verdad” y se presenta bajo la modalidad de la disfonía. En Eco la voz se interrumpe, o repite sin sentido, en una suspensión de una declaración amor imposible.
La voz, función del cuerpo que ha sido exaltada e incluso es considera como el primer y más sofisticado instrumento musical, sostiene al sujeto en una abierta relación exterior-interior (como la piel o el oído), pero va más allá. Sabemos que en la histeria el cuerpo deviene lugar privilegiado para el síntoma. El cuerpo escenifica, muchas veces de manera espectacular, la insuficiencia de todo cuerpo para conseguir una satisfacción plena, lo mismo evidencia la imposibilidad de la relación sexual y hace una invocación a un padre que venga a remediar estas carencias, haciéndose así Amo del deseo.
Esta función de la voz va más allá del órgano, no es natural, depende de la función del Nombre del Padre (es decir un significante que ordene y al mismo tiempo falte), lo que permite que la voz permanezca articulada al habla. En el seminario sobre La angustia Lacan va a decir de la voz: “que creemos conocer bien bajo el pretexto de que conocemos sus desechos, sus hojas muertas, bajo la forma de las voces extraviadas de la psicosis, su carácter parasitario bajo la forma de los imperativos interrumpidos del superyó”. Hace a la voz el objeto esencial que hace función de objeto pequeño a (objeto causa del deseo), y por tanto la voz mantiene una relación esencial con la angustia.








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