Héctor A. Murena
Di, quibus imperium est animarum, umbraeque silentes
et Chaos et Phlegethon, loca nocte tacentia late,
sit mihi fas audita loqui, sit numine vestro
pandere res alta terra et caligine mersas. Virgilio, Eneida, VI, 264-267ii
I
Conocíamos el sabor
de las manzanas de la vida,
y nos humillaba,
merodeábamos
pero a nuestros arcos
nada nada se rendía,
y nuestras pieles jóvenes
y brillantes
no querían pagar
el precio de la muerte
que cada minuto, cada cosa,
en este mundo exigía.
Entonces nos dijeron o soñamos
que con el oro del orgullo,
con vísceras de piedra,
con pechos insobornables,
dispersando sin temor los vahos
que a los amantes enloquecían,
llegaríamos junto a una diosa
que contra esa ley
nos encantaría.
Abandonamos las familias,
los paraderos, la ciudad,
abandonamos,
y en el mes de los vientos
hacía aquella región partíamos.
II
Recorrimos las pérfidas latitudes
que la desventura enciende
entre sus bosques iguales
hasta que despiertos rodamos
por el imprevisible abismo
que sólo se visita
en los sueños más inhumanos,
y abajo cuando llegamos
éramos ya presa propicia
para los irónicos y sombríos
señores de estos dominios
que pronto en nuestras almas
se instalaron
entre los momentos
de exploraciones con regreso mudo
y de los últimos escrutinios de fe,
antes de descubrir
la inolvidable puerta del ocio
mientras avanzábamos hacia uniones
con mujeres grandes como el día,
mientras aves enormes
trazaban en los cielos
un protocolo ávido
que no se entendía.
III
Las horas fueron
madres dementes, maestras perdidas
que rechazaban
nuestras voces más ricas,
las hundían,
y nosotros,
consecuentes con la búsqueda
o el éxodo iniciado,
hacíamos triunfar los lechos,
las rémoras, los vetos,
y nos sentíamos entonces
con fingido entusiasmo
junto a los recipientes
de una fermentada felicidad,
oh, orden de desgracia
para los postreros príncipes
de las trompetas del corazón
que nos acompañaban,
orden de desdeñoso sueño
para los centinelas
de la sabiduría,
orden de volcar con tristeza
sobre esa tierra
el olor muerto
de las comidas no tocadas,
pues, olvidados de nosotros mismos
a causa de tanta luz,
de todo el conocimiento de sí
de los desterrados de ninguna parte,
recogíamos botines sarcásticos
huellas equívocas,
cuchillos de sombra
para matar con nosotros
las ansias de inmortalidad,
y ya cada hombre era sólo
crear a veces una luna cruel
por tener una bella hermana.
IV
Ya no nos volvíamos ni al oír
los chirridos repentinos de la desgracia,
ya no esperábamos
más que un viento de furia sin máscara
que golpeara sobre la marchita región
y expoliara lo virgen
que aún podría haber en ella,
hasta que nos paralizó un día
el monstruoso fenómeno
del brillo total
de las exasperadas conciencias
con que nos buscábamos,
y allí, allí,
iluminado el siniestro paisaje,
su aciaga ley,
advertimos nuestros rostros
de maniquíes furiosos,
el engaño de las almas,
y algunos y todos
comprobaron estar rígidos
como viejos ajusticiados
con licencia de mundo
para recoger las sábanas grises
de los recuerdos de la fugaz enfermedad
que había sido la vida,
y así al final mientras yo,
de pronto inspirado, me aprestaba,
intentaban muchos inútilmente
como los muertos tercos que retornan
por la noche,
intentaban inútilmente,
mientras yo partía,
sorber alimento
en los odres errantes del viento
para continuar con ese mismo
vuelo enfermo de la fiebre
y, oh coleccionistas de sombras,
mientras yo me alejaba
levantaban desvencijados
sindicatos de esperanzas,
levantaban, mientras el silencio
se asomaba sobre ellos,
mientras sobre ellos
se alzaba el silencio
como un temible monarca
antiguamente traicionado.
V
Sea el laurel de tristeza y osadía
para este fugitivo inspirado y pálido.
Inicia su vida nueva, acepta,
va a luchar hondamente
con esa muerte que come su piel
pero que tiene su exacta estatura,
a ese grave misterio
en él encarnado
va a enfrentar ante los días.
Para este fugitivo inspirado y pálido
sea el laurel de tristeza y osadía.
——
i Pertenece al libro La vida nueva, publicado en 1951. Las notas pertenecen a Roberto Martínez Garcilazo.
ii Dioses que al mando tenéis de las almas, y sombras silentes,
y Caos y Flegetón, sitios que ampliamente callan de noche,
séame lícito hablar de los oído; con el poder vuestro sea
que abra las cosas en la honda tierra y la calígine inmersas.
La anterior es la versión de Rubén Bonifaz Nuño en Virgilio, Eneida, UNAM, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, México, 2006.
En este trabajo publico los cuatro versos de la estrofa para mejor comprensión del sentido del epígrafe. En la edición del poema “La vida nueva” de Héctor A. Murena, publicada por el Fondo de Cultura Económica (Visiones de Babel, México, 2002), el epígrafe aparece con la estrofa original mutilada por la mitad, es decir, únicamente aparecen los versos finales: 266 y 267. Otra desventaja para el lego lector es que se omite la referencia completa: no se menciona el nombre de la obra ni la ubicación de los versos.
Por otra parte —y con la misma intención explanatoria— debo asentar aquí la descripción del contenido del capítulo VI de la Eneida, escrita por Eugenio de Ochoa (1815-1872) y contenida en su propia traducción del clásico, hecha pública por la Imprenta de M. Rivadeneira, Calle del Duque de Osuna 3, en Madrid, en al año 1869:
“Llegada de Eneas a la costa de Italia; se encamina a la cueva de la Sibila, y oído su oráculo, implora de ella que lo conduzca a las mansiones infernales para ver a su padre Anquises.—Respuesta de la Sibila.—Encuentra Eneas el cadáver de Miseno, al cual da sepultura; descubre el ramo de oro que debía ofrecer a Proserpina, y, acompañado de la Sibila, baja a los infiernos.—Encuéntrase a su entrada con la sombra de Palinuro, que le refiere la historia de su muerte y le pide sepultura. Prosiguiendo su camino, llegan a la laguna Estigia, que cruzan en la barca de Caronte, adormece la Sibila al Cancerbero con una torta de miel y adormideras y llegan a los Campos Llorosos, donde se encuentran a Dido, a una multitud de guerreros muertos en la guerra de Troya, y entre ellos a Deífobo, que refiere a Eneas su lamentable historia.— Descripción del Tártaro, donde padecen horribles tormentos los grandes criminales.—Pintura de los Campos Elíseos, morada de los héroes y de los grandes bienhechores de la humanidad; en ellos encuentra Eneas a su padre Anquises, el cual le explica el origen del mundo, los misterios de la otra vida y le revela los altos destinos reservados a sus descendientes.—Elogio admirable del joven Marcelo, yerno de Augusto.—Sale Eneas de los infiernos por la puerta de marfil.”









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