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La vida nueva

· agosto 10, 2018

Héctor A. Murena

Di, quibus imperium est animarum, umbraeque silentes

et Chaos et Phlegethon, loca nocte tacentia late, 

sit mihi fas audita loqui, sit numine vestro

pandere res alta terra et caligine mersas. Virgilio, Eneida, VI, 264-267ii

 

I

Conocíamos el sabor

de las manzanas de la vida,

y nos humillaba,

merodeábamos

pero a nuestros arcos

nada nada se rendía,

y nuestras pieles jóvenes

y brillantes

no querían pagar

el precio de la muerte

que cada minuto, cada cosa,

en este mundo exigía.

Entonces nos dijeron o soñamos

que con el oro del orgullo,

con vísceras de piedra,

con pechos insobornables,

dispersando sin temor los vahos

que a los amantes enloquecían,

llegaríamos junto a una diosa

que contra esa ley

nos encantaría.

Abandonamos las familias,

los paraderos, la ciudad,

abandonamos,

y en el mes de los vientos

hacía aquella región partíamos.

 

II

Recorrimos las pérfidas latitudes

que la desventura enciende

entre sus bosques iguales

hasta que despiertos rodamos

por el imprevisible abismo

que sólo se visita

en los sueños más inhumanos,

y abajo cuando llegamos

éramos ya presa propicia

para los irónicos y sombríos

señores de estos dominios

que pronto en nuestras almas

se instalaron

entre los momentos

de exploraciones con regreso mudo

y de los últimos escrutinios de fe,

antes de descubrir

la inolvidable puerta del ocio

mientras avanzábamos hacia uniones

con mujeres grandes como el día,

mientras aves enormes

trazaban en los cielos

un protocolo ávido

que no se entendía.

 

III

Las horas fueron

madres dementes, maestras perdidas

que rechazaban

nuestras voces más ricas,

las hundían,

y nosotros,

consecuentes con la búsqueda

o el éxodo iniciado,

hacíamos triunfar los lechos,

las rémoras, los vetos,

y nos sentíamos entonces

con fingido entusiasmo

junto a los recipientes

de una fermentada felicidad,

oh, orden de desgracia

para los postreros príncipes

de las trompetas del corazón

que nos acompañaban,

orden de desdeñoso sueño

para los centinelas

de la sabiduría,

orden de volcar con tristeza

sobre esa tierra

el olor muerto

de las comidas no tocadas,

pues, olvidados de nosotros mismos

a causa de tanta luz,

de todo el conocimiento de sí

de los desterrados de ninguna parte,

recogíamos botines sarcásticos

huellas equívocas,

cuchillos de sombra

para matar con nosotros

las ansias de inmortalidad,

y ya cada hombre era sólo

crear a veces una luna cruel

por tener una bella hermana.

 

IV

Ya no nos volvíamos ni al oír

los chirridos repentinos de la desgracia,

ya no esperábamos

más que un viento de furia sin máscara

que golpeara sobre la marchita región

y expoliara lo virgen

que aún podría haber en ella,

hasta que nos paralizó un día

el monstruoso fenómeno

del brillo total

de las exasperadas conciencias

con que nos buscábamos,

y allí, allí,

iluminado el siniestro paisaje,

su aciaga ley,

advertimos nuestros rostros

de maniquíes furiosos,

el engaño de las almas,

y algunos y todos

comprobaron estar rígidos

como viejos ajusticiados

con licencia de mundo

para recoger las sábanas grises

de los recuerdos de la fugaz enfermedad

que había sido la vida,

y así al final mientras yo,

de pronto inspirado, me aprestaba,

intentaban muchos inútilmente

como los muertos tercos que retornan

por la noche,

intentaban inútilmente,

mientras yo partía,

sorber alimento

en los odres errantes del viento

para continuar con ese mismo

vuelo enfermo de la fiebre

y, oh coleccionistas de sombras,

mientras yo me alejaba

levantaban desvencijados

sindicatos de esperanzas,

levantaban, mientras el silencio

se asomaba sobre ellos,

mientras sobre ellos

se alzaba el silencio

como un temible monarca

antiguamente traicionado.

 

V

Sea el laurel de tristeza y osadía

para este fugitivo inspirado y pálido.

Inicia su vida nueva, acepta,

va a luchar hondamente

con esa muerte que come su piel

pero que tiene su exacta estatura,

a ese grave misterio

en él encarnado

va a enfrentar ante los días.

Para este fugitivo inspirado y pálido

sea el laurel de tristeza y osadía.

——

i Pertenece al libro La vida nueva, publicado en 1951. Las notas pertenecen a Roberto Martínez Garcilazo.

ii Dioses que al mando tenéis de las almas, y sombras silentes,

 y Caos y Flegetón, sitios que ampliamente callan de noche,

  séame lícito hablar de los oído; con el poder vuestro sea

  que abra las cosas en la honda tierra y la calígine inmersas.

La anterior es la versión de Rubén Bonifaz Nuño en Virgilio, Eneida, UNAM, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, México, 2006.

En este trabajo publico los cuatro versos de la estrofa para mejor comprensión del sentido del epígrafe. En la edición del poema “La vida nueva” de Héctor A. Murena, publicada por el Fondo de Cultura Económica (Visiones de Babel, México, 2002), el epígrafe aparece con la estrofa original mutilada por la mitad, es decir, únicamente aparecen los versos finales: 266 y 267. Otra desventaja para el lego lector es que se omite la referencia completa: no se menciona el nombre de la obra ni la ubicación de los versos.

Por otra parte —y con la misma intención explanatoria— debo asentar aquí la descripción del contenido del capítulo VI de la Eneida, escrita por Eugenio de Ochoa (1815-1872) y contenida en su propia traducción del clásico, hecha pública por la Imprenta de M. Rivadeneira, Calle del Duque de Osuna 3, en Madrid, en al año 1869:

“Llegada de Eneas a la costa de Italia; se encamina a la cueva de la Sibila, y oído su oráculo, implora de ella que lo conduzca a las mansiones infernales para ver a su padre Anquises.—Respuesta de la Sibila.—Encuentra Eneas el cadáver de Miseno, al cual da sepultura; descubre el ramo de oro que debía ofrecer a Proserpina, y, acompañado de la Sibila, baja a los infiernos.—Encuéntrase a su entrada con la sombra de Palinuro, que le refiere la historia de su muerte y le pide sepultura. Prosiguiendo su camino, llegan a la laguna Estigia, que cruzan en la barca de Caronte, adormece la Sibila al Cancerbero con una torta de miel y adormideras y llegan a los Campos Llorosos, donde se encuentran a Dido, a una multitud de guerreros muertos en la guerra de Troya, y entre ellos a Deífobo, que refiere a Eneas su lamentable historia.— Descripción del Tártaro, donde padecen horribles tormentos los grandes criminales.—Pintura de los Campos Elíseos, morada de los héroes y de los grandes bienhechores de la humanidad; en ellos encuentra Eneas a su padre Anquises, el cual le explica el origen del mundo, los misterios de la otra vida y le revela los altos destinos reservados a sus descendientes.—Elogio admirable del joven Marcelo, yerno de Augusto.—Sale Eneas de los infiernos por la puerta de marfil.”

 

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