Antonio Bello Quiroz
Para Mariela, por sus luchas
Me encuentro con una fotografía que arroba por su belleza pero que conmueve por su sentido. Una fotografía tomada por Mariela Guzmán (médica y fotógrafa aficionada) en una tarde-noche, o quizá al amanecer, en Budapest, en el Danubio. Me evoca una trilogía leída hace muchos años, dolorosa, desgarradora, escrita por Elie Wiesel, titulada La noche, el alba y el día.
La fotografía que ilustra esta entrega tiene al fondo el atardecer o el amanecer, no se sabe; en la parte media de la imagen, el hermoso río Danubio que fluye y, en primer plano, unos zapatos. Unos zapatos abandonados, sin pie que les habite, unos zapatos que evocan a los seis millones de judíos (y todos los no arios) que huían o eran condenados al exterminio.
Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, fue un sobreviviente del Holocausto o la Soha nazi. Fue testigo del horror. Escribía para darle lugar al horror. Una vez liberado del campo de Buchenwald, y trasladado a los Estados Unidos, dedicó su vida a preservar la memoria del Holocausto en la conciencia del mundo.
En 1960 Elie Wiesel da a conocer la primera parte de su trilogía: Noche. Se trata de un relato autobiográfico de los horrores que presenció en los campos de concentración siendo un niño adolescente. El relato se centra en la muerte de Dios en el alma infantil. Escribe: “nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, que convirtió mi vida en una larga noche […]. Nunca olvidaré las pequeñas caras de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espirales de humo bajo un cielo azul. Nunca olvidaré esas llamas que consumieron mi fe para siempre. Nunca olvidaré esos momentos que asesinaron a mi Dios, a mi alma, y convirtieron mis sueños en polvo. Nunca olvidaré eso, incluso si estoy condenado a vivir tanto como Dios mismo. Nunca”.
Wiesel, al igual que Primo Levi, sabían que la única posibilidad de que el genocidio no se repitiera era no dejar de hablar de las atrocidades de lo humano. El nazismo nos mostró el rostro más oscuro de la inteligencia humana, la técnica y la razón al servicio del exterminio del diferente. Nos ha mostrado lo más abyecto de lo humano: la vergüenza. El evento derribó uno de los diques de la sexualidad, según enseña Freud; es decir, la vergüenza es uno de los diques que permiten vivir con un poco de dignidad.
El escritor rumano de La noche, el alba y el día se convierte en testigo del horror, no le queda sino el ejercicio de la palabra para poder dar cuenta de lo indecible que habita su memoria. Vivió de cerca la vergüenza de ser hombre. Sin duda Wiesel estaría en la lista de testigos del horror indicando que, como Ricardo Foster señala en su libro, El increíble testimonio: Celan y Derrida: pretender “alcanzar un orden de representación de los campos sería cruzar las escrituras testimoniales de Primo Levi y Paul Celan”. Aunque en otro extraordinario texto que narra el horror vivido en los campos, Los hundidos y los salvados, justamente de Primo Levi, se cuenta que uno de los capos del campo de concentración le dijo que todo estaba organizado para que nadie saliera vivo, e incluso haciéndolo, sea tal el horror que nadie les creería si lo contaran.
“La vergüenza de ser hombres” es la frase con la que Primo Levi resume el hecho trágico del nazismo y los campos de concentración. Su apuesta es radical: los campos de concentración nos habrían inoculado esa “vergüenza de ser hombres”. El filósofo francés Gilles Deleuze, en su Crítica y clínica, nos devuelve a la realidad del presente y nos pone ante esa misma vergüenza de ser hombres, que causa no sólo las inmensas tragedias de los campos nazis, sino la cotidianidad de nuestras vidas acomodadas, la vergüenza ante “una gran vulgaridad del pensar, ante una emisión de variedades, el discurso de un ministro o las proposiciones de los bont-vivants”. Y abunda: “no hay Estado democrático que no esté comprometido hasta el alma en esta fabricación de la miseria humana. Lo que nos avergüenza es que no tengamos ningún medio seguro para preservar, ni tampoco fuertes razones para liberar devenires, incluso en nosotros mismos…” La sociedad expuesta sin defensa al horror determinado por las “sociedades de control”.
“Morir de vergüenza” es el significante con el que Jacques Lacan comenzaba su última lección del Seminario 17, El reverso del psicoanálisis. Escribe: “Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que rara vez se consigue.”
Para el psicoanálisis, la vergüenza es un afecto que forma parte de la serie de la culpabilidad; sin embargo, no se confunden. Lacan había elegido puntualizar la vergüenza antes que la culpabilidad, agregando también que ese “dar vergüenza”, “hacer vergüenza” no suponía un perdón.
Así como Deleuze, en la filosofía y Primo Levi desde la vivencia hablan de la “vergüenza de ser hombre” y hacen referencia a la tragedia del nazismo y la tragedia que se repite en la vida cotidiana bajo la instauración de las “sociedades de control”, Lacan elige la vergüenza para concluir su Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, donde quiso situar el discurso analítico en el contexto del momento entonces actual de la civilización contemporánea. De alguna manera, Lacan hace en este seminario una nueva edición implícita de El malestar en la cultura de Freud. En este seminario se puede decir con Lacan, “ya no hay vergüenza”. ¿Qué sucede cuando la civilización tiende a disolver, a hacer desaparecer la vergüenza? No es cuestión menor si se considera que es tradicional plantear que la civilización va aparejada con la instauración de la vergüenza, incluso que la organización psíquica del sujeto requiere de la instauración de la vergüenza. La vergüenza nos es necesaria para preservar la dignidad.
Aquí es posible formular que la vergüenza es un afecto primario de la relación con el Otro. Al ser un afecto primario se va a diferenciar de la culpabilidad. La culpabilidad es el efecto sobre el sujeto de un Otro que juzga, por lo tanto, un Otro que protege los valores que el sujeto habría transgredido.
Es por ello que la desnudez puede ser tomada como vergonzosa y ser recubierta parcialmente si recae sobre algunas partes del cuerpo. En los campos de concentración, una de las primeras acciones que se hacían con los recién llegados era desnudarlos y raparlos, dejar expuesta la pura carne, hacerles sentir la vergüenza de ser hombres.








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