Antonio Bello Quiroz
“La vergüenza de ser hombres” es la frase con que Primo Levi resume el hecho trágico del nazismo y los campos de concentración, el que hayan sido posibles, el que no hayan podido ni se haya sabido impedirlos. Su apuesta es radical: los campos de concentración nos habrían inoculado esa “vergüenza de ser hombres”.
El filósofo francés Gilles Deleuze, en su Crítica y clínica, es quien nos devuelve a la realidad del presente y nos pone ante esa misma vergüenza de ser hombres, que causan no sólo las inmensas tragedias de los campos nazis, sino la cotidianidad de nuestras vidas acomodadas, la vergüenza ante “una gran vulgaridad del pensar, ante una emisión de variedades, el discurso de un ministro o las proposiciones de los bont-vivants”. Y abunda: “no hay Estado democrático que no esté comprometido hasta el alma en esta fabricación de la miseria humana. Lo que nos avergüenza es que no tengamos ningún medio seguro para preservar, ni tampoco fuertes razones para liberar devenires, incluso en nosotros mismos…”
Pero ya antes de llevar el sentir de la vergüenza, en particular la de ser hombre, como nos señala Deleuze, este sentimiento es llevado al plano de la vida cotidiana contemporánea, determinada por las “sociedades de control”. Aristóteles, en la última parte del libro IV de su Ética a Nicómaco, en su examen de las virtudes éticas, nos dice paradójicamente que no puede hablarse del pudor o de la vergüenza como si fuera una virtud; es, al parecer, una afección pasajera, más bien que una verdadera cualidad, una perturbación del ánimo y se la puede definir diciendo que es una especie de miedo a la deshonra. Los que se sienten con vergüenza, se ruborizan luego; a la manera en que los que tienen miedo a la muerte se ponen instantáneamente pálidos. Son dos fenómenos puramente corporales, que son más bien características de una emoción fugitiva que un hábito o cualidad. Aristóteles piensa que esta afección misma de la vergüenza o pudor no tiene el mismo peso en todas las edades. Suele tener su asiento natural en la juventud, en tanto que los jóvenes sean muy susceptibles de esta afección, y esto es porque viven entregados casi exclusivamente a la pasión, y por ello están expuestos a cometer muchas faltas y el pudor les puede ahorrar muchas. De esta manera, dice el filósofo, alabamos entre los jóvenes a los que son tímidos y pundonorosos; pero no puede alabarse esta timidez en un anciano; porque no creemos que un anciano pueda hacer jamás cosa de la que tenga que avergonzarse. En tanto que una pasión o afección, la vergüenza nunca se da en el hombre de corazón completamente recto, puesto que aquélla se produce como resultado de las malas acciones, y un hombre de bien jamás debe cometerlas.
Para Aristóteles, una cosa vergonzosa sólo un corazón viciado es capaz de hacerla. Pero si alguno que por naturaleza es capaz de cometer un acto de este género cree que sólo por el hecho de ruborizarse de ello es ya un hombre de bien, incurre en un gran absurdo. La vergüenza sólo se aplica a los actos voluntarios, y el hombre de bien nunca hará voluntariamente una acción vergonzosa. Y termina señalando el filósofo griego que ciertamente la impudencia, que no conoce el pudor, es un vicio; y el que no se ruboriza del mal que hace es un miserable; pero no se hace más hombre de bien sólo por ruborizarse después de haber cometido cosas tan culpables. “Morir de vergüenza” es el significante con el que Jacques Lacan comenzaba su última lección del Seminario 17. El reverso del psicoanálisis. “Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que rara vez se consigue.” Lacan va a cerrar esta última lección de este modo: “si hay en vuestra presencia aquí, tan numerosa, razones poco menos que innobles, es porque llego a darles vergüenza”. Para el psicoanálisis, la vergüenza es un afecto que forma parte de la serie de la culpabilidad; sin embargo, no se confunden. Lacan había elegido puntualizar la vergüenza antes que la culpabilidad, agregando también que ese “dar vergüenza”, “hacer vergüenza” no suponía un perdón.
Así como Deleuze, en la filosofía, y Primo Levi, desde la vivencia, hablan de la “vergüenza de ser hombre” y hacen referencia a la tragedia del nazismo y la tragedia que se repite en la vida cotidiana bajo la instauración de las “sociedades de control”, Lacan elige la vergüenza para concluir su Seminario 17. El reverso del psicoanálisis, donde quiso situar el discurso analítico en el contexto del momento entonces actual de la civilización contemporánea.
De alguna manera, Lacan hace en este seminario una nueva edición implícita de El malestar en la cultura. En este seminario se puede decir, con Lacan, “ya no hay vergüenza”. ¿Qué sucede cuando la civilización tiende a disolver, a hacer desaparecer la vergüenza? No es cuestión menor si se considera que es tradicional plantear que la civilización va aparejada con la instauración de la vergüenza.








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