Gerardo Lino
Se dijo: “Son decepcionantes las palabras frente a la experiencia multiforme de la vida.”
Le dijo: “Sí, Werther: ‘lo excelso de lo infinito’. Fueron palabras de signo sagrado, de orden estético, poemas inatacables, finos filosofemas, los relatos desde la geografía y la historia hasta la matemática, teorías rotundas, las crónicas sobre los ritos, los bailes, toda fiesta, sobre la música y el mito que refiere el sentido de la muerte, incluso las pretendidas ciencias basadas en el lenguaje, psicoanálisis y derivados con sus disquisiciones acerca del amor, construcciones, en suma, verbales al fin, aquellas que te hicieron creer en una más elevada forma de la vida, en algo alcanzable más allá del mero existir cotidiano, en esto que ahora, esperando por la vida, una vida fuera de expectativas, una rareza excéntrica, una epifanía, te impiden discernir de lo vital esos modos de vida que generan las artes, te causan desilusión a cada paso, pues las palabras que te formaron te volvieron un exigente exagerado acerca de la realidad como es —no como dices que debería ser—: agradécelo a las palabras, y no maldigas de tu condición.”
Se dijo: “Callaré.”
Le dijo: “No exageres.”
Se dijo: “Tampoco tú.”
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Cf.: “Decepción”, de Thomas Mann.









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