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KAOS, Opinión 0

La vejez

· junio 9, 2016

Antonio Bello Quiroz

 

Me he resignado a la vejez y a la ceguera, del mismo modo

que uno se resigna a la vida. Borges

 

¿Qué es la vejez? Se trata de una categoría discursiva de la cultura y de la ciencia, construida a partir de diversas conceptualizaciones centradas en la declinación vital del cuerpo. Cada momento histórico se plantea dispositivos para enfrentar esta especificidad de la condición humana, tanto en sus aspectos sociales como biológicos e incluso espirituales. Pero también podemos pensar a la vejez como otro momento, uno más, donde el sujeto se confronta con su deseo. En este sentido, la vejez conlleva un conflicto con los ideales y un redimensionamiento de los anhelos que no se han podido realizar.

Difícil resulta determinar cuándo inicia la vejez, parecería incluso que siempre nos acompaña, se va haciendo visible en nuestras vidas de manera casi imperceptible, con sus marcas, sus limitaciones y pérdidas, pero también con sus revelaciones y sus saberes que restauran un poco de dignidad. Quizá por algo sean esos saberes de la “vejez” los que se atribuyen al diablo, no por diablo sino por viejo.

La vejez no constituye un concepto del corpus teórico del psicoanálisis, lo mismo que no existe entre “los viejos” homogeneidad alguna salvo el ser señalados, e incluso autoseñalados, mediante ese sustantivo. Pese a lo establecido, más allá de los clichés y estereotipos, no se es viejo simplemente por la edad, la enfermedad o, mucho menos, la ilusión de la cercanía con la muerte.

El poeta griego Constantino Kavafis, también ya en edad avanzada, nos regala algunas pinceladas sobre la vejez:

 

El viejo

En una esquina del café sonoro de murmullos confusos,

un anciano sentado se inclina sobre la mesa,

leyendo un periódico, sin compañía.

Y en el ocaso de su miserable senectud

piensa cuán poco gozó en los años

cuando tuvo la fuerza y el verbo y la belleza.

Sabe que está muy viejo, y lo siente, y lo ve.

Y, sin embargo, le parece que la juventud

fue ayer. ¡Corto intervalo, corto!

Y piensa en qué forma lo embaucó la prudencia,

cómo de ella se fio y qué locura

cuando la engañadora le decía:

‘Mañana. Tienes todo tu tiempo’.

Se acuerda de los impulsos que detuvo y cuántas

delicias sacrificó. Ocasiones perdidas

que burla ahora su prudencia insensata.

… A fuerza de rumiar pensamientos y recuerdos

el vértigo lo invade. Y se duerme

inclinado sobre la mesa del café.

 

En el ámbito de la clínica se escuchan los miedos a los efectos de la vejez, más que a la vejez misma: la soledad y el abandono, la inutilidad, el deterioro del cuerpo y las dependencias que conlleva, la sexualidad y sus impotencias, las renuncias alimenticias, las pérdidas de los pares y el temor a la propia muerte.

Es evidente que los dispositivos institucionales no han sido preparados para una población cada vez mayor que se define bajo el significante de la vejez o sus eufemismos, como “adulto mayor”, “persona de la tercera edad” o “adulto en plenitud”. Las condiciones que las instituciones reservan para “los viejos” parecen programadas para hacer cumplir la maldición última expresada por Sófocles en Edipo en Colona: “cuando se es viejo la razón se apaga, la acción resulta inútil y tiene vanas preocupaciones”.

“Envejecer es definirse, reducirse. Me he debatido contra las etiquetas, pero no he podido evitar que los años me aprisionen. He vivido tendida sobre el porvenir y ahora, recapitulo en el pasado, diría que el presente me ha sido escamoteado […] He perdido el poder que tenía de separar las tinieblas de la luz; consiguiendo al precio de algunos tornados, cielos radiantes. La muerte ya no está en la lejanía de una aventura brutal, asedia mi sueño. Cuando estoy despierta siento su sombra entre el mundo y yo, ha comenzado”, escribe Simone de Beauvoir en La fuerza de las cosas, poco antes de cumplir sus 72 años.

En 1936, en una carta a Arnold Zweig, Freud sitúa sus interrogantes sobre la vida y la muerte: “No puedo habituarme a las miserias del desamparo de la vejez, avizoro con una suerte de nostalgia el tránsito a la nada.” Ha vivido ya la muerte de sus hijos en la guerra, ha padecido múltiples operaciones en la mandíbula y es perseguido por el régimen nazi. Ante la enfermedad y la muerte, dos signos asociados a la vejez, Freud responde escribiendo Moisés y la religión monoteísta, análisis terminable e interminable y Construcciones en análisis. De esta manera, hace realidad la idea de que se envejece como se vive. Los duelos por las pérdidas sufridas son procesos insidiosos y dolorosos que llevan a des-investir un objeto para sostenerse en la conquista por la vida.

Freud, durante una entrevista realizada en Viena en 1926 con George Sylvester Viereck, cuando está cerca de cumplir setenta años, habla de su condición de vejez y señala: “¿Por qué debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me rebelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas —en compañía de mi mujer, mis hijos—, el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?” Más adelante menciona el entrevistador: “El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.” Freud responde: “Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia”.

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