Andrea Tovar Bonilla
Mientras, abruptamente, te sacan de tu casa, escuchas una voz que te susurra, la voz te resulta familiar.
Estás ahí, frente a la ventana con vista a la calle; una taza de café en tu mano; sintiendo el frío de la mañana; una imagen fantasmal, tu camisón blanco, pasado de moda y olor a humedad. Contemplas la montaña que se ve a lo lejos. Un desconocido llega al edificio; se estaciona en el espacio que le corresponde al departamento de abajo.
Sale un hombre de cabello largo y barba manchada por algunas canas. Tiene unos anteojos gruesos y grandes que permiten, en la espesura del cristal, detener el tiempo. Te le quedas viendo involuntariamente, y en el reflejo percibes una mirada extraña. Voltea la vista directamente hasta tus ojos; te recorre un escalofrío y distingues un destello. Te cuesta trabajo respirar. Sufres un repentino miedo y te retiras.
Estás en la cocina que da directo a la azotehuela. Mientras preparas la cena, notas que la puerta de vidrio está entreabierta. Te percatas de una sombra que se mueve en el exterior; no sabes si lo viste o lo sentiste pero se te enchina la piel. Te diriges hacia allí y no encuentras nada. Te sientes observada. Sospechas que te analizan. Cierras la puerta y corres a tu cuarto. Ya no quieres comer.
Esa noche duermes intranquila, hace demasiado calor y buscas un poco de ventilación. Cuando abres la cortina, te sorprenden al otro lado del cristal unos ojos. Te sobresaltas y cierras. Te escondes bajo las sábanas aunque sabes que te están acechando, que siguen todos tus movimientos. Notas cómo celan hasta tu respiración.
*
No recuerdo la última vez que escribí mis pensamientos; cuando era niña me lo sugirió un psicólogo para trabajar una terapia creativa desde la escritura. Se me hizo costumbre escribir, hasta que llegó el día en que no lo necesité más.
Ahora vuelvo a la misma práctica, necesito plasmar lo que estoy sintiendo, pero con la misma fuerza requiero destruirlo.
Todo comenzó con la llegada al edificio del señor Manuel, mi vecino. No me explico por qué, pero en cuanto lo vi a la cara tuve la sensación de que no volvería a disfrutar de mi soledad. No lo digo por la posibilidad de que seamos amigos, más bien me provoca temor; cada vez que lo pienso, siento escalofríos.
No has dormido en varias noches. Tu hermana está de visita; te dice que te ves mal y está preocupada. Le cuentas cómo te sientes. Su mirada es de incredulidad, intenta convencerte que viste un gato o tuviste un sueño, pero no le crees.
Cuando se marcha la acompañas a la calle. De regreso, te encuentras al vecino. Por primera vez lo tienes cerca, lo miras de frente y aprecias nuevamente un destello. Te encaminas a tu casa cerrando la puerta detrás de ti, corres las cortinas y te quedas en tu habitación.
*
Me siento muy agotada, desde aquel día no he podido dormir. Si alguna vez viví con una sensación de bienestar, ahora poco a poco se ha convertido en desaliento. Me siento aterrada; sé que me observan, que me distinguen de la misma forma en que yo percibo eso que me vigila. No lo puedo ver, pero sé que está ahí, siempre pendiente de mí.
Mi hermana se preocupa, lo sé; pero no puede ayudarme. Ni siquiera cree lo que le digo.
Comienzas a vigilarlo; lo espías cuando llega, sin que él lo note. No sabes qué planea y el terror evita que puedas comer bien. No duermes porque adviertes cómo te escudriñan a través de las paredes, por más encerrada que estés. Tu falta de ánimo te ha llevado a dejar el trabajo. Sólo sales de la casa para comprar y tratas de hacerlo cuando el vecino no está.
*
Mi hermana me visitó, es agradable estar con ella. Sabe que algo no está bien conmigo, que algo me ocurre, pero se esfuerza en que yo no lo note, y se lo agradezco.
Cuando la acompañé a la calle, volví a verlo.
Una mañana, mientras lo observas, vuelve su vista hacia ti. Por un instante, alcanzas a ver tu reflejo en sus anteojos. Después, descubres una sonrisa; tiene dientes puntiagudos, y piensas que esa boca no parece humana. Te vuelves a encerrar y te metes en la cama.
*
Necesito salir de aquí. Tengo los nervios muy alterados.
Cuando tu hermana te visita, no puede disimular su preocupación. Te pide que vayas al médico, que te mudes con ella unos días, pero no crees poder hacerlo. Su insistencia es tanta, que decides ir a su casa por un tiempo. Ya no puedes seguir así, ya no quieres tener miedo.
Esa noche duermes mejor que nunca, entras en un sueño profundo del que no despiertas hasta la mañana siguiente. Al salir el sol, amaneces relajada. El ruido repentino del timbre te pone nerviosa. Es muy temprano para que sea tu hermana, no tienes idea de quien puede ser.
Cuando abres la puerta, es la policía. Descubres en su expresión de sorpresa un indicio de alarma. Te volteas a tu izquierda y contemplas un reflejo en el vidrio de la ventana: una mujer pálida con el pelo negro enmarañado. Te percatas de la sangre. Un camisón blanco lleno de sangre. Te asusta la imagen reflejada. El reflejo muestra una mano sujetando un puñal manchado. El ruido metálico se impacta en el suelo. Inmediatamente los policías te agarran.
Mientras, abruptamente, te sacan de tu casa, escuchas una voz que te susurra, la voz te resulta familiar, dice: ahora sí, todo estará bien.
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Texto incluido en el libro Breviario, Antología de cuentos de la Escuela de Escritura del IMACP.









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