Andrea Tovar
Estás ahí, frente a la ventana con vista a la calle, con una taza de café en tu mano, sintiendo el frío de la mañana. Como una imagen fantasmal, con tu camisón blanco, antiguo, pasado de moda y con olor a humedad.
Ahí estás, observando la montaña que se ve a lo lejos, sin pensar en nada en particular. Ves hacia abajo, pues te encuentras en un tercer piso. Alguien que no conoces llega al edificio; aparca su coche en el espacio que le corresponde al vecino del departamento de abajo. Un coche rojo con mucho polvo. Antes aparcaba en ese espacio un coche blanco, y anterior a ese no había coche, aunque sí vecino.
Baja del coche rojo un hombre de cabello largo y gris, con barba bicolor; vestido con pantalones deportivos, tenis y una sudadera. Te lo quedas viendo involuntariamente, su aspecto te resulta algo extraño. Voltea la vista hacia arriba directamente hasta tus ojos; te recorre un escalofrío y distingues un destello amarillo en ellos. Te cuesta trabajo respirar, sientes un repentino miedo y te retiras.
Mientras cocinas vuelves la vista hacia la puerta que da a la zotehuela, se encuentra abierta y ves pasar una mancha amarilla que te enchina la piel. Caminas hacia allí, pero no encuentras nada. Te sientes observada, como si vieran hasta lo más profundo de tu ser. Cierras la puerta y corres a tu cuarto, ya no quieres comer.
Esa noche te sientes intranquila, sientes demasiado calor y buscas un poco de ventilación. Cuando abres la cortina, te sorprenden unos ojos amarillos, unos ojos que no son humanos. Te sobresaltas. Te cubres con las sábanas pero sabes que te están viendo, que siguen todos tus movimientos, sientes cómo los ojos siguen hasta tu respiración.
No has dormido en varias noches. Tu hermana está de visita y te dice que te ves mal, que está preocupada. Le cuentas de los ojos que te observan. Notas su mirada de incredulidad, intenta convencerte de que lo que viste era un gato o un sueño, pero tú no le crees.
Cuando se marcha la acompañas a la calle. Regresando a tu casa te encuentras con el vecino de cerca, lo vez a los ojos y vuelves a percibir el destello amarillo. Entonces te das cuenta: los ojos son de él; no puede ser humano. Te encaminas a tu casa cerrando tras de ti todas las puertas y ventanas, corres las cortinas y te quedas en tu habitación.
Comienzas a vigilar al vecino. Lo observas detrás de las ventanas cuando llega, sin que él te pueda ver. Estás pendiente de cada ruido que hace, de cada movimiento.
No sabes qué planea y el terror evita que puedas comer bien. No duermes porque es cuando sientes cómo los ojos amarillos pueden verte a través de las paredes, por más encerrada que estés. Haz dejado el trabajo porque nunca tenías energía para ir. Sólo sales de la casa para comprar y tratas de hacerlo cuando el vecino no está.
Una mañana, mientras lo espías, vuelve su mirada hacia ti: ahora ves claramente los ojos amarillos; él sonríe. Ves que tiene dientes puntiagudos; esa boca no es humana. Te vuelves a encerrar y te metes en la cama.
Cuando estás con tu hermana, notas su preocupación. Te pide que vayas al médico, que te mudes con ella unos días, pero no crees poder hacerlo. Su insistencia es tanta, que decides ir a su casa por un tiempo, te iras al siguiente día. Ya no puedes seguir así, ya no quieres tener miedo.
Esa noche duermes mejor que nunca; no sientes los ojos amarillos y entras en un sueño profundo del que no despiertas hasta la mañana siguiente. Al salir el sol te sientes tranquila, relajada, pero el ruido repentino del timbre de la entrada te pone nerviosa. Es muy temprano para que sea tu hermana, no tienes idea de quién puede ser.
Cuando abres la puerta, es la policía. Ves sus ojos de sorpresa, abiertos a tal grado que se les podrían salir. Te volteas a tu izquierda y observas tu reflejo en el vidrio de la ventana. Estás pálida, con el pelo negro enmarañado, como en una película de horror. Te das cuenta de la sangre, tu camisón blanco está lleno de sangre. Te asusta la imagen que refleja la ventana, te produce escalofrío.
De repente, en el reflejo notas que en tu mano izquierda tienes un cuchillo manchado de rojo; no sabías que lo tenías, no te habías dado cuenta de la fuerza con que lo aferrabas. Sueltas el cuchillo, que cae con un ruido metálico sobre el piso. Los policías te agarran.
Mientras te sacan de la casa, escuchas una voz que te susurra. Es una voz que te resulta familiar. La escuchas fuertemente cuando te dice: “Ahora sí, ya todo va a estar bien…”









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