Pablo Manuel Rojas Aguilar
Me disponía a bajar las escaleras para entrar al tren subterráneo. Era la primera vez que llegaba a esa ciudad, que me pareció no tener dimensiones humanas. Apenas había puesto un pie en el primer escalón, cuando fui arrastrado por un río de gente que me llevó el fondo de aquel sitio profundo y muy poblado. Ahí, el calor era asfixiante. El escaso aire era cálido y el olor a fermentación saturaba mis fosas nasales. Las personas se movían sin cesar hacia los andenes donde, en su afán por entrar a los vagones, se exprimían unas a otras hasta expulsar, de sus poros, inauditas cantidades de sudor. La masa gigante de gente que poblaba los andenes parecía usurpar la imagen del infinito puesto que, cuando se subían a los vagones, digamos, cien personas, otras cien más llegaban a sustituirlas. El ruido no era menos atroz, pues el eco incrementaba los sonidos que en ese lugar se expandían: como cuando hacía su aparición el tren, cortando el aire con sus orillas puntiagudas, o las voces de la muchedumbre, los pasos, los rechinidos de rieles, entre otros tantos más. En el ambiente flotaba un vaho hediondo que generaba el efecto visual de los letreros publicitarios derritiéndose en las paredes. Este vaho estimulaba mis glándulas sudoríparas al grado de hacerme parecer un hielo derritiéndose entre las brasas de aquellos infernales muros.
Abrazado a un pilar, observaba cómo los policías empujaban con palos a la gente a fin de introducirlos en los vagones, mientras me preguntaba si yo podría actuar como esos seres; porque ellos, esas personas, no parecían personas; eran más bien como seres esculpidos por el fuego, el calor y la locura.
Entre la masa de gente, un muchacho golpeó mi hombro; apenas pude verle la cara con mis ojos saturados de sudor.
—¿Podrías decirme en qué estación debo bajar para ir al Palacio de Cultura?
Aquel joven, sin una gota de sudor en la frente y en medio de la muchedumbre, se detuvo un momento.
—Debes tomar el tren de este lado y bajar en la estación Ogigia, la última estación.
Me solté de mi resguardo y quise caminar junto a él; pero quedé inmerso entre un tumulto que me llevó dentro de un vagón, sin siquiera darme cuenta cómo.
Era, ahí, aún más asfixiante el ambiente. Iba fundiéndome en el puro calor ya sin aire. Las personas que oprimían mi cuerpo estaban tan calientes que quemaban mi pecho, mi espalda y mis brazos; no obstante, la multitud sin rostro seguía multiplicándose, hasta aplastarme las entrañas que, creí, se saldrían por mi boca… Añoraba una bocanada de aire fresco, saciar mi sed y escapar de esas vías infrahumanas del tren que me hacían sentir como un minotauro en una red laberíntica, tejida con rieles, hierro y concreto, donde el hedor humano le daba el toque preciso para ambientarla como esa prisión de Creta, a la que tantos temimos de infantes.
Después de un amplio periodo fatídico de tiempo, que me pareció una eternidad, llegué a la última estación… El tren se detuvo, abrió sus puertas y la multitud bajó apresuradamente, desapareciendo casi de manera instantánea. Yo descendí despacio (acaso por el temor de ser aplastado otra vez); inhalé una gran bocanada de aire que refrescó mis pulmones y obtuve el anhelado reposo. Las ráfagas de viento que se adentraban en ese sitio, a pesar de estar contaminadas, me parecían frescas y puras… secaron mi sudor. Con la tranquilidad que me brindaba el espacio libre, busqué salir a la superficie. En mis primeros intentos torpes, subí y bajé escaleras consiguiendo, sin embargo, sólo llegar al otro lado del andén… Después de varios minutos sin hallar la salida, por fin encontré a una persona que podría orientarme; era una muchacha, una mujer que yo no consideré real… era del color de las flores, su mirada era una perfecta combinación entre fatalidad e inocencia y su silueta parecía estar esculpida con marfil y pétalos de rosa.
Con el corazón agitado, le pregunté:
—Señorita, ¿dónde puedo encontrar la salida hacia el Palacio de Cultura? Ella, acaso sorprendida por la torpeza de la duda, respondió con otra interrogante, mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios.
—¿Es en serio lo que pregunta?
—Sí —afirmé de manera enérgica, aunque una sola mirada suya era suficiente para ponerme a sus pies.
—¿Cuál es su nombre? —cuestionó muy divertida
—Pablo, ¿y el suyo?
—Calipso. Pablo, el lugar que busca está en la estación anterior; tremendo error ha cometido.
—Un error, diría yo, muy afortunado, pues he tenido el placer de conocerla —le dije. Los círculos del infierno que atravesé para alcanzarla eran un cobro por adelantado realmente justo.
—Si es así, no tendrá inconveniente alguno en tomar un café o una copa conmigo —mencionó mientras acariciaba su cabello.
Paralizado, en completo éxtasis y renegando de mi mala fortuna por no poder aceptar semejante invitación, contesté:
—Debo presentar mi libro; ya debe estar la gente esperándome.
—Ah —dijo ella—, entonces debe darse prisa para no hacer esperar a su público.
—Sin embargo —enuncié con gran solemnidad— sería grato que usted me acompañara.
—Agradezco la invitación, pero preferiría no hacerlo porque me agotan ese tipo de eventos, aunque, quizá, sí me agradaría volver a verlo. En un par de horas regresaré a la estación para ir a…
—Aquí estaré, sin duda, si usted me lo permite.
—No le quito más el tiempo; vaya a donde tiene usted que ir, Pablo, aunque no creo que lo vuelva a ver.
—¡Claro que me volverá a ver!
—Haga lo que tenga que hacer…
Subí al tren y me dirigí a mi destino. Llegué con tres minutos de retraso… No obstante, no podía dejar de pensar en ella, en sus palabras, en su gloriosa figura. Recordaba el olor febril de sus cabellos y la sangre se me subía a la cabeza. Traté de acelerar todo el evento. Salí lo antes posible para volver a verla.
Corrí hacia el tren subterráneo. Pregunté qué dirección debía tomar para ir a la última estación.
—Ésta es la última estación, me dijo un policía.
—¡No puede ser! Hace un par de horas yo estuve allá y regresé aquí para ir a un compromiso; el nombre de la estación que busco es Ogigia.
—¿Ogigia…? esa estación no existe, señor. Mire, éste es el único sentido en el que saldrá el tren y, si duda de mis palabras, observe con sus propios ojos el mapa que está pegado ahí. Lo observé con minuciosidad y, efectivamente, no aparecía en el mapa tal estación
—¡Imposible! —grité—. Subí al vagón y bajé en la primera parada; no era ahí donde había estado. Volví a abordar en la otra dirección y me encontré en mi punto de partida. Hice varios intentos durante un par de horas y nunca encontré la estación donde hablé con ella…
Al deseo obstinado de volver a verla, se agregó el temor de que no hubiese sido real, y de que el destino se burlara de mí… de que un artificio patético apagara de mi memoria la trillada esperanza de sentir, por un etéreo instante, el roce secreto de esos labios imposibles… ¡Pero no!, todo fue muy vívido. Sería una obscenidad atribuirle a un sueño o un delirio ese encuentro deleitante que no soy capaz de olvidar…
Por lo tanto, acaso de manera funesta, sigo buscándola, haciendo colas inmóviles bajo la tierra herida, escuchando ecos sordos y risas: risas cansadas de reír, risas muy viejas y voces desgastadas, acaso por el uso. Camino como los demás entre las paredes que parecen brazas ardientes, como si estuviera uno en el centro mismo del infierno, confundiendo las mañanas con las tardes, hora tras hora sin descanso, con la única esperanza de volver a verla y con esta sed infernal que me seca la garganta.









No Comments