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La traición a Quetzalcóatl

· octubre 8, 2015

Laurette Séjourné

 

Como si fuera una norma para todos los despotismos, el de los aztecas no pudo implantarse más que apoderándose de una herencia espiritual que transformó, traicionándola, en arma de dominación. Si se tiene en cuenta que el nivel intelectual prevaleciente entre estas poblaciones de cazadores nómades debía ser de lo más primitivo —recuérdese que poco antes de su llegada al Altiplano los aztecas estaban gobernados todavía por una hechicera—, resulta natural la metamorfosis de un pensamiento místico en magia.

Lo cierto es que, fuera de la parte fácilmente discernible que toman de la doctrina de Quetzalcóatl, los aztecas no poseían ninguna creencia que pueda calificarse de religiosa, ya que todo concepto filosófico o moral expresado en sus textos se relaciona con la unidad espiritual tolteca. La única divinidad que se considera de origen azteca es Huitzilopochtli, el dios de la guerra; pero, como para todo lo demás, es imposible definir sus propiedades sin recurrir a la enseñanza de Quetzalcóatl. De hecho, con Huitzilopochtli se limitan a ilustrar el principio de reintegración en el gran Todo, por una entidad solar que se alimenta de la sangre de los mortales; es decir, no hubo cambio más que en el culto.

Se puede afirmar entonces que la tradición antigua constituía el único cuadro espiritual de la sociedad azteca. Es sorprendente ver con qué fidelidad fue mantenida viva —por medio de oraciones, sermones, poemas, relatos míticos— una tradición que la realidad desmentía. Se continuaba, por ejemplo, invocando un “señor nuestro, humanísimo, amparador y favorecedor de todos”, mientras que para celebrar cualquiera de estos dioses “humanísimos” se cometían indescriptibles atrocidades, de las que los textos que siguen darán una noción:

“Hacían una muy solemne fiesta del dios llamado Xipe Tótec, y también a honra de Huitzilopochtli. En esta fiesta mataban todos los cautivos, hombres, mujeres y niños… Los dueños de los cautivos los entregan a los sacerdotes al pie del Cu y ellos los llevaban por los cabellos cada uno el suyo por las gradas arriba, y si alguno no quería ir de su grado, llevábanle arrastrando hasta donde estaba el tajón de piedra donde le habían de matar, y en sacando a cada uno de ellos el corazón… luego lo echaban por las gradas abajo, donde estaban otros sacerdotes que los desollaban… Después de desollados, los viejos… llevaban los cuerpos al calpuco donde el dueño del cautivo había hecho su voto… ahí lo dividían y le enviaban a Moctezuma un muslo para que comiese, y lo demás lo repartían por los otros principales y parientes…

Cada uno de los señores tomaba por los cabellos a su cautivo, y llevábalo a un lugar que se llama Apetlac, y allí los dejaban todos; luego descendían los que los habían de echar en el fuego, y espolvorizábanlos con incienso las caras… Luego los tomaban y atábanlos las manos atrás, y también los pies; después los echaban sobre los hombres a cuestas y subíanlos arriba a lo alto del Cu, donde estaba un gran fuego y un gran montón de brasa, y llegados arriba, luego daban con ellos en el fuego… y allí en el fuego comenzaba a dar vuelcos, y hacer bascas el triste cautivo… y estando en esta agonía sacábanle con unos garabatos… y poníanle encima del tajón… y luego le abrían los pechos… le sacaban el corazón y le arrojaban a los pies de la estatua de Xiuhtecutli, dios del fuego…”

No es inútil recordar aquí que el jefe supremo de los sacerdotes que cumplían semejantes tareas, debía ser, según las declaraciones oficiales, “virtuoso, humilde y pacífico, y considerado, y cuerdo, y amoroso, y misericordioso, y compasivo, y amigo de todos, y devoto”…

Como, por otra parte, a ese pontífice se le consideraba como una reencarnación de Quetzalcóatl —guía luminoso del perfeccionamiento interior—, se convendrá que no es exagerado hablar de traición a propósito de la pretendida religión de los aztecas.

La existencia de Tenochtitlan reposaba sobre los tributos de los países conquistados, y es fácil comprender la necesidad imperiosa que tenían los aztecas de un sistema de pensamiento que sostuviese su imperialismo. Es indiscutible que la necesidad cósmica del sacrificio humano constituyó un slogan ideal, porque en su nombre se realizaron las infinitamente numerosas hazañas guerreras que forman su historia y se consolidó su régimen de terror.

Con un método y una disciplina rigurosa, extraían de cada comarca las materias más preciosas, y riquezas inauditas afluían así a la capital del Imperio.

Después de viajes que podían durar meses, largas caravanas de tributarios llegaban diariamente a la ciudad con sus cargamentos de oro, de jade y de turquesas finamente trabajadas; de plumas deslumbrantes; de pieles de tigres, de leones o de leopardos, de conchas marinas; de sal, de cacao, de tabaco…

Traían también copal para los rituales de los dioses; águilas, plumas y serpientes para el jardín zoológico del rey; enanos, jorobados, albinos para el servicio de palacio; vírgenes destinadas a la “casa de la alegría”, institución protegida por Huitzilopochtli y destinada a “atraer nuevas almas”…

Pero nada da una idea más exacta de la naturaleza implacable del poder que ejercían los aztecas, como el tributo de sangre que impusieron a Tlaxcala, una ciudad vecina.

Las victorias obtenidas por el pueblo de Tenochtitlan, se convirtieron en obstáculo para nuevas guerras, porque las provincias por conquistar habían quedado separadas de la metrópoli por los extensos territorios dominados. Es verdad que contaban con las expediciones punitivas contra los países que tenían la audacia de intentar liberarse de la protección del pueblo elegido, pero no eran más que casos aislados, insuficientes para mantener la destreza de la turbulenta juventud azteca.

Huitzilopochtli había declarado además que no apreciaba demasiado los sacrificios de los bárbaros de tierras lejanas, y los altos dignatarios de Tenochtitlan tuvieron la idea ingeniosa de instituir en Tlaxcala esas “ferias militares” que permitirían ofrecerle víctimas tan apetitosas como “panecillos saliendo del horno”.

Esto ocurrió en el momento en que Tlaxcala, después de un sitio extenuante sostenido contra los aztecas, se vio obligada a rendirse. ¿Qué tributo podía exigir Tenochtitlan de una ciudad tan pobre? Fue entonces cuando se decretó que se convertiría en un campo de batalla permanente para capturar hombres destinados a alimentar al Sol, y como Huitzilopochtli exige que los prisioneros que le son ofrecidos hayan luchado valerosamente, se continuará atizando el odio de los dos pueblos después que un pacto de sumisión había sido probablemente ya firmado.

A causa de estas guerras que se mantendrán hasta la llegada de los españoles, existe la tendencia a creer que Tlaxcala había quedado independiente respecto de Tenochtitlan, hipótesis difícilmente sostenible si se analizan atentamente las crónicas.

——

Fragmento de Pensamiento y religión en el México antiguo, de Laurette Séjourné, Fondo de Cultura Económica, México, 1957.

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