Omar M. Gallardo
Porque no todo es tragedia, o mejor, porque a veces los infortunios vienen cargados de presagios halagüeños, el 19-S rescató de los escombros a una ciudadanía que parecía morir bajo las pesadas lozas y estructuras de los partidos políticos y sus líderes, así como de funcionarios públicos y medios de comunicación en crisis.
Lo que hemos visto después del terremoto del pasado 19 de septiembre es el despertar de una ciudadanía que una vez más ha demostrado capacidad de movilización y autonomía para hacerse cargo no solamente de los asuntos públicos, sino de algo más inmediato, preciado y frágil: la conservación de la vida.
Hace 32 años el centro-sur del país vivió una experiencia parecida en medio de condiciones políticas similares a la nuestra. El libro de Carlos Monsiváis, “No sin nosotros”. Los días del terremoto 1985-2005 (Era, 2005), relata con detalle este acontecimiento, donde destaca su reflexión sobre el nacimiento de la sociedad civil:
“A estos voluntarios [dice Monsiváis] los anima su pertenencia a la sociedad civil, la abstracción que al concretarse desemboca en el rechazo del régimen, sus corrupciones, su falta de voluntad y de competencia al hacerse cargo de las víctimas, los damnificados y deudos que los acompañan. Por vez primera, sobre la marcha y organizadamente, los que protestan se abocan a la solución y no a la espera melancólica de la solución de problemas. Cientos de miles trazan nuevas formas de relación con el gobierno, y redefinen en la práctica sus deberes ciudadanos.”
Este libro transcribe, parcialmente, lo que ha sucedido desde hace casi una semana: el protagonismo de la sociedad civil frente a la tragedia del terremoto. La diferencia de esta segunda ronda, como la llamo yo, radica en la implosión del monopolio de la información y su consecuente atomización. Ahora son los propios ciudadanos quienes se encargan de comunicar e informar al país y al mundo del curso de los acontecimientos. En este sentido, las tecnologías de la información a través de las redes sociales han constituido una herramienta poderosa en medio de la catástrofe; pues también han servido para hacer la crítica a los agentes insensibles que operan el anquilosado sistema político.
El protagonismo de los ciudadanos ha terminado con el monopolio de la verdad pública que se imponía a través de los comunicados oficiales en todos los niveles de gobierno. Ha hecho trizas las versiones políticamente convenientes para el segmento gobernante y la población en general. Hemos visto imágenes impactantes de los desastres materiales acompañados de los testimonios de los damnificados.
Lo mismo ha ocurrido con el otrora protagonismo de los intelectuales orgánicos. La sociedad civil ya no necesita ni de intérpretes ni de la inteligencia intermediaria, de las aduanas intelectuales que moldeaban como arcilla la opinión pública. Hoy día, a través de Facebook y Twitter, principalmente, recibimos información directa de los protagonistas y nos solidarizamos con su circunstancia.
Quienes ocupan verdaderamente el espacio público acarreando víveres y salvando vidas son ciudadanos desinteresados, o bien con un interés sustancialmente superior al de políticos ramplones que medran con la desgracia ajena, como es el caso del estado de Morelos.
A menos de siete días la presión ciudadana apuntó sus baterías hacia los partidos políticos y el Instituto Nacional Electoral (INE), exigiendo la canalización de los recursos que reciben por concepto de financiamiento para la reconstrucción de viviendas, carreteras, escuelas, hospitales, plazas públicas, entre otros. Los primeros, a regañadientes, han hecho pública su voluntad de cristalizar, aunque de manera poco clara, esta exigencia ciudadana. Veremos en próximos días lo que sucede.
Esta segunda ronda, pensada metafóricamente, constituye una segunda oportunidad para el país y sus habitantes. Lo fatídico no es la desgracia per se (mismo día 32 años después), ni la posible abulia en que devino el extraordinario heroísmo ciudadano de 1985. Los protagonistas de entonces no visualizaron lo que al parecer sí vislumbran los ciudadanos de hoy: que sus esfuerzos altruistas, espontáneos y organizados tienen la capacidad política de canalizar su dinamismo para hacer frente a otro terremoto (en este caso simbólico): el malestar con la política institucionalizada.
Hace 32 años, en el plano político, no se advertía el peligro de la orientación económica que asumía el Estado mexicano, por ejemplo. Hoy, somos conscientes de los severos daños de aquella decisión: incremento de la desigualdad social y su correlativo aumento del índice delictivo. El resultado ha dado el siguiente saldo: más miserables, menos gente próspera y más delincuencia y violencia.
La fábula de “la cigarra y la hormiga” nos ayuda a comprender que el altruismo ciudadano debe convertirse en un firme hábito político; acompañado, de ser posible, de una pedagogía ad hoc.1 La mejor interpretación de esta segunda ronda constituye un terrible recordatorio de que los grandes problemas nacionales, mediatos (como es el caso), pero también de aquellos cuyos horizontes son más amplios, se resuelven mejor desde la dimensión ciudadana. Por tanto, el dos veces 19-S puede convertirse en el encabezado de una nueva agenda política nacional, diseñada y operada por la inteligencia, sensibilidad y energía de los ciudadanos, que contemple los asuntos más generales y apremiantes del país; sobre todo si tenemos presente que estamos a escasos nueve meses de parir al próximo presidente de México.
De lo que se trata, entonces, es de convertir nuestro apreciado estoicismo nacionalista en acción política ciudadana, tal como lo entiende Hannah Arendt:
“Actividad mediante la cual resulta posible la construcción y transformación del mundo […] El poder es uno de los atributos de la comunidad actuante; es decir, una comunidad que se sostiene gracias a que ha logrado construir un espacio de aparición, en el que los agentes interactúan mediante obras y discursos y de este modo presentan sus propias opiniones y las confrontan entre sí. El espacio público funge como un horizonte abierto, como el mundo de la vida política, el único en el que los agentes pueden conquistar la ‘realidad’.”2
El éxito de esta fórmula: la transformación del estoicismo nacionalista en acción política oportuna no depende únicamente del dinamismo y entusiasmo ciudadano (que hasta ahora ha sido ejemplar y revelador), sino de su capacidad para articular, a propósito de esta lamentable coyuntura, un programa de acción política desde la experiencia e iniciativa ciudadana, que sea verdaderamente alternativo a la lógica de rapiña y coacción que aceita al sistema político.
En fin, ¿habrá algo más fuerte que un terremoto para sacudir, de una vez por todas, la conciencia pública de los habitantes de este país, con el objeto de proscribir el malestar con la política oficial y la necesidad de pensar un futuro distinto? Lo deseable, en todo caso, es que la tragedia, cualquiera que sea su signo, deje de ser el principio de la acción política ciudadana y su entusiasmo no se torne efímero.
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1 Basta con sugerir al lector uno de los muchos libros sobre el tema por ejemplo el de Ikram Antaki, El manual del ciudadano contemporáneo, Booket, 2004.
2 Véase Julio César Vargas Bejarano, “El concepto de acción política en el pensamiento de Hannah Arendt”, Eidos: Revista de Filosofía de la Universidad del Norte [en línea] 2009.









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