Pablo Manuel Rojas Aguilar
Arrojado a la quietud, divisó el rostro de una mujer que lo esperaba en lo alto de una torre; mujer en cuyos ojos se dibujaban los astros, y cuyas manos sostenían el hilo de la existencia de su amado. Volvió después de largas noches de aprendizaje, cargado de erudición vaga, de palabras y filosofías. Abandonaba las galerías de las bibliotecas, la sabiduría del libro de las noches, para ir por su mujer y arrojarse a las cosas comunes, a los hábitos, y a ocasos desgastados por el tiempo.
Alzó la cabeza, supo que lo único que lo separaba del amor eran unos cuantos escalones. Colocó el pie en el primer peldaño y la vibración de su persona infundió vida en la amada. Con cada escalón que subía, el color del rostro femenino se intensificaba, y las estrellas de sus ojos se volvían más brillantes. Uno tras otro peldaño fue ascendido por el espíritu, acaso evolucionado, del hombre. Y el color del rostro de ella se notaba cada vez más definido, y su luz vacilante se iba incendiando en tonos cada vez más azules. Arrojado a la impaciencia, quiso abalanzarse al último escalón, al tiempo que la enseñanza zenónica golpeó su percepción de manera inexorable. La mujer que parecía incendiarse, comenzó a desvanecerse. Fatalmente, continuó subiendo escalones de manera interminable, sin la posibilidad siquiera de arribar a la mitad del camino. Ella siguió palideciendo, hasta que el color níveo de su rostro fue volviéndose transparente, y los astros iban apagándose en sus ojos. Entonces, un quejido, un rumor apenas perceptible, semejante al roce de la seda, fue arrojado desde arriba… Ella había desaparecido, y él no podría devolverla… Con las lágrimas tibias salpicándole el rostro, renegó de las albas y de los ocasos de aprendizaje, que ahora le impedían no sólo volver a casa, sino también incendiarse con el roce de los labios femeninos.
Con la certeza de haberla perdido para siempre, se arrojó de la escalera a fin de que su dolor fuera mitigado por el choque con el suelo. Pero Zenón irrumpió una vez más en su entendimiento, y el hombre volvió a enredarse en la laberíntica encrucijada, pues supo en su mente que, antes de chocar contra el piso, tenía que llegar a la mitad del trayecto, y antes a la mitad de la mitad, y antes a la mitad de la mitad de la mitad y así, sucesivamente, hasta el infinito.









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