Antonio Bello Quiroz
La vida política está en una crisis profunda, el país se encuentra en una inédita crisis de investidura. La elección presidencial se ha vuelto un circo. Auténtico escenario de la impostura. En todos los ámbitos de la sociedad se muestra el hastío y a la vez la dificultad para salir del hartazgo ante el cinismo en la clase política. El reciente debate lo vuelve a poner en evidencia. La lucha es sin cuartel para hacerse del voto: mentir, difamar, denigrar y denigrarse es lo de menos con tal de hacerse del poder. Las campañas políticas entrarán en el periodo crítico, donde lo que impera es la guerra sucia y los golpes bajos.
Se viven tiempos donde impera una “suspensión política de la ética”, según lo dicho por Slavoj Žižek. Vivimos tiempos donde, más que nunca, el exceso económico, junto con el exceso de poder político (que se ejerce mediante manipulación de magistrados, jueces, ministros, fiscales, procuradores, etc.), son integrados a la máquina partidista para mantener el poder incluso con la bandera del cambio. Así, vemos y veremos cómo los poderes fácticos harán valer su poder económico para poder torcer conciencias y conservar sus privilegios, sin importar que se perpetúen las consecuencias de pobreza y destrucción. La política se volvió un medio de enriquecimiento mediante la realización de negocios privados con recursos públicos. Negocios hechos por la vía de la corrupción que goza de cabal impunidad. En este ejercicio excesivo de poder político, “las leyes no interfieren realmente, puedo hacerte lo que quiera, puedo tratarte como culpable si así lo decido, puedo destruirte si lo deseo…”, señala Žižek.
La vida nacional se encuentra conmocionada en diversos ámbitos: inseguridad, corrupción, impunidad, violencia son los rostros problemáticos más visibles de esta suspensión política de la ética. Los pactos de impunidad se sostienen con muy graves consecuencias en la distribución de la riqueza, en la rampante generación de pobreza. Lo mismo ocurre con en el abandono de los programas de salud (basta con ver y sufrir el desabasto de medicamentos e insumos en las instituciones estatales de salud). La misma suerte han corrido las instituciones de la cultura, el arte, la ciencia. Lo mismo pasa con el deporte, etcétera. Técnicamente hablando, no hay un solo rubro que opere sin la sombra de la corrupción, sin verse marcado por las más deleznables prácticas políticas.
Más aún, como si la situación que se vive en el país no nos confrontara tanto con la sensación de estar no solamente ante un Estado fallido sino ante un Estado cómplice de la delincuencia organizada. La indignación, la rabia, la impotencia de la sociedad ha llegado a lo insospechado ante la noticia de que los tres estudiantes de cine que se encontraban desaparecidos en Tonalá, Jalisco, fueron asesinados y sus cuerpos disueltos en ácido.
Javier Salomón Aceves de 25 años, Marco Francisco Ávalos de 20 y Jesús Daniel Díaz de 20 años, se dice, “estaban en el lugar equivocado” (el problema es que en México cualquier lugar puede ser el equivocado). Los jóvenes acudieron a la casa de la tía de uno de ellos para realizar una tarea escolar. Un hecho que tendría que ser el de mayor cotidianidad en la vida de un estudiante. Al salir fueron levantados y desaparecidos hace ya un mes; restos de sus cuerpos fueron encontrados disueltos en ácido. Son tres jóvenes que representan a los miles de desaparecidos en el país.
Hace tiempo que los argumentos para explicarnos tanto horror como el que pudieron vivir estos jóvenes se van terminando. Cómo entender tanta locura, tanta descomposición del Estado que falla en el más elemental de sus encargos: proporcionar seguridad a la sociedad. Estos crímenes, y muchísimos más, ocurren simplemente porque se puede, porque no pasa nada, por el grado de impunidad con que se vive, porque no hay ninguna investidura que genere respeto y de la que emane autoridad alguna que detenga tanta atrocidad.
Acudimos a un reemplazo de la ética por la ideología. La ética se suspende porque la ideología de mercado se impone. El monstruo del consumo hace entronizar al éxito económico como el ideal de lo social; la forma de maquillar esta suspensión de la ética es señal ideales sociales colectivos, segregando a la ética como una postura individualista.
Hoy más que nunca, se impone un llamado a la ética. La política se nos presenta como estructuralmente fallida, incapaz de proponer cualquier solución porque son parte central del problema. El grado de corrupción y la vinculación de las autoridades gubernamentales con lo ilícito les amarra las manos para poder ofrecer cualquier solución.
La indefensión social es evidente, la función mediadora de la política se agotó. La modernidad y el discurso capitalista muestran sus fibras más oscuras, parecen evidentes los fracasos modernos de redención ideológica. Sólo queda ensayar nuevos caminos que permitan, en principio, levantar la “suspensión política de la ética”, ir más allá de la ideología.








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