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La sociedad del libro

· agosto 21, 2015

Martin Burckhardt

 

Johannes Gutenberg, impresor de Maguncia, construyó la imprenta durante la década de 1450; al cabo de medio siglo, la copia de libros había alcanzado enorme difusión en la denominada “Europa gótica” (es decir, en toda la región en la que se construían catedrales y surgían universidades). Si en el siglo XIV se conocía en todo un país una biblioteca de catorce tomos (y no sin razón, pues el precio de un solo libro, además profusamente ilustrado, equivalía aproximadamente al salario anual de un trabajador), hacia finales del XV circulaban ya más de un millón de libros fabricados mecánicamente. Aunque al determinar los grandes personajes de la historia se ha destacado a Gutenberg como inventor “en solitario”, poco a poco se va comprendiendo que el invento de Gutenberg es más la culminación de un largo desarrollo. Los comienzos de este desarrollo se encuentran en los siglos XII y XIII, cuando en Europa, como consecuencia de la técnica del engranaje, aparecieron por todas partes molinos de papel, en los que los trapos eran convertidos en finísimo papel. Esto reducía enormemente los costes de fabricación de los libros, pues antes había que sacrificar rebaños enteros para producir un solo libro (que se hacía con pergamino o vitela, la piel del vientre de los terneros). La aparición de las universidades supuso un paso más. Así, se inventó el sistema de la llamada pecia, en el cual un manuscrito ya no era copiado en su totalidad por un único copista, sino que se dividía en secciones que se distribuían entre varios copistas. De esta manera, el proceso de la copia a mano se aceleraba considerablemente. Como la demanda de textos escritos también aumentó paralelamente, en 1410 se empezaron a imprimir libros utilizando bloques de madera.

La pregunta que se plantea es cuál fue en realidad la contribución especial de Gutenberg. La imprenta que él utiliza tiene su antecedente en la prensa de tornillo. En cierto sentido, la afirmación de que Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles apunta en la dirección correcta. Además de dar a sus tipos de plomo el mismo tamaño, es decir, de hacerlos intercambiables, su innovación fue metalúrgica: fabricó un punzón de acero extremadamente duro, con el que a su vez se hicieron matrices invertidas ahuecadas (de acero más blando). En estas formas huecas se vertía el plomo fundido, que una vez enfriado proporcionaba los tipos de plomo. Este sistema tuvo tanto éxito porque mediante sucesivas reproducciones se podía fabricar la cantidad que se quisiera de tipos uniformes. Precisamente ésa era la limitación de la impresión xilográfica, que antes se utilizaba para las grandes ediciones: cuantas más veces se imprimía, peor era la calidad de la copia. Es decir, se llegaba a lo que actualmente, en la reproducción técnica, se llama “pérdida de calidad”. En contraste, los tipos de plomo reemplazables producían la ilusión de que el signo era en cierto modo sobrenatural.

La nueva técnica de tipos, punzón y matriz fue, como los contemporáneos no dejaron de observar, algo así como la superación del pecado original técnico, y además se ajustaba a la idea de la Inmaculada Concepción. Así pues, no es en modo alguno casual que el motivo que la nueva técnica de confección de libros celebra sea la escena bíblica en la que el ángel se aparece a María y le anuncia que va a dar a luz un hijo. Aunque sabemos por la historia del dogma que se trata aquí de una fecundación por el oído (y muchas veces se ve un pequeño Niño Jesús cabalgando un pequeño rayo que conduce al oído de la Virgen), no por ello se representa menos a María leyendo, lo mismo que todos los presentes (ángeles, amorcillos, etcétera) tienen un libro en la mano. Si queremos entender la transformación que da lugar a la “sociedad del libro”, no tenemos más que contemplar estas imágenes.

Uno de los aspectos peculiares de la imprenta que tiene que ver con esta faceta espiritual se manifiesta en la pregunta de por qué la imprenta —a pesar de conocerse el procedimiento— no logró extenderse a determinadas partes del mundo. Por lo que se refiere a China, la imprenta de tipos móviles existía ya siglos antes de la invención de Gutenberg. El motivo por el que en China la imprenta mecánica no tuvo futuro hay que buscarlo en el hecho de que el papel estaba gravado por el gobierno, ya que el saber se hallaba bajo el control de la autoridad. Por otra parte, el sistema chino de escritura con sus miles y miles de signos no era precisamente idóneo para la imprenta de tipos móviles; la cantidad de cajas hubiera alcanzado proporciones excesivas. Por eso, más sorprendente que el estancamiento chino es la manera deliberada de dar la espalda a la imprenta mecánica que se manifiesta en Rusia, incluso en toda la esfera de influencia del antiguo Imperio bizantino. En este caso se trata de una repugnancia de motivación religiosa. Así, en la Rusia del siglo XVII aún se discutía si no era una profanación de la Biblia imprimir junto a ella libros mundanos. También en el mundo árabe, que había entrado en contacto con la técnica europea hacía mucho, dominó una repugnancia profundamente arraigada. El primer libro impreso todo en escritura árabe fue un libro de oraciones producido en 1514… en Italia. Hasta 1714 aparecieron exactamente diecisiete títulos árabes, siempre en pequeñas tiradas. No fue hasta principios del siglo XIX cuando se dotó de una imprenta a Egipto.

 

1452-1455 Johannes Gutenberg, de Maguncia, imprime su Biblia. El nuevo procedimiento requiere acostumbrarse, pues, como es habitual, los monjes proceden a revisar cada uno de estos libros en busca de erratas.

 

1483 En el Imperio otomano, el sultán Bayaceto II castiga con la pena de muerte el uso de imprentas mecánicas.

 

Hacia 1500 En esta época hay ya doscientas cincuenta imprentas que inundan Europa de libros impresos: más de un millón. Con las novelas por entregas del ciclo de Amadís surge un nuevo género literario: la novela trivial.

 

1525 Alberto Durero publica su libro Underweysung der messung mil dem zirckel un richtscheyt [Tratado de medición con regla y compás], el primer compendio del procedimiento matemático-geométrico de la perspectiva central.

 

Hacia 1550 El taller de Plantin, impresor de Amberes, que proporciona libros a la Europa instruida, se gana el renombre de “octava maravilla del mundo”.

——

Pequeña historia de las grandes ideas — Cómo la filosofía inventó nuestro mundo, Siruela, España, 2010.

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admin

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