Antonio Bello Quiroz
Si algo ha sido ambiguo y oscuro en la historia del hombre moderno es su vínculo con la sexualidad. Quizá sólo la muerte le produzca un pasmo del mismo nivel. Con la modernidad, el psicoanálisis nos lo permite ver sin coartadas, el cuerpo se vuelve campo de batalla entre la sexualidad y la muerte. El psicoanálisis nos permite escuchar que, en lo que respecta a la sexualidad, entre el hombre y la mujer algo no anda.
Desde 1955, a partir de los trabajos de un médico neozelandés de nombre John Money, aparece en los discursos académicos el término gender (género) para definir lo masculino y lo femenino. Plantea la diferencia de género a partir de cuestiones culturales, más allá de las diferencias anatómicas. Escribe este autor: “La expresión rol de género se usa para significar todas aquellas cosas que una persona dice o hace para revelar que él o ella tiene estatus de niño u hombre, o niña o mujer, respectivamente. Ésta incluye, pero no está restringida, a la sexualidad en el sentido del erotismo.”
Más tarde, en 1968, Robert Stoller, con la publicación del clásico Sexo y género, complica la cuestión al introducir en los estudios de género la distinción sexo/género. Lo hace con la intención de poder dar lugar a las personas que, teniendo un cuerpo de hombre se sienten mujeres; se trata de un nuevo diagnóstico que se concretaría en la noción de “identidad de género”. Sus alcances son esencialmente de carácter diagnóstico.
Los estudios que se generan desde el feminismo, durante los años setenta, pondrán el acento en las estructuras sociales, políticas e incluso económicas, como las que establecen, hacen uso, e incluso abuso, de las diferencias entre hombres y mujeres, estableciendo una desigualdad entre los sexos. En buena medida los estudios de género se van a orientar en dos direcciones: la primera señalaría que el género no puede prescindir de la diferencia sexual. En sentido contrario a ésta, la segunda postura sostiene que el género sería una construcción sociocultural establecida con independencia de la diferencia sexual. Sin embargo, más allá de sus diferencias, ambas posturas se oponen y reaccionan a la idea sostenida desde el judeocristianismo, para el cual la heterosexualidad opera como ordenador sexual, y promueve, pese a todas las evidencias en contrario, la idea de una definición sexual basada en lo biológico.
Hay algunos antecedentes antropológicos de los estudios de género en Margaret Mead, quien publica en 1935 Sexo y temperamento, donde analiza los roles sociales vinculados con la diferencia de sexo en las tribus Arapesh y Tchambuli de Nueva Guinea. Quizá el aporte más importante de estos estudios, como de otros de carácter etnográfico, sea que en muchas tribus hay multiplicidad de géneros que revientan la visión occidental de una dualidad genérica. Quizá sea atrevido decir que algunas posturas posestructuralistas en los estudios de género, como las planteadas por Judith Butler y sus teorías performativas, se deriven de estas evidencias etnográficas. Estas perspectivas deconstructivistas darán origen a lo que se conoce como movimiento queer, donde se buscaría desnaturalizar los cuerpos y los sexos bajo la idea de que, en sentido estricto, nunca se alcanzaría una identidad de género definitiva. A partir de estas propuestas surge el término transgénero como un rechazo al ordenamiento sexual establecido. Busca abarcar todas las modulaciones de la sexualidad: gays, lesbianas, transexuales, travestis, intersexo, andróginos, etcétera.
Es necesario señalar que estas posturas deconstructivistas se juegan en sostener un ideal desidentificatorio, donde la sexualidad, mejor aún, la identidad sexual, no sea definida sino por la práctica de goce de cada sujeto, la cual sólo podrá ser definida por él mismo, sin la intervención normativa y reguladora de lo social.
Freud puso en el centro de sus reflexiones teóricas, como ya decía, a lo sexual, a la sexualidad y sus consecuencias en la constitución psíquica de los sujetos. Lo hace muchísimo antes de cuando se inician los estudios de género mencionados. Ya desde 1895, en sus Estudios sobre la histeria ubica la sexualidad en la etiología de los padecimientos corporales que rebasaban en su explicación lógica a la biología. En 1905 publica su trabajo Tres ensayos para una teoría sexual, para escándalo de la conservadora sociedad académica vienesa, que lo acusó de regresar contaminado de sexualidad de su estancia en París, lugar de promiscuidad y perdición, donde se encontró con Charcot. En este trabajo sostendrá que la sexualidad tiene un componente de perversión y, además, se constituye en la infancia, la cual es todo menos inocente.
Con respecto a la diferencia sexual, Freud busca una y otra vez separar la sexualidad de la genitalidad y la reproducción. El psicoanálisis propone otras coordenadas para pensar la posición sexual que los sujetos tomarán. En principio hace pasar la constitución sexual por los complejos de Edipo y castración, donde lo que organiza ya no es el primado genital (ni social ni cultural, etcétera, factores que sólo operan como moduladores) sino fálico. El falo hace función de nudo. Con este giro también se plantea una abismal e insalvable distancia epistémica entre la dialéctica que opera en la filosofía, detenida en el conflicto entre “el ser y la nada”, y la que hace andar al psicoanálisis, que se mueve entre “ser y tener”, el falo.
Si hay primacía del falo en la organización sexual, e incluso se plantea la ecuación pene = falo, en los planteamientos freudianos (lo que no deja de causar escozor en algunas posturas feministas y de género), la mujer aparece en falta con respecto al hombre, su sexualidad se organiza en torno del penisneid (envidia del pene). Hay que decir que la castración opera en lo masculino de manera inconsciente, lo mismo que del lado femenino lo hace la envidia del pene. Es contundente en el psicoanálisis que a partir de Freud, desde 1923, la sexualidad de hombres y mujeres está organizada en torno al falo y la castración. Es relevante señalar que el falo no es el pene, sino el símbolo de su prestancia, el falo es el significante que ordena la posición sexual, es el operador lógico de la estructura psíquica. Y así la diferencia sexual queda orientada no por la genitalidad, y el mundo queda dividido, sexualmente hablando (y lo podemos extender a la vida psíquica), en dos partes: unos tienen y otros no, y esto, hay que decirlo de manera definitiva, más allá de la anatomía. La sexualidad está organizada, no sin la anatomía, pero más allá.
Freud, en 1910, 60 años antes de los estudios de género referidos, abordará una cuestión que bien podríamos llamar de transexualidad contenida en las Memorias de un enfermo de nervios de Daniel P. Scheber, quien en su delirio, defendiéndose de la homosexualidad (lo que constituye la primera hipótesis freudiana sobre la paranoia) se transforma en mujer, y no cualquier mujer, en la mujer de Dios.
Jacques Lacan, al respecto, habla de lo que llama el “goce transexual” de Scheber, que se juega en cultivar en su cuerpo la voluptuosidad femenina. Sin duda, es en lo que detonará la fantasía que a este personaje se le presenta en ese momento del sueño llamado duermevela: “sería fantástico ser mujer en el momento de sufrir la penetración”. Esta fantasía llevada al delirio sería una consecuencia de no contar con el significante fálico.
En las próximas entregas abordaré cuestiones en torno a la sexualidad en el rostro de la perversión, la transexualidad, travestismo y más, aprovechando un seminario que impartiré en el mes de mayo, teniendo como invitado a Helí Morales.








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