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04 Vuelo de brujas, de Goya.
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La sexualidad femenina y lo demoniaco

· febrero 12, 2016

Antonio Bello Quiroz

 

La sexualidad femenina, lo sabemos, ha sido algo que ha incomodado a hombres y mujeres, aún más cuando muestra su costado insaciable. La sexualidad femenina se presentó a Freud como un enigma hasta el final de su producción teórica: el continente oscuro le llamó. Históricamente las brujas han sido perseguidas desde el siglo XV hasta el siglo XVIII en tanto que sobre ellas se ha hecho recaer una encarnizada cacería por oponerse a la legalidad social de los hombres. Ellas, las brujas, se decía, eran portadoras de una sexualidad desaforada que no se ciñe a un órgano determinado ni a un tiempo determinado; muestran que el cuerpo todo es territorio de goce; eso ha sido inadmisible, insoportable. Parece, sin embargo, que estas mujeres no sólo han mostrado una sexualidad que no se somete a lo orgánico ni a lo temporal, sino que han encabezado, en diversos momentos, cuestionamientos, oposiciones e incluso subversiones al orden establecido, lo que se ha planteado como el verdadero motivo de la persecución.

Entre 1485 y 1486 dos monjes dominicos (la orden conocida como Los perros de Dios, guardianes de la Inquisición), Jacobo Sprenger y Heinrich Kramer, escriben un manual para poder identificar y perseguir a las brujas. Se denomina Malleus Maleficarum. El martillo de los brujos, que se convirtió en el arma teológica y legítima de la Inquisición (avalada por el papa Inocencio VIII) que llevó en tan sólo 200 años a la tortura y muerte en las condiciones más atroces a más de setenta mil personas, noventa por ciento de ellas mujeres. Bajo este feroz martillo también terminó en la hoguera Giordano Bruno, paradigma del pensamiento libre de la época.

Pero ¿qué época les toca vivir a estas mujeres perseguidas? La Europa medieval se encuentra en crisis política y social; el proletariado medieval se opone al poder feudal. La implantación del capitalismo es la respuesta a la crisis feudal. En el siglo XV se inicia un movimiento que degrada a las mujeres, sin importar su clase, sólo por ser mujeres —por lo que como mujeres portaban—, lo que produjo una insensibilidad de la población frente a la violencia contra las mujeres y dejó el terreno listo para la caza de las brujas. Así, socialmente hay dos factores que determinan el transcurrir de la época y modifican el rostro del mundo: la privatización de la tierra (tanto en Europa como en la extensión colonial), por un lado, y la llegada del oro y la plata provenientes de América.

Sabemos que la crisis de población de los siglos XVI y XVII, por las epidemias de peste negra y cólera, principalmente, vuelve a la procreación un asunto de Estado. Así, la persecución de las brujas tenía como finalidad demonizar cualquier práctica de la sexualidad no-procreativa; se trata de una época donde la sexualidad se esclaviza a la procreación, la mujer es vista como un bien común en lo laboral y lo sexual, utilizada para mantener el nuevo orden económico que se imponía.

Dos discursos opuestos se revelan. Por un lado, lo divino y legítimo pertenece al hombre, mientras que ellas son relegadas a lo demoniaco y subversivo: lo oscuro, la noche y el mal son puestos de su lado. No por casualidad, como podemos ver. Las brujas antes de ser perseguidas estaban ligadas a la naturaleza y las tradiciones del conocimiento, eran curanderas y chamanas; eran temidas pero no perseguidas, porque prestaban un servicio a la comunidad. Es su vínculo con el demonio lo que las vuelve infernales.

La animadversión contra las mujeres en estos cuatro siglos de persecución se justificaba, además de las razones sociales y económicas planteadas, por su propensión al libertinaje y al desenfreno sexual, pero van más lejos en la imaginería que justifica la misoginia de estos dominicos autores del Malleus: “… causan la esterilidad de los hombres y los animales; ofrendan a los demonios, y devoran niños no bautizados”. Y más aún: “pueden revelar cosas ocultas y ciertos acontecimientos futuros, por la información de los demonios, pueden ver cosas ausentes como si estuvieran presentes; pueden inclinar la mente de los hombres hacia un amor o un odio desmesurados; pueden exterminar los deseos de engendrar e incluso la potencia de la copulación, en ciertas ocasiones pueden embrujar a hombres y animales con sólo mirarlos, sin tocarlos y causar su muerte”. Destacamos aquí a la mujer vista como “destructora del sexo masculino”, su mayor peligro; desde luego que para sostener esta visión de la mujer hay que proponer su contraparte, donde se sostiene el culto mariano, una mujer débil de cuerpo y mente que justifica el control del hombre sobre ellas y sostiene el orden patriarcal. Con las brujas, se trata de la materialidad corporal del diablo. Así, la forma de castigar al diablo era quemando a sus amantes.

La bruja vive en el desenfreno la sexualidad porque fornica con el demonio, y esto no puede ocurrir sin que quede una marca, es la marca que buscan los inquisidores, aquello que señale que la mujer entrega no sólo su alma sino su cuerpo al demonio. El historiador francés Robert Muchembled, en su Historia del diablo señala: “La marca dejada por la garra del diablo en cualquier lugar del cuerpo —más bien a la izquierda, ya que éste es su costado preferido, a menudo oculta en las ‘partes pudorosas’, incluso en el ojo del brujo”— ofrecía la prueba del pacto concluido con el Satanás”. Y más adelante: “La búsqueda del estigma maléfico se efectuaba sobre un cuerpo desnudo, completamente afeitado bajo el control de un cirujano. Una vez desviada la atención del interesado, se pinchaban los lugares sospechosos con largas agujas. En caso de no observarse una expresión de dolor ni derrame de sangre, se afirmaba la existencia de una o varias marcas diabólicas.” Una vez encontrada la marca, el estigma, no había forma de que la portadora del mal no confesara su pacto carnal con el maligno; todos los métodos estaban permitidos con tal de arrancar la confesión. ¿Cuál era el “crimen” de estas mujeres? Ser portadoras de un goce otro que no entra en los cánones de lo establecido, y esto no ha cambiado hasta nuestros días.

Freud inventa el psicoanálisis a partir de escuchar a las histéricas (el rostro moderno de la bruja) que hablan con su cuerpo la sexualidad que le habitas y que les es silenciada. Jacques Lacan, por su parte, se introduce al psicoanálisis a partir de la escucha de las locas, ellas a quienes su voz es acallada porque rompen con el orden de la razón: ambos dan un lugar a la escucha de lo silenciado.

Por ello, Lacan ha planteado la existencia de dos dimensiones del goce: uno llamado fálico y otro que le es suplementario. Uno referido a los hombres y otro a las mujeres, sin que esta distinción pase por el sexo anatómico. El primero está sometido a un órgano determinado y una temporalidad establecida marcada por la eyaculación. Mientras que el segundo es un goce abierto al infinito, como señala el psicoanalista Helí Morales en Otra historia de la sexualidad; su geografía no está tampoco limitada a un órgano sino que todo el cuerpo puede ser geografía de lo erótico. Esta distinción es lo que justamente hace que haya algo de lo insoportable en el goce del cuerpo.

La censura a la sexualidad femenina, por paradójico que resulte creerlo, no ha cambiado mucho desde aquellos lejanos siglos XV-XVIII, sigue incomodando tanto a hombres como a mujeres. El odio a la mujer es consecuencia de la imposibilidad de decirla toda, por tanto, se siguen desplegando mecanismos para silenciarlas, domesticarlas: la violencia contra las mujeres, los feminicidios, las misoginias humanistas (académica, social, política) son muestras de ello.

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