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La segunda muerte

· octubre 13, 2017

Antonio Bello Quiroz

 

Muerte, parto inverso… Aute

 

México ha sido un país festivo, aquí solía ocurrir que cada época del año estaba claramente marcada por sus celebraciones y rituales, cada época acompañada con sus aromas, sus colores y sus ambientes; pero eso ha cambiado, ahora las épocas se hacen cada vez más confusas. El mandato imperioso de consumir trastorna todo. Ahora, por ejemplo, desde septiembre ya se encuentran motivos de Navidad en las tiendas; los procesos de mercantilización han introducido cambios en la atmósfera urbana y en los hábitos sociales.

Sin embargo, entre estas celebraciones anuales hay una que mantiene sus tiempos y le da singularidad al país; me refiero a la celebración de los días de muertos. Desde la mitad de octubre los mercados se llenan de los aromas de flor de cempasúchil, morada o amarilla, pan de muerto, incienso, guayabas y cañas de azúcar.

Singular celebración ésta del día de muertos donde por dos días el país entero se vuelca a hablar de la muerte, quizá para poder callar y guardar una considerable distancia con respecto a ella por el resto del año.

En concordancia con esto, las próximas tres entregas girarán en torno a la muerte. Tema al que he dedicado más de veinte años de reflexión y un recorrido que ha parido dos libros: Ficciones sobre la muerte y Pasionario: ensayos sobre el crimen, y me mantiene ocupado en un tercero sobre el suicidio. De esta manera tendría un tríptico que cubriría las tres formas en que la muerte se presenta: accidente, homicidio o suicidio.

Sobre la muerte se ha dicho mucho, y se seguirá diciendo. Quizá lo que motiva ese decir permanente es una paradoja esencial de la condición humana: lo único sobre lo que tenemos certeza es nuestra condición mortal; sin embargo, es de nuestra muerte sobre lo que ignoramos absolutamente todo. Sabemos que somos mortales, vamos a morir, pero no sabemos cuándo ni cómo. Así, la muerte es algo que, como diría Epicuro: si somos, ella no es, y cuando ella sea nosotros no seremos ya. De la muerte no se tiene experiencia propia. Nadie ha muerto y vuelto de ese estado. La muerte es lo Otro absoluto que somos.

La percepción de la muerte y sus ritos funerarios han cambiado radicalmente. En el antiguo régimen, hasta el siglo XVIII, según nos enseña Philippe Aries en su monumental libro El hombre ante la muerte, la buena muerte era considerada aquella que se anunciaba con mucho tiempo de antelación. Ya sea por un espectro o en un sueño, este anuncio era visto como una oportunidad que Dios concedía al moribundo para poder ponerse en paz con su conciencia y con Dios mismo. En cambio, la muerte que llegaba intempestivamente era considerada como signo de mala muerte, como un castigo divino, una maldición. Las cosas han cambiado: ahora, con la modernidad, se considera como una buena muerte la que no se prolonga, la muerte rápida, sin sufrimiento, sin agonía.

Con el discurso del capitalista empoderado, también han cambiado los ritos funerarios: la muerte, su velación y su entierro, han dejado de ser parte de los ritos sociales que incluso estrechaban los lazos entre los miembros de la comunidad. Con el avance de la tecnología y con el discurso capitalista que ordena el consumo imparable, no hay tiempo para las exequias. La muerte ya no ocurre en la sala familiar sino en las frías salas del hospital, y tan pronto ocurre hay que incinerar, olvidar y volver al consumo. La modernidad pretende expulsar a la muerte de la vida.

La última apuesta biopolítica sobre la muerte es hacerla una enfermedad, enfermatizar a la muerte para creer que así, eventualmente, sea posible curarnos de ella.

En fin, sobre la muerte se han hecho toda clase de ficciones culturales, científicas, sociales, etcétera, y se continuarán haciendo. Pero aquí, en esta ocasión, quisiera referirme a una muerte que no es la muerte física sino una que habita el territorio de la palabra, o “segunda muerte”, introducida por el psicoanalista francés Jacques Lacan.

Para él la distinción entre lo humano y lo biológico pasa por el lenguaje y la palabra, lo que hace que la condición humana esté cruzada por una doble vida: biológica y lenguajera, una física y otra atravesada por el significante, lo que le da su condición de hablante ser. Y, si hay dos vidas también tendría que pensarse en dos muertes.

La segunda vida está afectada por la palabra y el deseo, es la única vida posible y es la que permite que el sujeto se relacione con el otro y consigo mismo; incluso es la vida que le permite asumirse como mortal y hasta pensar en la eternidad. La eternidad no es algo de lo que participe ninguna otra especie de ser vivo: sólo los humanos podemos introducir en nuestra vida discontinua el anhelo de continuidad, inmortalidad y trascendencia. La muerte, pasada por el significante, coloca al sujeto más allá de la muerte del cuerpo, lo coloca en la memoria de los otros mediante ese acto que le da singularidad a lo humano: colocar una lápida en la tumba.

Ante esta condición de singularidad subjetiva que introduce la segunda muerte, Lacan nos posibilita pensar en dos posiciones: una es la que adopta el querido Marqués de Sade quien, pretendiendo que su vida sólo tendría que estar consagrada al goce, sin nada más allá que el presente, rechaza toda posibilidad de segunda muerte y pide que no haya ninguna indicación del lugar donde yacerían sus restos, una vida que no deje restos ni rastros simbólicos es lo que buscaba. Una vida apostada sólo por el goce. Por otro lado, Antígona, en la tragedia de Sófocles, acepta la muerte antes que admitir que su hermano fuera enterrado sin la dignidad de una tumba y una inscripción en lo simbólico. Su deseo es llevado al máximo por buscar la segunda muerte para su hermano amado.

Pero esto no es una cuestión de literatura, esto que se plantea nos permite pensar de manera profunda en la vida cotidiana. Es posible ver esta actitud de goce en la inmediatez en los argumentos que posibilitan, por ejemplo, la incursión en el narcotráfico, donde se prefiere apostar a una vida corta plena de goce (la vida loca) que a una cargada de penurias. En las subjetividades de la época (y en lo sexual y las adicciones es muy evidente) lo que impera es la inmediatez del goce. La tolerancia a la frustración es igual a cero: no hay lugar para el resto. Hay una tendencia a llevar el consumismo al máximo, aunque eso no traiga ninguna trascendencia. La vida se apuesta a la vida antes que a la trascendencia. Gozar y ya, ése es el signo de nuestro tiempo. Un rechazo radical a la segunda muerte es lo que nos marca como sociedad. Ser feliz a costa de lo que sea es el mandato insensato que organiza el proceder de lo social.

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