Fabiola Morales Gasca
En este mundo hay sólo dos tragedias: una es no obtener
lo que se quiere; la otra es obtenerlo. Esta última es la peor,
es una verdadera tragedia. Oscar Wilde
Éxito y fracaso son una dicotomía de suma importancia con la que hay que aprender a lidiar día tras día desde edad muy temprana. Correr con los compañeros de clase y no conseguir el primer lugar, no meter la pelota en la canasta de baloncesto perdiendo el partido ante el rival, aprender a andar en bicicleta y caerse constantemente hasta terminar de pedalear sin ningún problema es parte de ensayar la vida. Fatigas, sofocones, fallos son semillas de la gran virtud de aprender la lección para superarse uno mismo y alcanzar las metas.
Por desgracia, en la cultura actual se nos ha enseñado a tener ciertas ideas sobre lo que constituye el fracaso o el verdadero éxito, además de poseer una idea condicionada de asociar la victoria a la posesión y el fallo a la pobreza. Tener muchos bienes y ejercer poder sobre los demás son señales convincentes de que se ha alcanzado éxito. Una persona así genera envidia, a diferencia de la persona que parece fracasada y lo único que genera es lástima y evasión. Sin embargo, ¿es cierto esto? No necesariamente.
“No he fracasado. He encontrado diez mil soluciones que no funcionan”, “El fracaso es sólo la oportunidad de comenzar de nuevo de forma más inteligente”. Frases de Thomas Alva Edison y de Henry Ford que encierran la mentalidad de hombres que ensayaron docenas de veces antes de triunfar y entendieron que el fallar nos prepara el camino. Por desgracia, el error se desprecia y se oculta porque la sociedad ha mitificado el éxito debido a los miedos que se generan al no alcanzar los objetivos.
De hecho, si nos detenemos a observar, la literatura está llena de héroes con sus grandes fracasos a cuestas. Sólo echemos un vistazo a la Odisea, donde se narran los esfuerzos fallidos del héroe Ulises para regresar a Ítaca después de diez años de guerra en Troya y diez de viaje por terribles contratiempos. En la novela 1984 Winston Smith, trabajador en el Ministerio de la Verdad del sistema, intenta de forma audaz rebelarse y evadir al opresivo Big Brother; en ese camino de rebelión fallida encuentra el amor, que hasta eso le es arrebatado de su mente. Winston es un fracaso para sí mismo y un éxito para el sistema represor que termina por anularlo. La conjura de los necios muestra a su desafortunado héroe, Ignatus J. Reilly cometiendo error tras error. Un grupo de poetas del realismo visceral en Los detectives salvajes narran las historias malogradas de Juan García Madero, Arturo Belano y Ulises Lima. Don Quijote, con Sancho Panza, son los protagonistas por excelencia que vuelan siempre sobre el binomio éxito-fracaso. Al segundo no le queda otra cosa que hacer un intento vano por regresar a la realidad al frustrado caballero, y al primero una desbordante fantasía lo levanta airoso de los descalabros.
Antiguos filósofos afirmaban que el fracaso es la madre del éxito, aunque de inicio no estemos de acuerdo con esa frase. Lo que sí es cierto es que sin fallas no hay éxito: sólo aprendiendo de los errores se triunfa. El fracaso nos enseña a aceptar la vida con sus defectos, permite manifestar mucho de nuestro temperamento y fuerza espiritual. Aprendemos más de los desaciertos que de los triunfos, y como cada ser humano percibe de diferente manera la vida, de igual forma éxito y fracaso dependerán de cada uno y la forma de cómo enfrentarse a ellos. Hacer uso de la resiliencia, es decir, la capacidad sobreponerse en situaciones adversas, es vital.
Muchas de las obras clásicas tratan sobre las contrariedades y cómo sus protagonistas las encararon, por eso nos identificamos con ellos; la crudeza del error y sus consecuencias nos seducen más que el triunfo. Periquillo Sarniento, Los miserables, La leyenda del santo bebedor, La insoportable levedad del ser, El viejo y el mar son libros que nos embelesan por la forma en que los protagonistas afrontan las dificultades.
Así, los libros son excelsa fuente de enseñanza y ayuda; a través de sus personajes aprendemos cómo lidiar con el fracaso. Por ejemplo, sin la capacidad, esfuerzo e inteligencia de Arturo Belano, éste nunca habría logrado viajar a tantos lugares. Arturo, en realidad, es el alter ego del escritor chileno Roberto Bolaño, así que muchos de sus rasgos se notan tal y como lo mostró en la vida real. Y como diría su amigo chileno Andrés Ramírez en el segundo capítulo de Los detectives salvajes (1976-1996) sobre su sueño en una iglesia de Barcelona: no olvidemos que Tempus breve est. Ora et labora. Ignatus J. Reilly, ser profundo e inadaptado, no hubiese soportado tanto fracaso sin enfrentarse con humor, perspicacia e ironía los embates de la vida. El viejo Renault conducido por Myrna Minkoff en camino a Nueva York nos recuerda que la Fortuna no siempre es adversa. Don Quijote jamás hubiese sobrevivido a la batalla contra los molinos si no hubiese utilizado la imaginación para usar una rama de árbol en sustitución de la rota espada para continuar siendo un caballero andante y sin ánimos de quejarse. El sabio Frestón nunca pudo contra la imaginación arrebatada del anciano. La lista en la literatura sobre fracasados redimidos es larga, hay mucho que aprender de ella.
Recordemos que sobre la fragua del fracaso moldeamos la fe para conseguir nuestros objetivos, el temple para soportar las pérdidas, pero sobre todo usamos la creatividad para hallar la mejor solución a los problemas. Como virtuosos personajes de novela, sigamos triunfando, pero ante todo sigamos aprendiendo de los fracasos.









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