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La poesía de Baudelaire

· agosto 28, 2015

Alberto Savinio

 

He escrito en otra ocasión y lugar lo siguiente: “El arte daba sus espectáculos sobre un excelso e inalcanzable escenario, desde un proscenio que irradiaba una luz impenetrable y separaba rigurosamente el arte de la vida, coloreándolos con colores cuya composición química ignoramos aquí abajo, y se servía de formas y aspectos que tenían la misma semejanza, más o menos, con los naturales, de la vida, que la que ofrece el calendario entre los días laborables y el domingo, o, en las monarquías antiguas, entre los súbditos y el rey, o, en el gallinero, entre los pollos y el pavo real. Luego, a lo largo del siglo XIX, florecieron tres artistas que, cada uno a su manera, se dedicaron a apagar ese proscenio y a acercar el escenario del arte al teatro de la vida, a hacer subir a ese escenario a los hombres mismos, con su ropa de diario y sin afeites de ninguna clase, para que representasen los dramas y las farsas de la vida cotidiana. Estos tres “acercadores” fueron Baudelaire en poesía, Manet en la pintura y Bizet en la música. No se ha esclarecido aún del todo si la obra de éstos ha llevado la vida a la poesía o la poesía a la vida, aunque yo pienso que ha sido esto último.”

Aquí hablo solamente de Baudelaire. Ni siquiera de la calidad y el valor de su poesía. Y no me pregunto si Baudelaire es un grandísimo o un mínimo poeta (a mí, personalmente, no me parece muy grande), sino que me limito a la importancia que tiene Baudelaire en la “política” de la poesía. Y esta importancia es grandísima.

No se trata de una reforma de la forma poética, y sí, el cambio, del inicio de una condición nueva de la poesía. El poeta no es ya un inspirado, que, en algunos casos, y concretamente en los casos sublimes, se ve reducido a la condición meramente receptiva, totalmente pasiva, de la pitonisa, sino que se vuelve él mismo “productor” de poesía. El poeta ya no escucha a la musa, sino solamente a la voz de su propio corazón. Baudelaire es el Copérnico de la poesía, inaugura la era copernicana de la poesía, que, hasta entonces, había sido exquisita y perentoriamente ptolemaica. ¿Y cómo es que una transformación tan grande de la poesía no ha sido captada por nadie? Hay contra Baudelaire una profunda hostilidad, una hostilidad incurable. Hasta he visto un amigo mío, que, por otra parte, es inteligente, palidece de ira a la sola mención del nombre de Baudelaire, y opone inmediatamente a este nombre el de Giovanni Pascoli, de la misma forma que el negro se opone al blanco, la sombra a la luz, igual que, al oír ciertos nombres peligrosos, el hombre supersticioso les opone conjuros. Y no doy este ejemplo por lo antinatural de la comparación (no se puede basar una polémica, por ejemplo, en la comparación de una manzana con una caja de cerillas), sino para hacer ver, lo viva que es y lo arraigada que está todavía la hostilidad contra Baudelaire. ¿Y cuál es la razón de esta hostilidad? ¿Quizá la calidad de su poesía? ¿Su “inmoralismo”, que, al principio, sirvió para ocultar la verdadera razón de la hostilidad a la poesía de Baudelaire y para desviar los recelos? No: es que también Baudelaire, como Copérnico en otro terreno y como Charles Darwin, ha matado a un dios.

Baudelaire enseña que el poeta puede hacerlo todo por sí mismo, sin guías ni intermediarios, y por eso Apolo, por obra y gracia de Baudelaire, palidece y muere, las musas se resecan y disuelven su coro, la corte del Parnaso va a la quiebra. Yo me pregunto qué pudor, qué reticencia, qué hipocresía, qué “terror sacro” impiden sacar a la luz del día estas conexiones, estas consecuencias, estas relaciones de causa y efecto entre la astronomía de Copérnico, la revolución de 1793 y la poesía a partir de Baudelaire; y por qué nos obstinamos en hacer caso omiso del grandioso complejo de esta transición de la poesía universal de las manos de Dios a las del hombre. Antes de Baudelaire, la poesía se hallaba en estado de inocencia e incorruptibilidad. (No sin razón, por lo tanto, no sin una razón “física” muy precisa, se consideraba inmortal a la poesía). La poesía estaba entonces en la misma condición que el pequeño Sakia Muni antes de conocer la vejez, la enfermedad, la muerte. Las representaciones más fuertes, más altas, del dolor y de la muerte, en Hornero, en Dante, en Shakespeare, no tenían, en las palabras que las expresaban, el sabor del dolor, el sabor de la muerte. La poesía actuaba con las manos limpias, mirando y no tocando. Todo ocurría al otro lado de un inefable escenario. Y, por eso precisamente, la poesía era arrobamiento, por eso era un sueño (un sueño feliz, incluso cuando cantaba la tragedia humana). Y por esto, también, la poesía tenía una parte sacra, pero activa, en la vida (ciertas cosas, las más augustas, las más misteriosas, sólo podían decirse en poesía), mientras que, a partir de Baudelaire, la poesía pierde esta función augusta, sacerdotal, cerca del pueblo, y el pueblo pierde interés en ella, olvidándola. Por esta cualidad aislante que tenía la poesía frente al drama de la vida.

Este sabor directo del dolor y la muerte que se percibe en la poesía de Baudelaire, esta ausencia de la autoridad metafísica, de altas protecciones, en ella, este mantenerse aislada sobre la tierra, en medio de los hombres cuyas esperanzas e ilusiones palidecen a la luz del sol, revelando el pobre afeite (?) que les permite arriesgarse a actuar, este vivir bajo el cielo despoblado de divinidades… ¿será quizá la razón de que la poesía de Baudelaire sea calificada de decadente? Pero quizá no sea bastante, quizá sea preciso decir “poesía mortal”, a diferencia de la otra, que era inmortal. Pero ¿dónde hay más grandeza: en la inmortalidad o en la mortalidad? Una idea lleva mucho tiempo girándome en torno a la mente: es sobre un dios griego (Hermes), que está cansado de inmortalidad, de su “inútil” inmortalidad, y quiere hacerse hombre para poder morir. También la poesía se fatigó un día de ser inmortal, y bajó a la poesía de Baudelaire, para poder morir.

——

Entrada a “Baudelaire” en Nueva enciclopedia, de Alberto Savinio, El Acantilado, España, 2010. El título es de la Redacción.

 

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