Jesús Bonilla Fernández
Yo nací en Puebla en enero de 1960 y crecí a tiro de piedra del entonces llamado simplemente centro de la ciudad. Durante mi infancia y mi adolescencia miré inocente, casi todos los días, la mole imponente de la catedral, donde de vez en cuando, algunos viernes primero de cada mes, me confesaba, rezaba y comulgaba entre las sombras del incienso y las miradas del altar. Ni la tentación ni la fuerza de existir habían arraigado en mí por aquel entonces.
También caminé casi a diario, el zócalo y los portales, los cuales me parecían y aún me parecen parte de mi ser como destino. Conocí mal que bien la antigua traza de la ciudad, la cual ahora llaman centro histórico, rodeada al norte por la colonia Santa María (Alejandro Meneses la describe en Ángela y los ciegos como Santa María de los Niños cabrones), al sur por Mayorazgo, al poniente por Cholula y al oriente por la zona militar (cartografía similar a la que Pedro Ángel Palou ubica en su novela Quien dice sombra).
Mi inocencia, una inocencia entre las muchas que afortunadamente poseemos, desapareció en un momento de una tarde de verano: la impetuosa catedral, sus sólidas torres grises, fueron castigadas por los diluvios de los cielos. La impresión fue, sinceramente, sobrecogedora. No era yo un jovencito, por cierto. Había pasado por la emoción de sentirme “un cerdo de la piara de Epicuro” (expresión honrosa de Lucrecio, si no me equivoco, aunque al hedonista Michel Onfray le parece aberrante por la comparación del jardín con la porqueriza y del filósofo con ese mamífero oinkonero) y ese dictum: “cerdo, cochino, puerco y marrano…”, me parecía lo que se dice una soberana mamarrachada. Por supuesto que el más mínimo contacto con el hálito de la ataraxia provoca esa visión terrenal sobre los congéneres y sus apotegmas.
Si alguien despertara ahora de una criogenación de casi quinientos años (Puebla fue fundada en 1536) o casi cincuenta —en mi caso—, se encontraría con un mundo más globalizado, cualquier cosa que quieran decir con eso, sobre todo los medios de comunicación (a pesar de Homero, Heródoto, Estrabón, Antonio Pigafetta, Fernando de Magallanes, y actualmente Alessandro Baricco, Peter Sloterdijk, Jacques Attali, por mencionar sólo algunos ejemplos de quienes hablan de la esfera que es el mundo), pero también y quizá por lo tanto, con una depurada hipocresía que, a decir verdad, encontraremos en cualquier urbe que respeten sus ciudadanos, descrita seguramente por Werner Sombart en su contribución a la historia espiritual del hombre o por Baudelaire en su célebre introducción a Las flores del mal.
Hablando de hipocresía, claro que en contrario han existido momentos estelares en la historia cultural poblana, pero me temo que pertenecen a los heterodoxos. Anotemos tan sólo los que menciona Julio Jiménez Rueda.
En fin… voy por la calle y me cruzo con una jovencita seguida por su madre.
Ésta le dice, en un susurro histérico:
—¡Cierra las piernas…
Cuando encuentra mi rostro, entre atónito, perplejo y divertido, se apresura a añadir:
—… cuando camines!
Entre el pueblo chico y el infierno grande, Puebla —poblanamente por cierto— no es el punto medio ni la diletante mediocridad, sino la medianía, como “alguien” mostró en las páginas de Youtube: camisas rosas, un pelo en pecho y cadenas de oro. (Sé que las explicaciones son odiosas, pero el efecto hilarante del video en gran parte se debe al acento español del crítico de los baturros —sin agraviar a los baturros—, por no decir nacos —sin ofender a los nacos— que aparecen en el video como si realmente, en la Isla Angelópolis, pudieran estar en un yate en las costas de Ibiza o en el bar del Ritz de Madrid o el de Barcelona.)
Si existe la poblanidad, por supuesto es algo tormentoso, algo atormentado. Me preguntaría entonces: ¿cómo hemos sobrevivido a tanta hipocresía?
Los poblanos, supongo, sí existimos, siempre ha sido así: somos ángeles cansados y libres —como en una canción Lucio Dalla—, con arrugas feroces en los pómulos, urgentes de pasiones que nos alcanzan mientras respiramos.
Alcoholes
Presumo que en el cielo los Bienaventurados opinan que las ventajas de este establecimiento han sido exageradas por los teólogos que nunca estuvieron ahí. Jorge Luis Borges, “El duelo”
NO SABER YA A QUÉ SANTO ENCOMENDARSE. Ésta fue una queja frecuente entre las personas que no creen en los santos y son incapaces de concebir por sí mismas un voto cualquiera de santidad. Yo les aconsejaría san Expedito, que tiene la ventaja sobre los demás santos de no haber existido nunca. Este presunto mártir, de historia desconocida, fue inventado, me parece, durante los últimos veinte años del siglo pasado. Se acudía a él cuando los negocios no iban bien, en busca de una solución rápida. […] Una imagen piadosa que se vendía en una tienda de artículos religiosos, en las inmediaciones de Bon Marché, le representaba blandiendo una espada, en cuya hoja estaba escrita la palabra HODIE, hoy, y pisando un negro cuervo que exhalaba en una filacteria el odioso adverbio CRAS, que quiere decir mañana. Por tanto, si uno tenía un plazo que vencía hoy, san Expedito te sacaba inmediatamente del apuro. Del mismo modo, si el tren llevaba retraso y uno necesitaba llegar ese mismo día, bastaba con invocar a san Expedito y podía estar seguro de ver entrar el tren en la estación a las doce menos cinco. Si una faena cualquiera amenazaba con no dar frutos después de ponerse el Sol, san Expedito intervenía inmediatamente. Y así con todas las cosas, incluso las más insignificantes. Un puñetazo en plena cara o una patada en el trasero llegaban con la misma prontitud que una carta certificada o una esposa perdida, y el siniestro cuervo expiraba graznando. […] Es muy lamentable que las autoridades eclesiásticas hayan condenado esta devoción tan conforme con la inteligencia y la talla de nuestros burgueses. Léon Bloy, Exégesis de los lugares comunes
Para escuchar Vita, de Lucio Dalla:









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