Antonio Bello Quiroz
¿Por qué no simplemente hay más bien nada? Leibniz
Hace algunos días, y por enésima ocasión, se ha dejado escuchar el rumor (no puede ser nunca más que un simple y vil rumor, no porque no pueda ocurrir sino por lo improbable de su predicción) del fin del mundo. Hace no mucho, y según las profecías mayas, se esperaba el fin de los tiempos el 21 de diciembre de 2012, día en que concluía el Calendario Maya. La fecha pasó y nada ocurrió. Hace pocos días la misma idea del fin de los tiempos empezó a circular a partir de la “luna roja” o “luna de sangre” como presagio del choque de un asteroide con la tierra. Y así podemos remontarnos a muchos diversos momentos en que se sueltan los demonios fascinados con el ocaso de los tiempos; con voz al cuello, o en lo bajito, en el púlpito o la plaza pública, lo dicen muchas veces mostrando el éxtasis propio del testigo de lo inédito.
Conocemos las exclamaciones milenaristas sobre el fin del mundo: así ocurrió con los temores al advenimiento del Apocalipsis ante la aproximación del Año Mil; lo mismo ocurrió en el 2000, donde no sólo se habló del fin del mundo sino que éste vendría precedido por una especie de locura cibernética; se esperaba con actitud paranoide la llegada de la absoluta oscuridad.
¿Señales de qué son estos temores generalizados? ¿Qué revelan o qué ocultan, para cada sujeto y para la humanidad? ¿Pesadilla de qué son estas predicciones del fin de los tiempos? Desde luego podemos de inmediato intelegir que en esos temores se juega la ilusión de que el tiempo de cada uno es el tiempo final, es decir, nos habla de lo insoportable que es la paradoja de la certeza y la incertidumbre que implica nuestra condición mortal. Saberse mortal impone un cansancio existencial; la reacción ante la certeza de la finitud es un acuerdo con la temporalidad que nos libre de la angustia que implica la incertidumbre. Tomar conciencia no puede ser de otra cosa que tener conciencia de muerte, de terminalidad, y cuando lo hacemos no podemos sino ubicarnos a la mitad de la historia, y así se despierta nuestra “naturaleza” de explicación, de causalidad, sobre el fin de nuestros días, o de los tiempos. Desde luego que ante estas cuestiones no podemos sino percibir el desencadenamiento de cierta nostalgia del Absoluto, del artificio de un primer creador que, por ende, tenga la respuesta sobre la finitud. Resulta insoportable ser, como quisiera Nietzsche, humano, demasiado humano.
Georges Bataille, en El erotismo, nos hace ver que somos seres discontinuos y, como todos los seres vivos, en permanente cambio, pero en el caso de los humanos, nos encontramos atravesados por la astilla del tiempo, determinados, sujetados por el lenguaje, por lo que nos convertimos sí en seres discontinuos pero con anhelo de continuidad. Sin embargo, es necesario señalar que no puede haber anhelo de continuidad sin vivir bajo permanente amenaza.
En todos los tiempos, la soberbia humana, la franca locura que encierra toda soberbia, ha propiciado que personas o grupos de personas, se sientan con la autoridad, humana o divina, para determinar según sus criterios el fin de los tiempos. Lo mismo en sacrificios rituales que en “locuras controladas”, como la vivida en la Shoah nazi que declaró a los judíos, y a los diferentes a la raza aria, culpables de existir. Les declararon su “fin de su tiempo”.
A nivel de la intuición podemos conjeturar que si la gramática de la realidad se construye en tres tiempos, es el futuro el que más ha inquietado a la humanidad. Eso llevó, en los albores de la humanidad, a la fabricación de herramientas y, esencialmente, al almacenamiento de alimentos, lo que apunta a un más allá de la inmediatez. El tiempo futuro, en fin, resulta el tiempo propio de lo humano. Un signo de humanización es justamente la idea de trascendencia que denotan las inscripciones encontradas en los primeros entierros. Este recurso al futuro ha sido esencial para conservar la condición humana (es decir, el lenguaje) ante lo inconmensurable de la muerte. Podemos acotar aquí, entonces, que lo que sostiene la idea del fin de los tiempos no puede ser otra cosa que el temor a la muerte.
El excesivo temor al futuro, al fin de los tiempos (que no otra cosa puede habitar el futuro), sólo puede ser arco reflejo de una esperanza igualmente excesiva que, por otro lado, no se puede declarar abiertamente porque nadie, persona o pueblo, sin verse como un farsante, se siente con la calidad moral de poder expresarla.
La esperanza, señala George Steiner en su Gramáticas de la creación, es una de las supremas ficciones, lo mismo que el temor (la otra, la mayor, es la ficción de la muerte) se trata de una inferencia trascendental. En ese sentido, la esperanza es una invocación, se trata sin duda de un acto del habla, una forma de comunicación, interior o exterior, que presupone un interlocutor, incluso uno mismo. La esperanza apela a otro que le sostenga, aunque sea en una ilusión, lo que se espera es no reconocerse en el soliloquio propio del existir… en el futuro: el temor es a la soledad por venir. Así, la esperanza resulta apelar a que los tiempos no sólo continúen sino que sean promisorios; la esperanza se convierte en motor de la acción social: la esperanza se transforma en esperanzadora.
El hombre, ontogenéticamente, ha estado siempre afectado por el tiempo; quizá sea su concepción del pasar del tiempo lo primero que devino como producto del lenguaje, si es que tomamos a éste como el origen de la conciencia humana, quizá fue la alternancia entre día-noche la primera dualidad y génesis del lenguaje, lo que determinó la ambigüedad entre vida-muerte, estar-no estar, como células mínimas y arqueológicamente primeras, donde podemos ubicar la génesis del temor al fin de los tiempos.
Quizá porque la despedida siempre mira hacia atrás.








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