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La Pasión de Cristo: la gran hazaña del cristianismo

· marzo 31, 2015

KAOS /

Antonio Bello Quiroz

 

Cristo crucificado es el más sublime de todos los

símbolos — incluso ahora… Nietzsche

 

Año con año la representación de la Pasión de Cristo mueve y conmueve, pone en evidencia el dolor, la crueldad, la ira, la piedad. Actos que en otras circunstancias serían considerados como inconcebibles, en la llamada Semana Santa o Semana Mayor son no solamente permitidos sino tolerados e incluso elogiados. Flagelaciones, torturas, laceraciones se muestran sin pudor exaltando los ánimos.

¿Qué es lo que motoriza a las pasiones en los ritos cristianos de la Semana Santa? Sigmund Freud, el viejo maestro vienés inventor del psicoanálisis, en un texto que titula El porvenir de una ilusión, considera a la religión justamente como el núcleo de la ilusión. Se trata de una ilusión gloriosa, proclive a la exaltación y a la transfiguración de la realidad.

Freud se pregunta insistentemente sobre la psicogénesis de la religión, esto lo lleva a poner toda su atención en la cuestión del Padre como aquel que ocupa la posición de todopoderoso y fuente de protección contra el desvalidamiento humano.

La explicación del psicoanalista es simple: al enfrentar a las fuerzas naturales, el ser humano se confronta con su impotencia y su respuesta es buscar humanizarlas, controlarlas, someterlas; sin embargo, ante su fracaso se ve llevado a crear a un padre (una fuerza superior a él) que manda sobre la naturaleza, que ordena y determina todo. Así, se invierte la narrativa que plantean los discursos teológicos o religiosos: para Freud, Dios pasa de ser el creador del hombre, a ser su creación; para el psicoanálisis, Dios es creación del hombre, esperanza infantil que se renueva cada vez que se le revela su impotencia. El argumento es simple, y la evidencia religiosa lo puede constatar una y otra vez: es el hombre, en su impotencia, quien crea a los dioses, que a su vez le ofrecen consuelo y producen temor haciendo reaparecer la relación ambivalente que alguna vez, en la infancia, se tuvieron con respecto al padre.

Es este desvalidamiento imposible de salvar el que sostiene el rito de renovación que se repite año con año en la Semana Mayor.

Un punto sobresale en el rito de la representación de la Pasión de Cristo (lo que el filósofo alemán G. F. Hegel llama “Comedia de Cristo”): se muestra el sufrimiento de la carne sin velamientos, se impone sobre el sufrimiento o pasión del alma. Precisamente la palabra Pasión, en su etimología nos refiere al latín Passio, y éste a su vez del verbo Patio, Pati (padecer, sufrir, tolerar).

En la representación de la Pasión, el cuerpo es el personaje: es en el cuerpo, en lo crudo del cuerpo, en la carne, donde se produce el sufrimiento; es sobre el cuerpo donde recaen los padecimientos, los suplicios: el cuerpo es el culpable.

El sufrimiento del cuerpo aterra al espectador y a la vez lo fascina. El Cristo (quien lo representa) está ahí para padecer por los “pecados” de cada uno de los espectadores. Horroriza porque pone en la escena aquello de lo que no querríamos saber demasiado. Los espectadores son convocados a presenciar un cuerpo en su dolor, sus padecimientos, sus flaquezas, sus desgarros y por último… su muerte. Todo este dolor sólo es soportable porque es el paso a lo que vendrá más tarde y que hace de piedra angular del cristianismo, el júbilo (goce) de la resurrección.

En la representación de la Pasión, insisto, hay un pecador (cada espectador) que se conmueve porque hay alguien que da su vida para “lavar sus pecados”. Lo libra así, con su acto, con la crucifixión, de la muerte.

De todas las fuerzas de la naturaleza es la muerte lo que más confunde al hombre, ante lo que se muestra su mayor impotencia y desvalidamiento; la muerte, su condición mortal, lo asusta e intenta vivir como si no existiera.

La Pasión cautiva la mirada del espectador-pecador en tanto que nos remite a ese real de la muerte, a su espanto, su soledad y su absoluto desamparo. Se trata, en la representación, de poner en la mirada del espectador-pecador el horror del suplicio del cuerpo con la “salvación” de la muerte que ahí se juega como promesa sostenida en la resurrección.

Es en la resurrección, piedra angular del cristianismo, donde radica, según enseña Colette Soler, la hazaña del cristianismo con respecto al vínculo del judaísmo con el padre. Escribe esta psicoanalista en su libro La maldición del sexo: “Verdaderamente es ésa la hazaña del cristianismo, haber hecho pasar al Otro vengativo por Otro del amor. Eso es el cristianismo, que el Otro que castiga a muerte —y peso las palabras, Dios castiga a muerte— se encarna en la figura de Cristo; el cristianismo ha logrado hacer creer que ese Otro que castiga a muerte es un Otro de justicia y amor…” Se trata, como pudimos ver con Freud, de una ilusión.

¿Cómo una sociedad (pienso ahora en algunas expresiones de la Pasión de Cristo en Filipinas o Taxco, en Guerrero) tolera tales muestras de crueldad? Lo permite porque envuelve este acto tortuoso en el manto de la religión.

La religión es aquello que sustrae cosas, lugares, animales o personas del uso común y las transfiere a una esfera separada. Las lleva a la esfera de lo sagrado. Pero no hay, a decir del filósofo italiano Giorgio Agamben, separación sin sacrificio. Señala en su libro Profanaciones: “lo que ha sido ritualmente separado, puede ser restituido por el reto a la esfera profana”.

Eso ocurre en la representación de la Pasión de Cristo: lo sagrado es restituido por el rito a lo profano, y así los espectadores-pecadores, mediante la crucifixión, se sienten aliviados de su condena: la muerte.

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