Rosa Caridad Ayala
Cuando era más pequeña escribía por diversión, cada pensamiento e idea que tenía eran fácilmente volcados en una hoja de papel, o en una libreta, no sólo como historias. Algunas veces, cuando la idea era más —o puede que menos— compleja, la plasmaba como dibujo. Igual que cuando abres un grifo y corre el agua sin esfuerzo aparente, mi imaginación volaba y llegaba hasta donde quisiera. Me imagino que este hecho no es aislado, que todos nosotros vivimos esta desbordante creatividad cuando éramos niños.
Al abrir un libro se detenía mi mundo para entrar en otros, siempre disponibles para mi propia degustación. Me imagino que por eso estos dos placeres de la vida (leer y escribir) van tan bien de la mano.
Tenía quince años cuando dejé de escribir. No recuerdo por qué. Quizá haya sido por la colectividad, las cosas cotidianas que te atrapan en una rutina que, mientras más se pueda jactar de normal, más te da una sensación de tranquilidad, de que todo está yendo “como tiene que ir”.
Cada vez que leía algo me metía tan profundamente que lloraba y reía con pasión; hacía de los personajes mi familia y amigos, me identificaba a un nivel tan alto y personal que prefería pasar tiempo con ellos que con las personas con las que convivía. Al terminar, cada libro me dejaba con un pequeño vacío y una sensación de éxtasis por haber experimentado un escape satisfactorio de la realidad. En esos momentos me preguntaba si algún día podría dejar algo así al mundo, y luego deseaba hacerlo con fervor.
Sin embargo, por más que leo no tengo buena ortografía, ni siquiera dicción. A veces batallo para acordarme si el “porque” dentro de una pregunta va junto o separado, o si es “echo” o “hecho”, o cómo poner diálogos dentro de un cuento (¿se verán mejor con guiones o separados por renglones?). También me cuesta mucho saber en qué tiempo se escribe: si es en pasado suena aburrido, y si todos los verbos terminan con “aba” el escrito se vuelve totalmente tedioso. Son estas nimiedades las que hacen que relea mis textos y piense que no son lo suficientemente buenos; y a la vez no creo nunca inspirarme viendo una página en blanco y pensando: “Este cuento estará en presente”.
Y en estos momentos no recuerdo la manera en la que lo hacen mis autores favoritos. Me acuerdo de lo que Salinger o Murakami me han hecho (ahí va de nuevo la palabra) sentir. Termino uno de sus cuentos y pienso: “¡Es un genio!” Recuerdo el todo de la historia, pero no esos pequeños detalles que la formaron con tal exactitud que parece una pieza frágil y perfecta de relojería suiza, y en los detalles se encuentra el demonio.
No sé cuál es la manera correcta o interesante de contar una historia. Igual y esa sabiduría se les da a unos cuantos pocos afortunados y no es accesible para simples mortales.
¿Qué es lo que hace que alguien quiera ser escritor? ¿El compartir una parte de tu existencia al mundo y saber que miles de personas se identifican contigo?, ¿el poseer la sabiduría para contar una historia común y corriente de una manera fantástica?, ¿o una creatividad apabullante que te transporta a otros universos? Si cada uno de nosotros tiene tantas cosas interesantes que contar, ¿qué es lo que hace que unas historias sean más especiales que otras? ¿Es la manera de plasmarlas? No tengo idea.
Y hablando de plasmar, de por sí tengo problemas con la comunicación oral. Hay veces que entiendo lo que quiero entender y hay veces que no doy a entender lo que quiero decir a las demás personas. Y repito: no creo que esto sea algo sólo mío, me imagino que la mayoría lucha con este reto. Se me hace gracioso, pues todos compartimos un lenguaje, sabemos qué significa x palabra, podemos rastrear la raíz etimológica y, sin embargo, para todos nosotros el significado puede ser totalmente diferente; y eso es hablando de sólo una palabra. Cuando tienes que hacer una oración completa uniendo verbos, sustantivos y pronombres, cada mente va haciendo conexiones diferentes que pasan por una serie de memorias y experiencias que, por supuesto, en cada ser son diferentes.
Supongo que ahí se encuentra mi problema: en que cada vez mi creatividad se vuelve más “lenta” y que no sé cómo decir lo que quiero decir.
Ese océano que es la página en blanco, así sea de una libreta o dentro de una computadora, es a la vez un pensamiento polarizado, puede ser una oportunidad para cualquiera de empezar una obra de arte, como las olas calmas que nos arrullan en el mar, o puede que sea un abismo de frustración, como una tormenta que confunde todo.
Extraño la época en que esto no existía en mi cabeza, en el que me abalanzaba con una pluma y escribía para mí, por el gusto de hacerlo, cuando no me preguntaba si a alguien le gustaría o no.
En el momento en el que se te hace más fácil escribir ensayos académicos que literarios, es cuando te das cuenta de lo alejado que estás del mundo de la escritura creativa.
Me da risa pensar que estas hojas me han dado más ansiedad que un trabajo de investigación. Igual y lo que necesitas para ser un gran escritor es perderle el miedo a esa inmensidad que significa la página en blanco.









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