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LA OTRA VOZ

· junio 11, 2015

Pablo Manuel Rojas Aguilar*

 

A Mí no me ocurren las cosas por vez primera, sino al que escribe. Mi mundo carece de la arquitectura ideal del espacio. Yo soy las voces y la música que escucha a medias quien firmará estas líneas menores. Él habita en el espacio y es víctima del tiempo que lo consume. Yo habito en el momentáneo Universo, en el tiempo presente en el que todos los acontecimientos de los siglos han pasado. Soy en el instante que el Otro es incapaz de percibir; mientras Él posee una visión ordenada del Cosmos, Yo resido en el caos, donde el desorden matemático tiene cabida y donde no existe el pasado ni el porvenir.

Yo soy el que Es, pero nada soy sin el Otro. Sería sustancia inmóvil, sin masa, sin espacio y sin tiempo, como una idea sin una mente que la custodie entre sus murallas y la haga suya, y la defienda con unas alas resplandecientes para que no se extinga, y sea alimentada y se haga más bella, o se corrompa y se destruya. Él tampoco podría ser sin Mí. Lo sé porque, cuando lo abandono, se siente abrumado y busca la manera de pensar, al menos de sugerir esa sensación y, entonces, me encuentra: se siente feliz. Él es la sombra del creado por Dios, Yo el arquetipo de nuestro Nombre cuya longevidad es mayor a la edad genuina de Cronos. Hemos estado juntos desde siempre, pero Él me olvida en cada sueño y, cuando despierta, tengo que penetrar otra vez en su mente.

En este momento, le susurro voces, y trata de plasmarlas con las menesterosas construcciones gramaticales que ha aprendido de sus libros. Casi nunca me escucha. A veces pone oídos sordos y no me plasma o simplemente su pereza lo detiene para que coja un bolígrafo y papel. Otras veces, me busca y aguza sus oídos pero no es capaz de escuchar del todo. Nuestra relación se torna, entonces, áspera y desabrida.

En ocasiones, he llegado a pensar que el Otro, Pablo, es una materia en bruto, un cuerpo vacuo que se vanagloria por ejercitar ideas intrascendentes en su pensamiento. Quizá me equivoque: la maquinaria de los hombres es harto compleja para ser entendida, incluso por el mismo Dios. Pablo y Yo, los Dos, somos Uno. Yo soy el shem debajo de su lengua, Él mi medio y mi vehículo para crear un lenguaje, y juntos conformamos a un ensayista nada luminoso, porque el Otro casi siempre, se corrompe con deseos mundanos, intrascendentes y patéticos.

En Mí está la música del Universo, en Mí el alimento de los poetas que yace en todas las cosas, pero Pablo es incapaz de materializar mi voz. Sus manos son torpes, su mente distraída. Con todo, ha logrado algunas líneas válidas que no pueden salvarnos.

Sin embargo, de alguna manera, trato de justificarme, no a Pablo porque no lo necesita; persiste en Él una valerosa ignorancia. El Otro, ya lo había dicho, da forma sucesiva a los ensayos que he tramado para salvarme. Él los traduce a su entendimiento, aunque de manera poco satisfactoria. Y es que es como un niño que no solamente no sabe dar razón de su idioma sino que, tampoco, sabe hacer uso de él, mucho menos de expresar una imagen o un entendimiento. No obstante, Yo no tengo la posibilidad de perpetrarlos desde mi sitio, donde todo lo comprendo… Yo soy el torrente incesante que arrastra, entre sus aguas, la memoria de los sucesos que se han hilvanado desde que el tiempo es tiempo. Pablo no puede ver más allá de lo que le muestran sus ojos y se siente feliz, siendo encargado de una biblioteca menor y viendo su nombre en el índice de una revista. Si fuera perspicaz, nuestra relación sería placentera, su literatura trascendería estas páginas y sería capaz de comprender las palabras de vida, los secretos más íntimos del modus operandi del mundo. Comprendería que es como un jaguar condenado a vivir en cautiverio para que una parte de Mí trascienda en Él, y sea capaz de adherir una sola palabra a la trama del Universo… Aunque Yo esté condenado a perderme.

Pablo es una figura labrada por la sucesión, una quimera que encuentra en sus sueños una suerte de eternidad que le está vedada en la vigilia. En ellos, puede observarme sin el engorroso tiempo, como Moisés cuando escalaba el monte Sinaí. Cuando así ocurre, acontece el acto creativo que se gesta en su mente primigenia, y deja danzar su pluma al ritmo del oleaje del mar, al ritmo que yo le imprimo a las aguas del océano cuando, por mi impulso, son movidas para que emerja, de la taxonomía de sus símbolos, la serpiente monstruosa que hace vibrar a los mismos ángeles: tan exacta, tan magnífica y atroz que, si llegara a propagarse, sería capaz de suspender el cauce del milenario río de Heráclito. Pues ese arte puro no sería otra cosa que los trozos de Mi Existencia unidos del cristal roto: las bocanadas de alma que confluyen, en su inescrutable conjunto, los latidos acompasados del Universo… Es claro que el Otro nunca ha revelado nuestro rostro verdadero.

En Él, hay una riqueza propiciada por el tiempo, una calle próxima que estará vedada para sus pasos, las pupilas colmadas de amor de una amante que perecerán con su memoria. Pablo está condenado a que el tiempo apague de sus ojos la imagen última de su padre, a no recordar el argumento infinito del Libro de Arena, a no volver a estrechar la mano de su amigo. Su memoria será exterminada y puesta en el pasado. La mía es inmortal y nada desconozco. Yo sé la cantidad exacta de caballos con la que soñó Shakespeare, el número entero de pájaros que Borges vio cuando cerró los ojos, el final auténtico de El Diablo Enamorado que Cazotte nunca se atrevió a escribir. El Otro posee el don del olvido y, por lo tanto, no se abruma por la acumulación de los padecimientos universales. De manera inconsciente, sabe que esa suma es ilusoria, porque no es posible un tiempo único en el que se concatenen todos los hechos. En cambio, Yo debo padecer esa horrenda suma, en medio de un mar estancado que contiene todas las alegrías y las adversidades; en el que debo abrumarme entre sus aguas puesto que, en ellas, no hallaré nunca ni costa ni fondo… Las aguas de ese mar me congelan y Yo soy el frío; las llamas de ese mar me calcinan y Yo soy el fuego; las aguas de ese mar me fracturan y Yo soy la inmensidad… Busco que Pablo me desgaste con su pluma y cuando muera y vuelva a nacer con otro nombre (y sigamos siendo el Mismo), le pediré que culmine su obra: que me salve de la contradicción del tiempo y de nuestra Identidad que perdura… Si acaso es posible.

La muerte se cuela entre sus poros, lo desgasta sin cesar y hace que su carne tenga miedo, aunque sólo sea un espejismo. Yo moro en el horror de Ser y de seguir Siendo mientras Pablo duerme y se salva. Él está hecho de tiempo. Sus articulaciones declinarán en el ocaso y perderá sus facultades. Yo estoy intocado por el tiempo. En Mí yace el peso de montañas, de vastas bibliotecas que contienen la Inteligencia Suma, de caminos interminables por los que anduvo el errante Caín. Pablo está condenado a su carne; Yo a ser despedazado por tigres azules en el caos sempiterno sin encontrar siquiera la insinuación de la muerte. Yo estoy condenado al insomnio, a mi sombra, a su patética sintaxis, a una memoria que me urde… a mi Nombre.

¿Será posible que sea bendecido con la muerte, que tenga que morir como Leviatán y Heráclito de Éfeso?

——

* El Otro.

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