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La otra llamada*

· marzo 19, 2015

Ivonne Vira

 

(Relato del libro ganador del Premio René Avilés Fabila convocado por Fomento Editorial de la BUAP)

 

Estuve a punto de colgar. Lo último que una se imagina es que al llamar a una librería, una pueda toparse con alguno de sus peores demonios.

Las manos comenzaron a sudarme. Todo mi cuerpo se crispó en cuanto escuché su voz. Una sabe que debe responder de alguna forma, pero ¿paralizarse? ¿Eso cuenta como una reacción?

Cuando la dependienta me reveló su nombre entré en pánico. Me dije: ¡Nooo! Ya no necesito el libro, ya no lo quiero. Horror, verdadero horror. Era demasiada coincidencia. Primero el nombre, y luego la voz. Yo podría jurar que era ella. Esa voz amable, cálida y suave; tan parecida, entonces la locura se apoderó de mí. Pude haber colgado, pero no lo hice. Sí, tenía miedo. Una vez que una decide cruzar la línea debe aceptar las consecuencias, y por supuesto yo tenía curiosidad. Por eso no colgué, aunque tuvo que repetirme la pregunta. ¿De dónde demonios me salió la voz tan natural, de: “aquí no pasa nada”? No lo sé. Me limité a preguntar por el libro y apartarlo. La dependienta me dijo que podía pasar por él en cualquier momento, pero que sólo podía apartarlo por 72 horas. No sé por qué, pero le pregunté si ella iba a estar ahí. Su voz no cambió ni un segundo, y me dijo que estaría hasta la hora de cierre. ¿De dónde salió esa pregunta? ¿Por qué la voz de la dependienta no cambio?

Después de colgar otra vez el pánico. Los temblores y la boca seca hicieron de mi cuerpo su residencia. Pensé en una serie de escenarios. Primero me vi entrando a la librería siendo atacada en cuanto la dependienta me veía y reconocía mi rostro. En otra, ella me miraba con tanto odio que me aventaba el libro, exigía desesperada que me sacaran del lugar. Después llegaron imágenes más violentas, miradas de reprobación, gritos, insultos, un ¡maldita! y un ¿cómo pudiste? Tuve miedo, los escenarios iban de mal en peor, pero no podía darme por vencida, tenía que comprobar si mis suposiciones eran las correctas.

Llamé a un amigo, le pedí que me acompañara. A él no tuve que explicarle nada, todo para él parecía ser normal. Sólo íbamos por un libro y más tarde por un café. Estuve a punto de pedirle que bajara por el libro, me iba a sacar un pretexto: un malestar repentino, pero no pude. Lo dejé esperando en el auto, después de todo ya había apartado el libro y no me iba a tardar nada. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Pude haberle contado toda la truculenta historia y mi insaciable curiosidad, pero tampoco lo hice. Me parecía algo ridículo. Bajar del auto no fue lo más difícil, eso vino después de dar el primer paso y el segundo; cruzar el estacionamiento; subir las escaleras y detenerme al llegar a la entrada; jalar aire y encarar ¿al destino? No, yo iba en la búsqueda de un enfrentamiento. Quería dejar todo claro, deshacer los nudos y señalar que era tan culpable como víctima, pero una vez que pisé la arena, nada se aclaró. La dependienta, a quien yo creía mi adversaria, en realidad era todo lo que no había pensado: una desconocida. ¡una desconocida!

Me sentí mal. Compré el libro y la otra me sonrío, me trató como la mejor y única cliente del mundo. La odié. Por eso no soporté el aire del lugar; hasta la fecha no me atrevo a regresar.

Ya en el auto mi humor no mejoró. Pobre de mi amigo, tuvo que aguantarse mi mala cara y mis tonterías. Estuve a punto de contarle, de pedirle una disculpa, pero mandé todo al diablo. Ni una disculpa iba a calmar mi ira. Nada podría mejorar las cosas, excepto que la dependienta, con todo y su voz y su nombre parecido, se transformara en ella y entonces este círculo lleno de defectos, por fin, alcanzara la perfección. Pero no era ella, y mi nombre y el suyo seguirían rodeados por los rumores, los reclamos, y yo me empeñaría en encontrarla, porque mi curiosidad me mueve, me dice que necesitamos vernos y señalarnos nuestras faltas. Necesito aclarar la confusión en la que nos sumergimos, y devolvernos la calma.

 

——

* Agradecemos a la Dra. Ana María Huerta Jaramillo, directora de Fomento Editorial de la BUAP, la autorización para reproducir el presente texto, tomado del libro Usted quería saber.

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