Antonio Bello Quiroz
La infancia es una cuestión oscura por excelencia. No hay forma de retornar a ella sino por el recuerdo, siempre distorsionado, siempre ficcionado y encubridor. Freud tiene el mérito de haberse interesado por la infancia, sin embargo, al mismo tiempo, nos ha exiliado de la idea de una infancia inocente.
El concepto de infancia llega tarde a las reflexiones académicas, científicas y sociales. La historia de la humanidad se ocupó tarde de los niños y la infancia. Durante siglos el niño no fue reconocido como tal, era visto como un adulto sin la cualidad de un adulto y por tanto expuesto a todo tipo de vejaciones, rechazos y desconocimientos. En la antigüedad el mayor maltrato para un niño que hoy conocemos, el infanticidio, era recurrente. La muerte violenta, el abandono, los golpes y el abuso sexual eran pan de todos los días en las sociedades medievales, por ejemplo.
Hablar de la infancia es en realidad una aventura a lo oscuro de la historia. De eso no se hablaba, no hay registros en los archivos dado que a nadie le importaba la infancia. En la antigüedad el niño sólo adquiere valor por cuestiones legales, herencia o linaje; fuera de ahí, todo lo concerniente a la niñez es oscuro. Algo se sabe pese a todo: el infanticidio era algo común, ya sea de manera involuntaria dado el nulo cuidado que se tenía de la infancia o de manera deliberada. Lo más frecuente que se puede saber es que a los padres se les olvidaba darles de comer, o en un descuido se asfixiaban al dormir o bien en accidentes trabajando con los padres. No había condena, quizá sólo de la Iglesia. Se trataba más de un pecado que de un delito.
También el abandono era frecuente, la trata de niños era algo común, de diversas maneras: como esclavos, dados en “adopción” a familias que habían perdido un hijo, mandados a los monasterios, hacerlos sirvientes, etc. Esto ocurría sobre todo en aquellos que eran hijos de prostitutas o madres solteras, los que quedaban huérfanos (cosa harto común por las constantes guerras), los que cursaban con alguna deficiencia, física o mental o los llamados monstruos o engendros, es decir, los que tenían alguna deformidad.
Podríamos quedarnos con la explicación bastante lógica de que, dada la alta tasa de mortalidad infantil, se evitaba crear lazos afectivos entre los padres y los hijos y así evitar el sufrimiento. Incluso este rechazo al afecto cobró nombre como un “tabú del afecto”. Otra forma de “defensa” ante la inminencia de la pérdida infantil era el poner el mismo nombre a varios hijos; así la pérdida de alguno no era registrada dado que quedaban otros iguales. Sin embargo, en realidad lo que se evitaba con este discurso de la época es que los niños tuvieran una individualidad y un reconocimiento como niño propiamente dicho. Cuando eran reconocidos, en todo caso, lo eran como adultos pequeños, no como niños. Philppe Ariès es claro al señalar que sólo hasta el siglo XVII aparece la infancia representada en la pintura: “el arte medieval no conocía la infancia o no trataba de representársela; nos cuesta creer que esta ausencia se debiera a la torpeza o a la incapacidad. Cabe más bien pensar que en la sociedad no había espacio para la infancia”.
La Iglesia, hay que reconocerlo, es la primera que le otorga reconocimiento al niño como tal durante el Renacimiento. Preconizó la imagen Madre-Hijo a partir de representar el nacimiento de Cristo.
La historia del reconocimiento del niño como niño ha sido larga y oscura. Bien podríamos decir aquí que la historia de la infancia y del niño en particular ha sido tortuosa: se trata de la historia del niño como síntoma de la estructura familiar. El síntoma visto desde el psicoanálisis es lo que incomoda, y el niño desde siempre ha sido algo que incomoda a las sociedades. Sin embargo, escribe Lacan en Dos notas sobre el niño: “El síntoma, y éste es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define como representante de la verdad […] el síntoma puede representar la verdad de la pareja familiar.”
Durante el siglo XIX algo de la historia de la infancia cambió. Varios factores propiciaron que el niño empezara a tener un reconocimiento mucho más significativo que el que había tenido en los siglos anteriores. Incluso a partir de este momento el niño y la infancia fueron adquiriendo un estatus de privilegio. La revolución industrial, y su creciente demanda de mano de obra que le permitiera mantener el ritmo frenético de producción, con su febril comercio, requirió que niños y jóvenes se incorporaran al mercado laboral y de producción. Como esta nueva mano de obra no bastó, pronto fueron incorporadas las mujeres, y eso es otra historia.
Un cambio más se introdujo en la consideración social de la niñez. La pedagogía infantil adquiere importancia dando lugar a una institución que hasta entonces sólo había sido considerada para ciertas clases económicas, y sólo accesible en la edad adulta. Me refiero al surgimiento de la escuela. Después de la segunda mitad del siglo XIX la escuela toma relevancia y la pedagogía deja de ser una cuestión elitista para convertirse en una forma de preparar nuevos cuadros técnicos y también en una forma de transmisión de la moral de una nación. La atención educativa a la infancia cobró interés en tanto que las naciones fundaron ahí las expectativas de su futuro político, cultural y económico esencialmente.
Si algo que impedía la construcción de lazos afectivos entre padres e hijos fue la alta tasa de mortalidad infantil; el desarrollo de la medicina, especialmente en lo que se refiere a la obstetricia que generaban tanta muerte en el parto, así como la medicina infantil y el combate a las enfermedades infecto-contagiosas, propició que la vida de los niños se tuviera como algo más seguro. De esta manera, la niñez se empezaba a nombrar, se reconocía por fin como algo diferente de la vida adulta. En el siglo XIX parecía que se superaban todas las trabas que habían impedido la convivencia con la infancia y todo sería venturoso, por fin parecía que el niño dejaría de ser un síntoma, algo que incomodaba a la estructura familiar y a la sociedad toda. Algunos factores fueron paulatinamente destacados de la niñez: la educación idealizada de Rousseau; el desamparo y explotación de la infancia de Dickens; la capacidad de la fantasía y el juego sexual-inocente de Lewis Carrol y sin duda la infancia sexualizada de Freud, permiten nuevas lecturas y acercamientos a la niñez.
Ahora vivimos una especie de infantilización de la sociedad. La infancia no sólo se ha entronizado sino que se vuelve modelo a seguir. Paradójicamente, y aun cuando a partir de la Declaración de los derechos del niño, aprobada en 1959, que les garantiza y protege en todo, la infancia vive un retroceso similar al vivido en el siglo XVIII, abandonada, olvidada, expuesta al mejor postor. Sin escuela y sin trabajo, la infancia ve cancelado todo futuro para ellos, la infancia y la juventud no tienen un panorama oscuro.








No Comments