Fabiola Morales Gasca
En agosto del 2019 se publicó en “Tinta Insomne” un artículo que escribí a raíz de una amarga experiencia personal. Como muchas mujeres de este país he pasado por el agrio trago de salir a la calle y experimentar el terror de que desconocidos sigan mi camino. La hora, la vestimenta o el lugar no importan mucho. Puede ser de día, con falda larga o pantalón y en un lugar hasta visible. El secuestro y la violencia impune hacia las mujeres van en aumento en este país.
Recuerdo que en esa ocasión el artículo recalcó la importancia de la unión entre las mujeres, el valor, el no dejamos intimidar y organizarnos en marchas, campañas, ayuda mutua, compañía a casa después de la jornada laboral o escolar. Añadí que por desgracia no sabemos quién se presentará ante nosotras a robarnos la tranquilidad, la seguridad o, peor aún, la propia vida. Señalé que el temor que habita en mayoría de las mujeres, sobre todo entre las más jóvenes, sólo se ve acompañado por las oraciones y las velas encendidas de las madres que esperan a sus hijas en casa. La mayoría de las veces delegamos nuestra seguridad a la fe, a los santos o a la buena suerte. Las madres, amorosamente, esperan que sus oraciones, leve susurro espiritual que resguarda del mal, sean suficientes escudos de protección para sus hijos, y sobre todo sus hijas, en uno de los países con más violencia.
Por desgracia, no hay Estado, ley o policía cuando desaparece una estudiante, afanadora, maestra, enfermera, madre u obrera. Por infortunio, la mayoría de las ocasiones, los policías sólo aparecen cuando localizan los cuerpos ya inertes. No hay una sola mujer en este país que pueda decir que no ha sentido nunca miedo caminando sola rumbo a casa. Para nadie es un secreto que en toda nuestra república hay madres que conservan las fotos de sus hijas muertas, recorriendo con ellas rutas interminables para encontrarlas. Padres que buscan, madres que lloran por el cuerpo de sus hijas adolecentes. Estudiantes que caminan inseguras por las calles aún a plena luz del día, con temor de que un auto con varios hombres se les acerque y sean secuestradas. Es la realidad atroz de nuestro México con más de diez mujeres muertas cada día.
La situación no ha cambiado mucho, a pesar de tener otros gobernantes en nuestro país. Para las madres con hijas desaparecidas hay un largo calvario. Se pueden poner algunos ejemplos de madres que han vivido en el infierno por la muerte de sus adolescentes: Araceli Osorio (Ciudad de México y madre de Lesvy Berlín Rivera), Diana Elisa Ortiz (madre de Ana Karen Félix Ortiz, de Torreón, Coahuila), Lorena Gutiérrez (madre de Fátima Varinia Quintana, del Estado de México) y Marisela Escobedo, de Chihuahua y madre de Rubí Marisol Frayre Escobedo, uno de los casos más sonados en su momento y que en días pasados Netflix revivió al presentar el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo.
El documental muestra parte de la vida familiar y cómo esta se ve interrumpida en el año 2008, cuando su hija Rubí es asesinada por su pareja, Sergio Rafael Barraza. Este hecho, que estremeció a Ciudad Juárez, dio inicio a la lucha de Marisela Escobedo por buscar justicia ante la impunidad de las autoridades. Por desgracia o incompetencia, los jueces del Poder Judicial dejaron libre al feminicida. En el 2010, cuando Marisela Escobedo se manifestaba frente al palacio de gobierno de Chihuahua, le fue arrebatada la vida de un balazo. Marisela se convirtió desde el 2008 en un símbolo de la lucha contra los feminicidios y la violencia de género, no sólo en México sino en Latinoamérica. Tras su muerte, su nombre ha servido de inspiración y lucha.
Actualmente las estadísticas del INEGI y de la Fiscalía General de la República muestran que en México mueren asesinadas 10 mujeres y el 97% de los casos queda impune. Es decir, diez madres al día lloran la desaparición de sus hijas e inician la misma senda de sufrimiento de la señora Marisela Escobedo. Los números nos permiten observar que la violencia no ha disminuido, por el contrario, ha ido en aumento. La cuarentena por el Covid-19 y sus secuelas psicológicas han ayudado a engrosar las estadísticas de violencia.
Aunque la Cámara de Diputados aprobó en el 2017 una reforma para que el feminicidio en México fuese considerado delito grave y amerite prisión preventiva, estos crímenes persisten. Pese a que ha existido controversia sobre el término y las circunstancias para identificarlo, el término jurídico de feminicidio se ha mantenido. El gobierno de México, a través de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres, ha indicado:
El Modelo de protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género recomienda que todas las muertes violentas de mujeres que en principio parecerían haber sido causadas por motivos criminales, suicidio y accidentes, deben analizarse con perspectiva de género, para poder determinar si hubo o no razones de género en la causa de la muerte y para poder confirmar o descartar el motivo de ésta.
Es muy importante señalar que las personas que intervienen para armar el expediente deben estar capacitadas de forma correcta para evitar los errores de antaño, como el de Rubí Marisol Frayre Escobedo y el de muchas más.
Se acercan los días de muertos de este año de temor y encierro. El 2020 quedará en nuestra memoria como un año feroz, recolector de miles de vidas. De acuerdo con nuestras tradiciones precolombinas, las almas de los difuntos deben ser guiadas por las flores de cempasúchil y las velas puestas en las ofrendas. Hay memorias de familias heridas porque no tienen el consuelo de un entierro digno para su familiar, porque ha sido desaparecido o fragmentado. Hay cuerpos de mujeres que esperan el descanso digno. Por desdicha, las mujeres de este país seguimos temblando al salir o cuando un conductor de taxi o Uber hace un movimiento extraño, o cuando un hombre se acerca a pedir la hora o una dirección en una calle solitaria u oscura. Por desgracia, el Mictlán seguirá abriendo sus puertas mientras una vela se prende y la oración de una devota madre espera.









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