Miguel Samsa
Dentro de la tradición filosófica, la muerte de Sócrates tiene, por supuesto, un aura legendaria: falsamente acusado de corromper a la juventud, es condenado a beber la cicuta y, durante su agonía, aún cuenta con la lucidez suficiente para discurrir, junto con sus discípulos, acerca de la inmortalidad de Sócrates. Al menos, en síntesis, es ésta la versión propagada a partir de la Apología escrita por Platón.
Establecido está, de la misma manera, el carácter oral de las enseñanzas socráticas, recuperadas gracias al trabajo del mismo Platón, lo que deja abierta, siempre, la interrogante sobre la fidelidad del texto platónico al mostrar el pensamiento de su maestro.
Un pequeño texto de Herminio Tolosa, aparecido a principios del siglo XIX en Salamanca, habría dado un viraje interesante a la figura de Sócrates de no haber sido desdeñado y, posteriormente, censurado por la comunidad filosófica española, que destruyó el manuscrito antes de que llegara a la imprenta.
Tolosa, historiador y filólogo, había dedicado su vida académica al estudio de la Grecia clásica. Cautivado por la figura de Sócrates, enfocó sus esfuerzos en rastrear fuentes distintas a los textos platónicos que pudieran arrojar más luces no sólo sobre la vida y el pensamiento del filósofo, sino sobre el aspecto particular de su sentencia: ¿la práctica de la retórica en la plaza pública era motivo suficiente para condenarlo a beber la cicuta? ¿Acaso los sofistas, rivales de Sócrates, contaban con tal peso político como para inclinar una causa judicial hacia ese desenlace?
Reducir la muerte de Sócrates a un conjunto de disputas retóricas o a un ejercicio pedagógico que estimulaba y afinaba las habilidades retóricas y de raciocinio de sus alumnos le parecía a Tolosa un recurso literario para dotar a la filosofía de su propio mártir y justificar las pretensiones políticas que Platón manifestaba en su República. A final de cuentas, la alegoría de la caverna concordaba perfectamente con la imagen de Sócrates que su alumno se había empeñado en propagar: el hombre lúcido y sabio, condenado a muerte por tratar de liberar a los otros de su ignorancia.
Tolosa supuso que las circunstancias políticas de la época eran más ilustrativas al respecto: la tiranía de los Treinta, encabezada por Critias, que había aplastado a la democracia ateniense; los intentos por derrocarla y las ejecuciones con las cuales fueron aplastados. Para Sócrates, supuso Tolosa, los auténticos rivales era el grupo que tenía sojuzgada a Atenas y que impedía a toda costa el regreso de la democracia.
Elementos históricos para defender tal hipótesis no le faltaron a Tolosa, pero —dado su carácter obsesivo— estaba empeñado en encontrar más que factores circunstanciales. Una interrogante empezó a cobrar fuerza en su mente: ¿en verdad Sócrates se había negado a escribir? ¿La transmisión oral le resultaba suficiente? ¿Y si aquellas discusiones con los retóricos en la plaza pública y en reuniones, tan gratas a Platón, no fueran más que juegos y ejercicios para el filósofo?
Como suele ocurrir, el azar fue determinante para zanjar esta cuestión: una copia manuscrita de la Historia de Herodoto, adquirida por Tolosa en un bazar de Florencia y el embalaje descuidado de tan preciado ejemplar. Durante el viaje de regreso, el cuero de la cubierta se rasgó y dejó al descubierto unos caracteres griegos. Al retirar por completo la piel, Tolosa se encontró con la escritura de Sócrates: una pieza de oratoria en defensa de León de Salamina y una condena a la dictadura ejercida por los Treinta.
Incrédulo, Tolosa revisó a conciencia el documento y solicitó el apoyo de colegas suyos, quienes confirmaron la autenticidad del manuscrito: ¡Sócrates había escrito! Y ese fragmento oculto en la cubierta de un libro antiguo, era apenas parte de una obra dedicada, sin duda, a la actividad política. La vida pública y la muerte de Sócrates resultaban, por tanto, muy diferentes a la versión edulcorada difundida por Platón: al filósofo ateniense no lo habían condenado por enseñar filosofía sino por oponerse a un régimen dictatorial y formar parte, al menos como ideólogo —en términos modernos— de una insurrección.
Tolosa se dio a la tarea de redactar El pensamiento político de Sócrates: más allá de la imagen platónica, obra que presentó ante sus pares de la Universidad de Salamanca antes de hacerla imprimir. El rechazo fue unánime: Tolosa había reducido al gran filósofo de la antigüedad, al buscador de la Verdad, en un activista político, en alguien que reducía su labor filosófica a un fin demasiado concreto, aunque loable. El manuscrito alimentó el hogar de la sala donde estaban reunidos los colegas de Tolosa y éste fue expulsado de Salamanca.
Deprimido y pobre, vagó durante algunos años entre España y Francia distribuyendo copias manuscritas de su obra en las plazas de cada ciudad que visitaba, empeñado en hacerse escuchar por los transeúntes, quienes huían apresurados de ese hombre enfebrecido.









No Comments