Antonio Bello Quiroz
Lo más atroz que le puede pasar a un ser humano es ser despojado de su contexto singular, ser arrancado de su anclaje subjetivo. Lo más atroz que le puede ocurrir a un ser humano es que le sea arrebatada su historia, es decir, su nombre y su memoria. Eso es lo que pretende hacer el Estado con los 43 normalistas. Eso fue justamente lo que le ocurrió al joven estudiante de la UNAM Marco Antonio Sánchez Chávez. No conocemos los detalles, pero sí los resultados. Después de ser “desaparecido” por las fuerzas policiales, aparece severamente golpeado y traumatizado a grado tal de no poder reconocer a sus propios padres. Quizá pueda sonar descabellada la comparación, pero este hecho (que en México cada vez es más frecuente) nos recuerda que la lógica del poder que se aplicó en el nacionalsocialismo.
Sin duda alguna, es en los campos de exterminio donde el cuerpo ha sido sometido a las mayores degradaciones. Tratado como simple cosa, el cuerpo de los exterminados por el nazismo, lo mismo que en el Gulag ruso o los campos de concentración japoneses de la Segunda Guerra Mundial, fue sometido a inefables degradaciones y humillaciones. Desnudado, vejado, lacerado, torturado, sometido a experimentaciones higienistas, el cuerpo de los prisioneros fue tratado como una cosa, un cuerpo sin revestimientos subjetivos o civiles. Aunque la historia nos ha traído muchas muestras del odio y sus potencias, como son las desapariciones, parece que no hemos aprendido mucho y “la sombra de esta experiencia” se encuentra en el horizonte de nuestro tiempo.
El filósofo italiano Giorgio Agamben ha dedicado buena parte de sus esfuerzos reflexivos a entender la experiencia del exterminio nazi como un producto de las relaciones de poder en la modernidad y un peligro latente en la política contemporánea. Propone a la experiencia de la Shoah nazi como la oscura sombra de lo humano de la cual, sin embargo, hay que hacer un análisis profundo para conjurar el peligro de que se repitan los mecanismos del poder que conducen al exterminio del otro, la aniquilación de lo diferente. Quizá suene incluso utópica la pretensión del pensador italiano. Sin embargo, creo que la propuesta vale para poder darle al odio que nos habita como sujetos y como sociedad otro destino que la destrucción.
El trabajo de Agamben, en particular el desarrollado en su serie de libros conocida como Homo Sacer, permite repensar algunas de las categorías propias de la política contemporánea y sus prácticas de desconocimiento persistente de lo diferente. Uno de los conceptos fundamentales de este pensador es el de “biopolítica”. Se trata de lo que está en el horizonte de la política en Occidente, no sólo desde la modernidad como quiere Foucault sino desde siempre. Se sostiene en el modelo soberano del poder. Para él, la forma de hacer política en Occidente se sostiene en el concepto de nuda vida. Escribe en Homo Sacer I: “[…] el espacio de la nuda vida que estaba situada originariamente al margen del orden jurídico, va coincidiendo de manera progresiva con el espacio político, de forma que exclusión e inclusión, externo e interno, bíos y zoé, derecho y hecho, entran en una zona de irreductible indiferenciación”. En pocas palabras, la nuda vida es incluida por exclusión de la vida política.
Su concepto base de nuda vida recorre los nueve libros que componen el proyecto Homo Sacer. Esta empresa de escritura toma su nombre de una figura del derecho romano arcaico. Se refiere a que un individuo, tras haber cometido un delito, era excluido de la comunidad y quedaba expuesto a la muerte, es decir, cualquier ciudadano podía matarlo sin que el acto fuera considerado como un homicidio. Homo Sacer puede tomarse como “la cifra secreta para comprender la biopolítica contemporánea”. Esto es, su vida, tras el crimen cometido, quedaba reducida al puro cuerpo biológico sin las investiduras jurídicas y subjetivas. Se decretaba así, incluso de manera fáctica, un “estado de excepción”. Y esto es tomado por Agamben como el núcleo de la política en Occidente que despliega la “máquina antropológica” que sostiene lo humano en una lógica binaria: animal/hombre, sujeto/objeto, público/privado, potencia/acto, etc. Su propuesta de análisis tendría la finalidad de hacer inoperantes (inoperosas, dice) estas divisiones que caracterizan el pensamiento occidental.
Este oscuro referente del derecho romano alude entonces a una vida de la que se puede disponer sin cometer homicidio, en absoluta y “legal” impunidad en tanto que la vida que se arrebata es nula, vacía de implicaciones jurídicas y sociales. En definitiva, una vida expuesta a la muerte y no sacrificable. Una vida sacer. Es decir, una vida separada de todo contexto, una vida que es mera vida y no forma de vida, sólo incluida en el ordenamiento jurídico para ser incluida.
En México las muestras de estas vidas condenadas a ser nulas son legión: las mujeres con las que se cometen feminicidios, trata, explotación, etcétera, sin consecuencias, los jóvenes que pueden ser desaparecidos, los niños que pueden ser violentados, quemados, abusados, los que al ser a priori señalados como delincuentes pueden ser asesinados sin mayores investigaciones. En fin, parece que en nuestra oprobiosa actualidad cada cual es para el otro nuda vita y homo sacer. Una vida fuera de contexto es la figura del musulman, que es a lo que quedaban reducidos los presos en el campo de concentración. Un mero viviente. Una vida sin vida. Un hombre viviente separado de su habla.
Pero Agamben nos previene de que la nuda vida sólo es una ilusión que ha sido utilizada por el soberano o el pensamiento político (que operan como un bando, una mafia, diríamos) para imponer y perpetuar su dominio. El hombre no es nunca mera vida, sino siempre forma-de-vida, inseparable de su historia, su cultura, sus códigos lingüísticos en los que se inscribe. Mantener esta ilusión de la nuda vida, dice Agamben en Homo Sacer I, explica que “el soberano entre en una simbiosis cada vez más íntima no sólo con el jurista, sino también con el médico, con el científico, con el experto, o con el sacerdote”.








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