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La necesidad y el deseo — IV

· octubre 16, 2015

Gerardo Lino

 

Diversas soluciones han ideado las descendencias del sapiens para el problema de la tribulación. Entre los discernimientos que nos ha legado la cultura grecolatina poseemos dos complementarios (porque ambos son conscientes de los amagos del mundo). Según los estoicos, la felicidad residiría en la posesión de la virtud, esa disposición interna de quien vive conforme a su naturaleza, que conferirá la impasibilidad, la indiferencia ante los padecimientos. El otro persigue la ataraxia: Epicuro no enseñaba —como se cree vulgarmente— el hedonismo a ultranza, pues quien conoce el desenfreno sabe bien de los males que aguardan la precipitada carrera. Más bien tenía al placer como un valor precioso, una virtud cuya expresión se conseguía en la plena tranquilidad de los sentidos por la mesura y la discreción en el disfrute, que sólo puede darse si quien es dueño de sí ha eliminado el miedo a los dioses y a la muerte. Y entre los discernimientos emanados de la India, una de las Cuatro Nobles Verdades que expuso Buda en su primer sermón de Benarés asevera: el dolor puede ser abolido mediante la renuncia al deseo. Lo cual naturalmente nos lleva —otra vez— a Schopenhauer.*

 

Si hubo algún remedio dentro de su ennegrecida visión del mundo —su lucidez mira el fondo absurdo—, pasó primero por proponer el ascetismo como la tabla de salvación para deshacerse de las insidias del deseo y su cáfila de esfuerzos y decepciones; pero la sorpresa viene cuando escribe que ese “acorde íntimo” —si no curación irreversible, al menos placebo— se encuentra en el arte. El arte propicia la contemplación, aunque esa especie de beatitud no aniquile el deseo: llega a ser apenas una suspensión, pero que reconforta y da serenidad. En eso puedo reconocer que la póyesis nace bajo las condiciones del mundo: miseria y muerte; pero no es del mundo en cuanto genera su propia realidad hasta que nada puede predicarse de ella. Con lo que se alcanza a Wittgenstein: mejor es callarse.

 

Epicuro, Schopenhauer, Wittgenstein: el pensamiento manifiesta la naturaleza de un temperamento, como la dolencia señala su enfermedad. Y en la escritura deja sus secuelas. Desprendamos una muestra: “¿Dónde hubiera ido Dante a buscar el modelo y el asunto del infierno de su Divina comedia sino en nuestro mundo real?” (Arthur S.)

 

El devenir de las soluciones para el sufrimiento ha sido tan versátil, que uno se entretiene con los filosofemas hasta que acaba por dar en el fastidio. Erasmo de Rotterdam mismo, imbuido por la santa locura de la verdad (i.e., de la crítica, ese virus que muta en los escritores), dio en describir diversas formas en que la estulticia envuelve los propósitos de los tropeles humanos y sus consecuentes actos irrisorios. Varios siglos después, Valéry anotaría: “La acción es una breve locura.” Lo mismo dicta el adagio latino acerca de la ira, pues este furor no puede aparecer sino por alguna clase de desasosiego. El iracundo, el irritable, el que es poseído por el demonio de la cólera, no difiere de quien se resigna a lo que le queda: ambos miran su deseo incumplido. En esa insatisfacción radica la escritura de novelas según lo piensa Vargas Llosa, que se abrevia en este verso de Zaid: “No aceptamos lo dado, de ahí la fantasía.”

 

El heredero del emporio Burroughs alcanzó a poner por escrito: “El reino del mal es el reino de la necesidad total.” Fuera de su rollo, uno puede justificar las debilidades, los infortunios injustos (que es casi un pleonasmo); aun puede adjudicar ese aserto a la existencia del Mal como persona tal el Demonio cristiano (que no es una antinomia). Puede considerarse, si se morigera la hipérbole, que en la necesidad percibimos una especie de mal, que puede ir desde una incomodidad hasta esas decisiones aviesas que el poderoso inflige a cantidades impías de gente. Pero la frase del pistolero, en su dimensión metafísica, da para un buen rato de especulaciones. Si (como enseñó el Aquinate) el único ser necesario es el Motor Inmóvil, entonces (siguiendo al uxoricida) ese Incausado deviene Causa Primera del Mal. Seguir por ese rumbo me rebasa, puesto que el sinsentido comienza a rondar este pergeño y puede acabar confundido con alguna de las perogrulladas del Gran Deconstructor e incluso sugerir que es una traducción simple y llana de un texto vacío. A eso llegan las frases tremendas.

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La carencia, la curiosidad, la honda insatisfacción han de mover a quien tanto desastre desata para sí. Uno es la causa de su propio trastorno y cada nuevo intento se resuelve en otra complicación. Quedarse quieto sólo aplaza los efectos, pues mientras nada se decide, el ansia fermenta en el aislado, se inflama hasta la urgencia; entonces el alivio de sus reacciones virulentas se le aparece como el acto más sensato. El pequeño logro lo amansa, quizás le plazca si deja de lado la culpa, puede regodearse en lo adquirido; pero ese contento dura poco. Ningún triunfo está limpio de frustraciones: cada consecución carga una victoria pírrica. Ínfimo es el tiempo, y ya se reanudan las solicitaciones del deseo.

“El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor de una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. La obscena frasecita de Posidonio sobre el frote de dos parcelas de carne —que te he visto copiar en tu cuaderno escolar como un niño aplicado— no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.”

Quizá cuando la necesidad y el deseo, ese “remoto impulso” que nombraba Cernuda, se constelan —“constelados hallazgos”—, ocurre “el fenómeno del amor” a que se refiere Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. Pero esas conjunciones —aparte de los atrevimientos del gen— bien pueden ser el producto de la mera y sórdida ofuscación —quién sabe.

——

* Por casualidad he hallado esta aserción de Ernst Bloch acerca del lenguaje de Hegel: “Pero estas y otras maneras viven dentro de un espacio lingüístico lleno de murmurios, grávido, abarrotado de sentido, dentro de un lenguaje en que parecen resonar las palabras de Píndaro, los coros de Esquilo, lo que podríamos llamar el gótico ateniense, recreado, resucitado por Hölderlin, el amigo de juventud de Hegel. […] Nadie puede esperar de la potencia de semejante pensador que escriba tan confortablemente como un Locke. O, para poner un ejemplo más alto, que sea tan brillante en todas sus quejas, tan urbano en todas sus amarguras como Schopenhauer.” (Lo cual explica por qué tanto de éste disfrutaba y distinguía Borges.) Cf.: Ernst Bloch, Sujeto-objeto. El pensamiento de Hegel [1949], trad. Wenceslao Roces, FCE, México, 1985, pp. 22-23.

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