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La necesidad y el deseo — III

· septiembre 23, 2015

Gerardo Lino

“Siempre extrañará a alguno la hermosa diversidad de la naturaleza y la horrible vulgaridad del hombre.” Esto escribió Luis Cernuda, quebrantado poeta sucesor de la Generación del 27, en la introducción a las versiones suyas de algunos poemas de Hölderlin. Adelante, al mencionar los “remotos impulsos” que se simbolizaron en la mitología pagana (amor, poesía, fuerza, belleza), Cernuda, extendiendo el verso de Dante, confirma que mueven al mundo, “a pesar de la inmensa fealdad que los hombres arrojan diariamente sobre ellos para deformarlos”. Véase la parte del hombre: vulgaridad, fealdad; y por si no bastara, epítetos: una horrible y la otra inmensa. Dentro del mismo párrafo, apenas distanciadas por algunas líneas, tales dos frases revelan que Cernuda no andaba muy contento en el mundo (no por azar, sino por necesidad, halló afinidades en el atormentado Hölderlin, que vio “las sombras, / más generosas que los hombres”, como canta en el poema “Góngora”). Ese mundo de la mentecatez convencional, de los orgullos huecos, de la atrocidad cotidiana; el mundo real, pues, tan lejos del mundo perdido que perpetuamente mienta la poesía, el universo aún no hallado al que aspira.

 

El mundo tal como es. La diversidad de la naturaleza humana —por absurdos que sean sus significados— puede ser más estimulante que la naturaleza en bruto: sus miserias y sus asombros suscitan la idea de que debe haber más, de que la perfección es posible y no siempre ha de estar atado el hombre a su contingente condición. De ahí los sueños, los altos ideales, las filosofías y el arte, las imaginativas religiones y la ciencia; de ahí la ensanchada novelería, el polimorfo western, las mitologías que impregnan con sus símbolos las mentes humanas, cuyo deseo les otorga un sentido de realidad más poderoso que la realidad inmediata. Los afanes y los vicios, las pendencias y el fracaso; la mezquindad, la abulia, la pureza, son concomitantes; luego la razón se esfuerza en discernirlos para entender y decidir, ensayar y fundarse. Nada es gratuito. (Quizá sólo el deseo es un don.) Y sin embargo, el mundo tal como es ¿a quién pude gustarle cuando regresa de los universos insinuados por la música, por la poesía? Ha de estar a disgusto el hombre cuando vuelve a las cosas en su verdad terrena, vaga, impositiva. No obstante, aunque se aparte del mundo, el poeta, entre la lucidez y la locura vislumbra esa otra realidad: gracias a su condición de necesidad, de ser desolado, se le ha ocurrido inventar la posibilidad: los roces de la belleza lo incitan a creer que la vida es otra cosa. Y escribe.

 

“Limbo” (dedicado a Octavio Paz), poema de Las horas contadas [1950-1956], refiriéndose a una plaza, indica: “Parecía, no realidad, mas copia / Triste sin realidad”, de lo cual se infiere que para Cernuda no toda realidad era deleznable, pues aquí la realidad tiene el estatuto platónico; luego, una copia puede ser triste y, para acabarla, carecer de realidad, es decir, de existencia verdadera, la que a sí misma se sostiene, ese algo —no sé qué— a lo que aspira el espíritu del poeta.

 

Luego de pasar el umbral de la inhóspita casa oscura a la que ha llegado, “Y el color se escondía / En un retablo español, en un lienzo / Francés, su brío amedrentado”, ve al provecto dueño, ve su retrato pintado a la moda fatua y fácil para el diletante que pudo divertirse “Comprando lo que una fe creara / En otro tiempo y otra tierra”. Una fe crea, una mano hace, y los siglos la vuelven producto repetible, mercancía, cosa intercambiable.

 

Presencia el poeta entonces cómo hablan los cumplidores del rito social sobre una rareza adquirida con el dinero, un objeto de lujo, “‘La primera edición de un poeta raro, / Y la he comprado’.”

 

Así, pensabas, el poeta

Vive para esto, para esto

Noches y días amargos, sin ayuda

De nadie, en la contienda

Adonde, como el fénix, muere y nace,

Para que años después, siglos

Después, obtenga al fin el displicente

Favor de un grande de este mundo.

 

Hay un sentido de lo real tan elevado, ante el que esas copias sombrías, que son las apariencias —tan vanos ejemplares—, se antojan tristes, irreales pertenencias de esas “Damas imperativas bajo sus afeites, / Caballeros seguros de sí mismos,” entre quienes el poeta cobarde asiente ante la injusticia de que su trabajo (“para esto / Noches y días amargos, sin ayuda”) acabe por ser “Domesticado para el mundo de ellos, / Como otro objeto vano”. Una vez que da cuenta de este sesgo de la realidad —tachada de irrelevante, fútil, aun con el defecto de no existir, pero al cabo real en su sentido de cosa bruta, Damas y Caballeros—, el destino del poema vuelto cosa baladí como sus dueños, el poeta preferiría: “Mejor la destrucción, el fuego.” Aunque es una aspiración a la belleza o a alguna otra de las formas eternas, un poema no puede negarse a esta verdad: sale de las manos de los hombres y acaso no pueda pasar de allí.

 

Y sin embargo no: porque antes de la hoja de papel escrita, parece existir el poema en su forma innominada; incluso antes —si es que de tiempo se trata— los objetos terrenales nos hablan de otro modo de ser, extraño al ser del hombre —el árbol, “ser de un mundo perfecto”—, pero que percibimos por un raro designio quizá para darnos cuenta de nuestro absurdo y del sentido de aquella otra realidad; o es —no saberlo nos incita a la escritura— mero sueño: “Cuando por el amor tu espíritu rescata / La realidad profunda.”

 

Ya se ve cuán insuficientes son las glosas frente a un poema intocable —el sabor de la contemplación del cuerpo amado en la misma altura que una revelación que se quisiera eterna (porque eso no lo dicen los poemas sino las cosas, y para eso sirven los poetas)—; será mejor entonces recurrir al mismo Cernuda para leer completo al menos el primero de “Cuatro poemas a una sombra”, que abre el libro Vivir sin estar viviendo [1944-1949].*

 

Viene a veces la imagen de Cernuda tomando baños de sol en una playa de Valencia durante la guerra civil que recuerda Elena Garro en Memorias de España 1937. La talla bronceada del joven Cernuda: mientras la realidad decía que había una guerra, su deseo lo llevaba a recostarse frente al mar, a nadar un rato en la mañana, antes de integrarse a las reuniones de los escritores antifascistas, que maquinaban un mundo diferente de la realidad: inquirían nociones más elevadas de lo que debía ser. La realidad dijo otra cosa: la República será vencida. Luego vendría el exilio. En esas mismas páginas refiere que en la ciudad de México, veintiséis años después, Cernuda habría de morir en la soledad de un cuarto de criados; si no me equivoco, a ese final apunta Elena Garro cuando asesta la siguiente lápida: “como corresponde a los poetas”.

 

A pesar de la desdicha, de la venal insidia humana, de la incomprensión, el olvido, la ignorancia voluntaria, el sueño vence el asiduo dilema entre la realidad y el deseo.

 

Tres misterios gozosos

 

El cantar de los pájaros, al alba,

Cuando el tiempo es más tibio,

Alegres de vivir, ya se desliza

              Entre el sueño, y de gozo

Contagia a quien despierta al nuevo día.

 

Alegre sonriendo a su juguete

             Pobre y roto, en la puerta

De la casa juega solo el niñito

             Consigo y, en dichosa

Ignorancia, goza de hallarse vivo.

 

El poeta, sobre el papel soñando

             Su poema inconcluso,

Hermoso le parece, goza y piensa

             Con razón y locura

Que nada importa: existe su poema.

——

La ventana

 

Recuerda la ventana

Sobre el jardín nocturno,

Casi conventual; aquel sonido humano,

Oscuro de las hojas, cuando el tiempo,

Lleno de la presencia y la figura amada,

Sobre la eternidad un ala inmóvil,

Hace ya de tu vida

Centro cordial del mundo,

De ti puesto en olvido,

Enajenado entre las cosas.

 

Todo esplendor, misterio

Primaveral, el cielo luce

Como agua que en la noche orea;

Y al contemplarle, sientes

Pena de abandonar esta ventana,

Para ceder en sueño tanta vida,

Al reposo definitivo

Anticipado el cuerpo,

Cuando por el amor tu espíritu rescata

La realidad profunda.

 

Sin esperarle, contra el tiempo,

Nuevamente ha venido,

Rompiendo el sueño largo

Por cuyo despertar te aparecía

La muerte sólo; y trae

El sentido consigo, la pasión, la conciencia,

Como recién creados admirables,

En su pureza y su vigor primeros,

Que estando ya, no estaban,

Pues entre estar y estar hay diferencia.

 

Su voluntad, maestra de la tuya,

Delicia y miedo inspira,

Penetrando en la sangre, como música

Inmaterial dominadora,

Y al poder te somete de unos ojos,

Donde amanece el alma

Allá en su fondo azul, tranquilo y frío,

Hacia la luz alzados,

Unida a ellos, y unido tú con ellos

Por vida y muerte quieres contemplarlos.

 

El amor nace en los ojos,

Adonde tú, perdidamente,

Tiemblas de hallarle aún desconocido,

Sonriente, exigiendo;

La mirada es quien crea,

Por el amor, el mundo,

Y el amor quien percibe,

Dentro del hombre oscuro, el ser divino,

Criatura de luz entonces viva

En los ojos que ven y que comprenden.

 

Miras la noche a la ventana, y piensas

Cuán bello es este día de tu vida,

Por el encanto mudo

Del cual ella recibe

Su valor; en los cuerpos,

Con soledad heridos,

Las almas sosegando,

Que a una y otra cifra, dos mitades

Tributarias del odio,

A la unidad las restituye.

 

Un astro fijo iluminando el tiempo,

Aunque su luz al tiempo desconoce,

Es hoy tu amor, que quiere

Exaltar un destino

Adonde se conciertan fuerza y gracia;

Fijar una existencia

Con tregua eterna y breve, tal la rosa;

El dios y el hombre unirlos:

En obras de la tierra lo divino olvidado,

Lo terreno probado en el fuego celeste.

 

Como la copa llena,

Cuando sin apurarla es derramada

Con un gesto seguro de la mano,

Tu fe despierta y tu fervor despierto,

Enamorado irías a la muerte,

Cayendo así, ¿ello es muerte o caída?

Mientras contemplas, ya a la aurora,

El azul puro y hondo de esos ojos,

Porque siempre la noche

Con tu amor se ilumine.

 

Aun a riesgo de ser otro profanador, exhibo mutilado el “Soliloquio del farero”, tan sólo para suscribir que no todo es desolación y desprecio; que la muchedumbre airada, “ante la espera de una revolución ardiente” o en “la hora de reposo que su fuerza conquista”, como los elementos, como el deseo del hombre, figuras tutelares, obras de la tierra, se concilian en la íntegra soledad de quien las canta:

 

Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,

Limpios de otro deseo,

El sol, mi dios, la noche rumorosa,

La lluvia, intimidad de siempre,

El bosque y su alentar pagano,

El mar, el mar como su nombre hermoso;

Y sobre todos ellos,

Cuerpo oscuro y esbelto,

Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,

Y tú me das fuerza y debilidad

Como al ave cansada los brazos de la piedra.

…

Y erguido desde cuna vigilante

Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres

…

Tú, verdad solitaria,

Transparente pasión, mi soledad de siempre,

Eres inmenso abrazo;

El sol, el mar,

La oscuridad, la estepa,

El hombre y su deseo,

La airada muchedumbre,

¿Qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;

En ti, mi soledad, los amo ahora.

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