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La necesidad y el deseo — II

· septiembre 17, 2015

Gerardo Lino

 

Si se hace a un lado el aumento de entropía —o las categorías cuánticas, si se quiere—, puede decirse que para dar con el sentido de una cosa, de una acción o de una frase hay que descifrar de dónde viene y, claro, discernir en dónde está. Aunque tal ambición se aplaca, si por analogía se atiende el principio de incertidumbre de Heisenberg: puede ocurrir que al dilucidar su sentido el objeto ya no esté… o al menos haya mutado; acaso vislumbremos que varió entretanto la significación de su origen, incluso por la acción de nuestra propia interferencia al estudiarlo, como cuando se desfigura una rara belleza en el momento de atacarla en el papel. Suele suceder: el sentido se nos escapa por completo, alcanzamos quizá un reducto, o, lo más probable: damos con un sentido que no es el verdadero y preferimos el engaño, sobre todo porque lo hemos creado por una especie de voluntad de azar. En ello estriba un placer secreto dentro de la reconocible insatisfacción. Acaso por eso existen tantas y tan diversas teorías acerca de la realidad, y por ello cada inconcusa generación hará sus traducciones. Comoquiera que sea, en el sustrato persiste, cual motivo perpetuo, el deseo.

 

Pongamos por caso un niño, esa fuente incesante de exigencias. ¿Alguien le enseña que puede aplicarse a su deseo como si fuera un deber? Su impulso ¿proviene de la mera necesidad animal?, ¿se inicia condicionado por las construcciones humanas? Su progresión se produce ¿por sí sola?, ¿por los genes?, ¿por su estructura previa?

 

Los culturalistas, epígonos del empirismo, sostienen que todo se explica por los aprendizajes obtenidos dentro de un grupo social, aunque no sepan quién dijo primero esta boca es mía. Tomemos un espécimen: en las lenguas, los etimologistas aficionados (por su contribución a la falsabilidad, aval de la episteme postulada por Karl Popper, las ciencias germinan por los aficionados) que pueden rastrear el decurso de un significado hasta donde sus fuerzas les dan, a veces tienen que recurrir a la fantasía pura. El filólogo más enterado sabe que tarde o temprano topará con algún punto en donde se pierde el rastro.

 

Heidegger, que andaba en busca del Ser que hemos olvidado —y olvidado sigue— fue a una de las fuentes prometedoras: el sánscrito; ahí encontró un étimo para el vocablo sein (de igual significado que “ser”): “lo verdadero”, “lo real”, “lo palpable”, y lo tomó como guía cierta hacia una de sus elaboradas abstracciones. Muy bien, pero antes de que así lo entendiera una de las lenguas arcaicas que ahora conocemos como afluentes del indoeuropeo, ¿quién dijo que así debía entenderse, que tal sonido correspondía con la cosa y no había de otra? Aparte de los avatares por los que transmutan los flexibles signos de las lenguas, se tiende a concluir que el sentido último reside en el novísimo étimo encontrado, y, como si fuera lo mismo, a un dato lingüístico le damos estatuto de verdad ontológica.

 

La superstición etimologista supone que hubo un tiempo puro, una lengua única en la que residía la verdad, un origen consistente; luego busca ahí sin darse cuenta de la idealización con que la memoria transforma lo pretérito, y de que aun el lenguaje más radical se mueve atravesado por esa memoria y la fantasía. Por eso al zorro Wittgenstein le daban risa los paralogismos del absorto Martin: por discutir cosas —y alimentar la asertórica y aun la apodíctica— sin antes haber comprendido el uso que se le ha dado a los términos (aun sabiendo que “verdad” en griego indicaba “sin olvido”; de ahí al alemán corrieron siglos), o, más bien, que los conceptos axiales provienen de esa fluctuación (Lichtenberg ya había advertido que muchos errores se deben sin duda al mal empleo de las palabras, y que acaso a ese mismo mal empleo se deben los axiomas); que el uso implica modificaciones; que las lenguas están en el tiempo (ésa fue otra parte que no pudo abordar el viejo Heidegger, con lo que le dio más razón a Kant: pudo plantearse problemas que la mente no puede resolver). Si eso ocurre con los preclaros, qué esperar de los interesados y los débiles, los inauténticos y los urgidos por la exasperación: en cualquier oportunidad salen con que En El Principio Era El Verbo, y ya con eso empieza a deshilacharse la finísima tela del entendimiento.

 

Los estudiosos de la gramática generativa nos han hecho saber que el signo puede no decir nada, pero sobre todos sus aportes se mantiene el de Chomsky: lo dicho puede no provenir sino de una invención del sujeto. Lo cual significa que nadie había enunciado cierta frase hasta que se le ocurrió a ése. Sí, nadie se la enseñó. Adquirió su idioma pero ya venía equipado con estructuras cerebrales que le confieren la facultad de generar nuevas combinaciones sintácticas, modos de decir, pues, que le son propios; incluso es capaz de armar nuevos vocablos; siempre, por supuesto, dentro del canon general que su lengua le ha provisto. Hasta podría concebir un lenguaje conveniente a sus antojos, como se conciben variedades dialectales de un barrio a otro o el trobar clus de los más sonorosos hampones.

 

Esa innata facultad explica la existencia de las gracias de los menores de cinco años, las jergas académicas (jerga: término elocuente) y los versos memorables de los poetas mayores (aunque no convalida la célebre doctrina de las ideas innatas). Asimismo se da el avance de cualquier técnica, los descubrimientos aleatorios de la ciencia, las resoluciones geniales. Si el azar no es un dios ni existen los djins se debe a que generamos objetos previamente inexistentes, incluyendo las más elaboradas ideas y los seres poderosos (que también empezaron desde pequeños). Quizá por ello, por creer que el poder de la creación reside en el cerebro humano, nos damos el lujo de esperar lo inesperado, acometer lo imposible, soñar en otra cara.

 

Aunque apenas se sabe el uno por ciento de la biología, según calcula uno de los colaboradores del Proyecto Genoma Humano, hay adolescentes del conocimiento urgidos por que los genetistas acaben de descifrar esos orígenes para que lleguemos a detentar los dominios de las pasiones —ira, lujuria, envidia—, de las copiosas cirrosis-psicosis, incluso de la voluntad, y el deseo ya no será la cifra de nuestra desgracia.

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