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La necesidad y el deseo — I

· septiembre 3, 2015

Gerardo Lino

 

Confundir dos libros por sus títulos puede arrojar al despistado hacia un contubernio de relaciones fuera de toda expectativa. Hallará cualquier objeto, menos el que buscaba. Sea como tenga que ser: la fatalidad no es un designio racional. El primero tiene cierto tinte poético: El azar y la necesidad. Así pudiera haberse llamado una novela. Figúrense las circunstancias que presta el autor a los personajes, mientras ellos no acaban de entender por qué hacen esas cosas, pero actúan, con alguna lucidez, sumidos en los arrebatos o dueños de sí, capaces de elegir, de fallar —y el destino se cumple—. El otro pudiera ser el nombre de un tratado de psicología: La realidad y el deseo. Quizá postularía las consecuencias demenciales que se dan cuando ambos términos difieren sin remedio en una persona cuya condición consiste en afirmar su deseo aun a costa de su pérdida, de su sentido de lo real. O viceversa, que asimismo es terrible. Y sin embargo, no; o mejor dicho, sí: estaba equivocado, atraído por semejanzas ambiguas y por diferencias incontrastables, pero que por fortuna coincidieron en la curiosidad de un atolondrado y mismo lector: ambos libros provienen de motivaciones que parecen no tener nada que ver entre sí, aparte de que se dirigen a puntos distintos. El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna (1971) escrito por Jacques Monod (1910-1976). La realidad y el deseo reúne desde 1936 hasta sus últimos días la obra poética de Luis Cernuda (Sevilla 1902-México 1963).

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“¿Por qué hay algo en vez de nada?” A tal inquieta cuestión de los antiguos, cualquier muchacho más o menos listo de nuestros días podría contestar: “Porque sí.” Aun con su insolente parecido, la respuesta contiene el grado de verdad que la ciencia contemporánea le ha otorgado. Luego de remontar la probabilidad de su posición contingente, el hombre ha arribado al lugar de su desasosiego: no sólo pudimos no haber sido sino que provenimos de una singularidad accidental. La biósfera, por más que nos rebase la extensa variedad de lo viviente, y con ella, el cerebro del sapiens, por más que nos asombre la ingente cantidad de generaciones perdidas, son derivaciones de un azar primordial. A esta desmesura hay que tasarla: primero, ese azar no es un dios; luego, no es otra cosa que un error fortuito dentro de un orden invariante, una mutación ocurrida en el dominio de lo necesario: la célula deviene otras.

 

Proceden estas consideraciones del ensayo de Jacques Monod. He aquí algunas líneas elocuentes de sus páginas. A su tiempo, el curioso corroborará sus nociones de biología molecular y la teoría del código genético. (Las citas corresponden, con sus cursivas, a la traducción publicada por Barral-Monte Ávila, Barcelona-Caracas, 1971, 216 pp. Existen reimpresiones.) Para probar boca, estos asertos conectados con la antigua tradición materialista y a su vez, sin quererlo, con la espiritualidad zen y la teología cristiana: “Nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados, desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia” (54). Al referirse a las modificaciones del texto genético, dedujo hacia el decenio de 1960, como ahora se sabe, que “sólo el azar está en el origen de toda novedad, de toda creación en la biósfera. El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución: esta noción central de la biología moderna no es ya hoy en día una hipótesis, entre otras posibles o al menos concebibles. Es la sola concebible, como única compatible con los hechos de observación y experiencia” (125-6).

Adelante precisa:

“Para la teoría moderna, la evolución no es de ningún modo una propiedad de los seres vivos, ya que tiene su raíz en las imperfecciones mismas del mecanismo conservador que constituye su único privilegio. Es preciso, pues, decir que la misma fuente de perturbaciones, de ‘ruido’ que, en un sistema no vivo, es decir no replicativo, aboliría poco a poco toda estructura, es el origen de la evolución en la biósfera, y demuestra su total libertad creadora, gracias a este conservatorio del azar, sordo al ruido tanto como a la música: la estructura replicativa del ADN” (129).

 

Las mutaciones abren posibilidades dentro de estructuras estrechamente conservadoras: el ser vivo. Y sin embargo no todo es azar; más bien casi todo es necesidad, regularidad, preservación de la ley:

“Pero una vez inscrito en la estructura del ADN, el accidente singular, y como tal esencialmente imprevisible, va a ser mecánica y fielmente replicado y traducido, es decir a la vez multiplicado y transpuesto a millones o a miles de millones de ejemplares. Sacado del reino del puro azar, entra en el de la necesidad, de las certidumbres más implacables. […] Muchos espíritus distinguidos, aún hoy, parecen no poder aceptar ni incluso comprender, que de una fuente de ruido la selección haya podido, ella sola, sacar todas las músicas de la biósfera” (133).

 

También se atreve, el bioquímico francés, sobre las relaciones entre el pensamiento y el lenguaje, que suelen confundirse: “Todos los hombres de ciencia han debido, pienso yo, darse cuenta de que su reflexión, a nivel profundo, no es verbal: es una experiencia imaginaria, simulada con la ayuda de formas, de fuerzas, de interacciones que no componen apenas una ‘imagen’ en el sentido visual del término” (168-9). Lo cual, agrego, ha de ser percibido por los poetas.

 

Ante lo que Monod juzga “el mal del alma moderna”, producido por una dinámica de mentira y error que subsiste en “las sociedades ‘liberales’ de Occidente” que, a pesar de aprovecharse de la ciencia, enseñan todavía “una repugnante mezcla de religiosidad judeocristiana, de progresismo cientista, de creencia en los derechos ‘naturales’ del hombre y de pragmatismo utilitarista”, el premio Nobel de 1965 asegura que si se acepta el mensaje de la ciencia “en su entera significación, le es muy necesario al Hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir” (186).

 

En los nanomundos de los nucleótidos rige la necesidad; entre tanta interacción de los aminoácidos el azar puede acaecer; pero esos campos no se infestan de deseo. Tampoco los bacteriófagos ni las bacterias. Siguen sus leyes, aun las de la alteración; pareciera que obedecen la recóndita voluntad ideada por Schopenhauer o que desean pervivir; pero eso predicamos de los datos observados, les atribuimos figuras semejantes a nuestra medida; en realidad están desprovistos de un deseo como el que nosotros padecemos. Aparte de las especulaciones, la razón epistémica fundará el lugar de cada cosa —y la fantasía el no-haytal-lugar—. Es la racionalidad humana la que puede dar cuenta de esos hechos y no puede menos que juzgar su carácter de necesidad o su azaroso comportamiento. Suele cometerse abducción, no obstante, cuando una vez que se establece la invariabilidad de un fenómeno le atribuimos tal consistencia a la razón del fenómeno, olvidando que la razón, la medida, la explicación si acaso, la pone la cognición humana: no la cosa ni la improbable mente de un dios —que daría lo mismo—. El hombre no creó el ADN, sino al revés; pero el ADN no actúa racionalmente sino bajo las condiciones químicas (que así hemos dado en llamarles). Azarosamente hemos topado con el lenguaje simbólico; hemos podido actuar selectivamente con él; pero luego lo tildamos de necesario, y peor: creemos que nuestra palabra es la realidad y el mito la ultima ratio.

 

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