Antonio Bello Quiroz
Ésta es la tercera entrega y última que prometí sobre el enigma de ser mujer. La psicoanalista francesa Colette Soler nos hace ver que Sigmund Freud, después de un largo recorrido teórico sobre el síntoma, en 1930 escribe El malestar en la cultura, texto fundamental para entender cuál es la enseñanza que el inventor del psicoanálisis va a dejarnos: nos dice en este monumental trabajo que el trastorno de la relación entre los sexos, en el nivel del amor, es esencial, prácticamente inevitable. Así la época contemporánea, más que ninguna otra, hace visible que algo no anda en la relación sexual, y esto no es lo que le ocurre a ciertos sujetos “enfermos”: es la condición generalizada de los sujetos. Hay algo, dice Soler en su libro La maldición del sexo, “desfasado, desencajado, entre el amor del hombre y el amor de la mujer”.
¿Qué es lo que tiene nuestra época que produce de manera tan evidente ese desfase? Entre muchas otras cosas, el psicoanálisis destaca que es la presencia de la mujer como discurso lo que ha venido a incomodar el status quo de lo social. No se sabe qué hacer con las mujeres, cuya presencia es cada vez más palpable en todos los ámbitos de la vida social.
Desde los años sesenta se habla en el campo de la sociología y la antropología de un proceso creciente de “feminización” del mundo, proceso que no ha ocurrido sin grandes conflictos y secuelas; violencia de género, feminicidios, son sólo dos ejemplos.
No hay que indagar mucho para darse cuenta del progresivo cambio de eje del discurso que sostiene a las mujeres: para empezar, se reconoce que tienen alma hasta el concilio de Trento, en el siglo XVI, lo que hace evidente que a la mujer siempre se le ha considerado rara, ajena, acaso una forma masculina atrofiada; pero no en su singularidad. El lugar de la mujer, hasta antes de la modernidad, había sido el de madre y esposa; estaba determinado por su función reproductora (en ese sentido, no pocas veces ha sido vista como mercancía, objeto de intercambio) y su condición de esposa, es decir, supeditada a la economía de un hombre, el padre y después el esposo. De otra manera, la mujer históricamente ha ocupado un lugar y una función pero sin ser hacer uso de su propia palabra.
A finales del siglo XIX y principios del XX Freud se encuentra con las histéricas, mujeres sometidas a una prohibición sobre la sexualidad (lo que era común en la Viena de fin de siglo) que, sin embargo, no guardaban silencio, hablaban con el cuerpo. Hablaban, como siempre lo han hecho, pero no había quien las escuchara. El genio de Freud consiste esencialmente en eso, se queda a escuchar el sufrimiento de sus pacientes. Así, escuchando a las mujeres aquejadas de histeria (es decir, que presentaban algún padecimiento corporal sin que nada de lo orgánico lo determinara). Se queda a escuchar el malestar de aquellas que, como fingidoras que se les consideraba, eran condenadas al exilio, el abandono y el silencio.
El psicoanálisis nos enseña de la mano de Freud que hay en la constitución psíquica de hombres y mujeres un principio de bisexualidad, por lo que ser hombre o ser mujer no se determina por lo anatómico; por tanto, para la disciplina inventada por Freud, lo femenino y lo masculino son posiciones psíquicas organizadas en el campo de lo simbólico, es decir, en y desde el lenguaje.
Freud reconoce en 1926 que la mujer es un “continente negro”, lo que les da un lugar paradójico en el psicoanálisis: por un lado, permite a Freud abrir el camino de una experiencia clínica singular y, por el otro, nunca termina de entregar “su” secreto a Freud.
Es cierto, Sigmund Freud inaugura un espacio clínico, teórico y de investigación donde el amor tiene un lugar desde la diferencia sexual, sin embargo, no podríamos referirnos a la cuestión de lo femenino en nuestro tiempo sin hacer necesariamente una revisión de lo propuesto por Jacques Lacan, este psicoanalista francés que en 1954 propondrá retornar a Freud, mejor aún, al sentido en que Freud conducía sus propuestas teóricas.
La constitución psíquica de la mujer pasa por caminos distintos a los que transcurre un varón, esto se sabe así desde que Freud se ve llevado a reconocer que su propuesta del Edipo generalizado es insuficiente para dar cuenta de la constitución del ser una mujer. Las razones son sencillas: por un lado, si partimos del hecho de que el primero objeto de amor, tanto para niños como para niñas, es la madre; en el niño se conserva este objeto de amor ahora en las personas de las mujeres que son sucedáneas de la madre, pero en la niña ocurre que tiene que resignar su objeto de amor para dirigirse ahora al padre. Por otro lado, como es fácil comprobarlo fenomenológicamente, en la niña sus primeras satisfacciones genitales (masturbatorias) son de carácter clitoridiano y en el niño peneano; en la niña esta zona de goce habrá de resignarse hacia la vagina, en el niño se conserva esta zona rectora de goce. Es decir, la constitución psíquica (y sexual) de la niña exige dos cambios que no ocurren en los varones. Así, en el “horizonte” del ser mujer, la cultura impone que habrá de transferirse de la madre al padre su amor originario y transferir su goce clitoridiano a un goce vaginal o corporal.
Freud le hace una pregunta que abre todo el debate al interior del psicoanálisis: ¿Was will das weib? ¿Qué quiere La mujer? O bien: ¿Qué quiere una mujer? Lacan retoma esta pregunta abierta por Freud, ante el letargo y estancamiento sobre la sexualidad femenina en los años setenta, y propone unas fórmulas de la sexuación. Debate de manera indirecta con los movimientos de liberación femenina en tanto que rechaza la existencia de una libido específicamente femenina o, peor aún, de un inconsciente femenino. Propone una versión lógica y topológica para situar aquello que hace de especificidad de lo femenino, sin desconocer la existencia de un sujeto del inconsciente estructurado por la función fálica. En esa posición psíquica singular en el ser mujer habría otras vías de acceso al goce que, no sin referencia al goce fálico, resultaría suplementario. Esta provocadora e innovadora propuesta de Lacan permite nuevos caminos de reflexión sobre la “especificidad” de la posición femenina, no ajena al falo, pero no supeditada al goce fálico; posibilita también nuevas formas de anudamiento del deseo, el amor y el goce. Lacan (el psicoanálisis que se organiza en torno a su enseñanza) abandona los intentos de construir una categoría universal de La mujer, dando lugar a que cada una, y una por una, den cuenta de su posición frente al goce.








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