Antonio Bello Quiroz
A Valeria, mujer amada
Uno de los cambios que mayores trastornos ha producido en la forma en que se vinculan hombres y mujeres, y en la organización social en su conjunto, es la emergencia de la mujer en su condición sexuada. No es de ninguna manera una exageración decir que Freud escucha, el primero, la voz de esa mujer que habla, con su cuerpo, de su sexualidad reprimida. Era necesario la invención del dispositivo analítico para que las mujeres pudieran hablar. Es por las histéricas que se inventa el psicoanálisis. Ellas le muestran a Freud y a Breuer que el síntoma histérico reacciona ante la palabra. Con esa célebre paciente Anna O. (Bertha Pappenheim) inventan el método bautizado por ella como Talking cure. Desde entonces el mundo ya no es igual.
Una famosa sentencia de Simone de Beauvoir, que se convirtió en bandera del feminismo, señala que la mujer no nace, se hace. Sí le concedemos razón (señalando que lo mismo aplicaría para el hombre), valdría preguntarse: ¿Cómo se constituye una mujer? Cualquier respuesta que se ensaye tendría que buscar no perderse en los laberintos imaginarios e intuitivos que abundan en las ciencias sociales y los discursos académicos. Eso se propone Freud desde 1905, con sus Tres ensayos para una teoría sexual, cuando descubre la dimensión inconsciente de la sexualidad y las pulsiones siempre como pulsiones parciales, lo que implica que no hay pulsión genital en el inconsciente. Estas pulsiones nada dicen de la diferencia entre hombre y mujer. Es decir, la sexualidad se estructura en el sujeto, desde el inicio, con independencia de la genitalidad, de ahí la tan atacada idea de “perversión polimorfa” de la sexualidad como condición de la niñez.
Para Freud las diferencias entre los sexos tardan en ser pensadas (en principio sostenía la idea de una sola sexualidad estructurada de manera semejante en hombres y mujeres). Es hasta sus reflexiones vertidas en Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos, de 1925, que el maestro puede ubicar que la sexualidad, si bien es cierto que pasa por la anatomía, no se estructura en lo biológico sino en una dimensión inconsciente, que está soportada por el lenguaje y por su lógica: el inconsciente es lógica pura, como diría más tarde Lacan. Así entonces, la diferencia sexual para el psicoanálisis está significada a partir de la problemática del tener fálico, en tanto que las pulsiones ignoran la diferencia sexual.
Para el inventor del psicoanálisis, en la organización de la sexualidad se hace patente la prevalencia de un significante único: el pene (ahora sabemos que se refería al falo en tanto que distinto del pene). La diferencia primera se establece entre quienes tienen y quienes no tienen el pene. Esto le lleva a plantear una primera teoría con respecto a la diferencia entre los sexos, colocando al complejo de castración como eje del devenir hombre o mujer. Afirma que la constitución sexual del sujeto se forma a partir del temor que produce la amenaza de castración para quien lo tiene y de la envidia de tenerlo en la que no lo tiene. Esto desde luego ha causado un gran escándalo en algunas feministas que, sin leer a Freud, le señalan como misógino, falocentrista y otras linduras.
Sin embargo, algo de razón tienen: las ideas de Freud con respecto a la mujer no rebasan por mucho su moral victoriana; tan fuerte fue la represión que la época impuso a las mujeres que limitó el pensamiento incluso del maestro vienés. Desde luego, antes que cualquier descalificación, es necesario preguntarse ¿qué es una mujer para Freud? Él mismo declaró que se trata del continente oscuro, una de las dos cuestiones que no pudo resolver después de años de elaboración teórica. Freud distingue tres posibles salidas ante el penisneid (envidia del pene): el complejo de masculinidad, la extinción de la sexualidad y la maternidad. Para Freud sólo esta última salida conduciría a la verdadera feminidad. Así, la condición femenina no se da en todas las mujeres sino sólo en aquellas en quienes la falta fálica, producto de su ser castradas, les convoca a dirigirse a hacia el amor de un hombre con la esperanza de obtener de él el falo (el pene simbolizado). Aquí observamos las limitaciones freudianas reconocidas líneas arriba.
La respuesta al enigma sobre lo femenino, lo sabemos, no se agota por mucho con Freud. Persiste y Jacques Lacan retomará el guante. Para el psicoanalista francés no hay de entrada una ruptura radical con lo que Freud ha planteado y se conduce reafirmando la prevalencia del complejo de castración en el inconsciente y en el devenir sexual. En su trabajo La significación del falo nos transmite que el complejo de castración tiene una función de nudo, lo mismo en la estructuración de los síntomas que en la regulación del desarrollo. También permite “la instalación en el sujeto de una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni siquiera responder sin graves vicisitudes a las necesidades de su partenaire en la relación sexual, e incluso acoger con justeza las del niño que es procreado en ellas”. Lacan aquí es freudiano. Aunque nos arroja luces señalando que no se trata del pene sino del falo, es decir, no es el miembro anatómico lo que hace la diferencia, sino un significante que, como ocurre con todo significante, tiene su lugar en el discurso del Otro.
Para Lacan la diferencia de los sexos está organizada por oposición de dos lógicas: una del todo fálico para el hombre y la del no-todo fálico para las mujeres. Esto produciría, a su vez, que la mitad de la humanidad esté supeditada a un goce fálico, limitado y discontinuo y, la otra mitad, a otro goce llamado suplementario, que no excluye al falo sino que se añade a él pero van más allá accediendo a un goce continuo e ilimitado. Mientras que en el lado del hombre las manifestaciones de ese goce fálico son constantes, del lado de la mujer el goce suplementario da muestras esporádicas.
Si bien es cierto que hay dos momentos en el desarrollo de Lacan con respecto a la cuestión de lo femenino, es a partir de 1972 que produce las ideas más innovadoras, y escandalosas, en dos trabajos excepcionales: su texto conocido como El atolondradicho y en el Seminario 20, Aún. En ese año 1972 produce las fórmulas de la sexuación donde no va a contradecir las tesis freudianas sino a refutar el Edipo como mito para llevarlo a una lógica de la castración. Ahí va a señalar que justamente esa lógica (fálica) no regula todo el campo del goce, no todo pasa por el Uno fálico; hay una parte que queda fuera de lo simbólico, como real.
La mujer no existe (tachando el artículo L/a) es quizá la fórmula más controversial (y con mucha frecuencia mal leída) que Lacan realiza con respecto a la mujer. La mujer que no existe es justamente porque es uno más de los nombres de ese goce que no queda regulado por lo fálico. Existen las mujeres que están bajo el peso o la primacía del falo. Al respecto Colette Soler, muy puntualmente en su estudio de psicoanálisis, Lo que Lacan dijo de las mujeres, señala: “Será necesario interrogar, pues, lo que concierne a las mujeres en un triple nivel. Aquel de la dialéctica en juego en el deseo sexual, pero también aquel de los gustos de su goce fálico, tanto en la realidad común como en la relación sexual, y, en fin, aquel de los efectos subjetivos de ese goce suplementario que la feminidad oculta y que hace de ella, no otro sexo, sino Otro absoluto. Y esto no puede aproximarse más que a partir de las vías de su decir.”








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