Daniel Bernal Granados
La habitación está iluminada, tanto que es difícil ver con claridad. De la nada, aparece él con la mirada compasiva se acerca con el puño cerrado. Al abrirlo no surge una rosa, no hay mariposas volando, sólo un corazón latiente pero moribundo. Se lo ofrece a ella que tantas veces se lo robó. Lo toma fascinada y él sonríe al ver su reacción. Ella, tranquila y maravillada, lo acerca a su boca para besarlo. De pronto, la oscuridad. Él desaparece una vez más, a lo lejos se oyen voces, gritos, golpes. Después de unos segundos, las luces se vuelven a encender. Ella mira alrededor y sólo encuentra paredes blancas, acojinadas. Busca en el piso el corazón, pero no hay nada. Intenta extender sus brazos y la realidad le muestra que esa camisa no se lo permitirá, está atada. Lágrimas resbalan por sus mejillas, parpadea y de nuevo está él, con sus ojos de esperanza. Le señala una ventana abierta que dejaba ver un cielo estrellado, una noche fría y libre. Una ventana a la que ella nunca podrá llegar.









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