Alberto Manguel
—Supongamos que no lo encuentran —sugirió.
—Entonces se moriría, obviamente.
—Pues eso debe ocurrir muy a menudo
—observó Alicia muy pensativa.
—Ocurre siempre —dijo el Mosquito. A través del espejo, capítulo III
¿Podemos leer la política como literatura? Quizá a veces, en ciertos casos. Por ejemplo: el 8 de octubre de 1967, un pequeño batallón de asalto del ejército boliviano atrapó a un grupo de guerrilleros en un barranco lleno de maleza en medio de la selva al este de Sucre, cerca del pueblo de La Higuera. Dos fueron capturados con vida: un combatiente colombiano, conocido simplemente como Willy, y Ernesto “Che” Guevara, héroe de la Revolución cubana, líder de lo que el presidente de Bolivia, general René Barrientos, llamó “la invasión extranjera de agentes del castro-comunismo”. El teniente coronel Andrés Selich, al oír la noticia, trepó cuanto antes a un helicóptero y voló a La Higuera. En la ruinosa escuela, Selich sostuvo un diálogo de cuarenta y cinco minutos con su prisionero. Hasta finales de los años noventa, poco se sabía sobre las últimas horas del Che; tras un silencio de veintinueve años, la viuda de Selich finalmente le permitió al periodista estadounidense Jon Lee Anderson consultar las notas de Selich de aquella extraordinaria conversación. Más allá de su importancia como documento histórico, hay algo conmovedor en el hecho de que las últimas palabras de un hombre fueran respetuosamente registradas por su enemigo.
—Lo veo un poco deprimido, comandante —dijo Selich—. ¿Puede explicarme a qué se debe mi impresión?
—Fracasé —respondió el Che—. Se terminó todo, por eso me ve así.
—¿Usted es cubano o argentino? —preguntó Selich.
—Soy cubano, argentino, boliviano, peruano, ecuatoriano… Ya me entiende.
—¿Por qué decidió operar en nuestro país?
—¿Usted no ve cómo están los campesinos? —preguntó el Che—. Son casi salvajes, viven en una miseria que encoge el corazón. Duermen todos juntos y cocinan en la misma pieza, sin ropa, abandonados como animales…
—Pero en Cuba pasa lo mismo —replicó Selich.
—No es cierto —disparó el Che—. No le niego que en Cuba haya pobreza, pero al menos los campesinos tienen la ilusión de progresar. El boliviano vive sin esperanza. Muere tal como nació, sin que su condición humana haya mejorado ni un poco.
La CIA quería al Che con vida, pero tal vez las órdenes nunca le llegaron al agente de la CIA nacido en Cuba, Félix Rodríguez, quien estaba a cargo de la operación. El Che fue ejecutado al día siguiente. Para que pareciera que el prisionero había muerto en combate, su verdugo le disparó en los brazos y en las piernas. Luego, cuando el Che se revolcaba en el suelo, “mordiéndose una muñeca, al parecer en un esfuerzo por no gritar”, una última bala le entró en el pecho y le llenó los pulmones de sangre. El cuerpo del Che fue llevado por aire a Vallegrande, donde se exhibió un par de días y fue observado por funcionarios, periodistas y gente del pueblo. Selich y otros oficiales posaron para una fotografía, de pie, a la cabeza del cuerpo, antes de hacerlo “desaparecer” en una fosa secreta cerca de la pista de aterrizaje de Vallegrande. Las fotografías del Che muerto, con su inevitable eco del Cristo muerto (el cuerpo delgado, medio desnudo; el rostro barbado, sufrido), se convirtieron en uno de los íconos esenciales de mi generación, una generación que apenas tenía diez años cuando ocurrió la Revolución cubana en 1959.
La noticia de la muerte del Che Guevara me llegó hacia el final de mi primer y único año de universidad en Buenos Aires. Era un octubre caluroso (el verano austral se adelantó en 1967), y mis amigos y yo estábamos planeando viajar al sur y acampar en los Andes Patagónicos. Era una zona que conocíamos bien. En la secundaria y preparatoria, habíamos recorrido la Patagonia la mayoría de los veranos, guiados por entusiastas monitores de izquierda cuyos credos políticos iban desde el estalinismo conservadurista hasta el libre pensamiento anarquista, del melancólico trotskismo hasta el socialismo estilo argentino de Alfredo Palacios, y cuyas bolsas de libros, que desvalijábamos sentados alrededor de la fogata, incluían poemas de Mao Tse-tung (antes así se escribía), de Blas de Otero y Pablo Neruda, los cuentos de Saki y Juan Rulfo, las novelas de Alejo Carpentier y Robert Louis Stevenson. Un cuento de Julio Cortázar que tenía de epígrafe una línea de los diarios del Che nos llevó a discutir los ideales de la Revolución cubana. Cantábamos canciones de la Guerra Civil española y de la Resistencia italiana, el enardecedor “Canto de los remeros del Volga y la escabrosa rumba “Amplia de caderas es mi puchunguita”, varios tangos y numerosas zambas argentinas. De que éramos eclécticos, éramos eclécticos.
Acampar en el Sur era más que un ejercicio turístico. Nuestra Patagonia no era la de Bruce Chatwin. Con juvenil fervor, nuestros monitores querían mostrarnos el lado oculto de la sociedad argentina —un lado que a nosotros, desde nuestros cómodos hogares porteños, nunca nos tocaba ver—. Teníamos una vaga idea de las barriadas que rodeaban nuestras colonias prósperas —villas miseria, las llamábamos—, pero no sabíamos nada de las condiciones de semi esclavitud, como las que le describió el Che a Selich, que persistían para muchos campesinos de las grandes fincas de nuestro país, ni del genocidio sistemático de los pueblos autóctonos, que los militares llevaron a cabo oficialmente hasta bien entrados los años treinta. Con intenciones más o menos serias, nuestros monitores querían que viéramos “la Argentina verdadera”.
Una tarde, cerca de la ciudad de Esquel, los monitores nos llevaron por un cañón alto y rocoso. Íbamos en fila india, preguntándonos a dónde llevaría ese corredor de roca tan polvoso y poco atractivo, cuando en lo alto de los muros del cañón empezamos a ver aperturas, como entradas a cuevas, y en las aperturas los rostros demacrados, enfermizos, de hombres, mujeres y niños. Los monitores nos llevaron por el cañón de ida y vuelta sin decir una sola palabra, pero cuando acampamos esa noche nos contaron un poco sobre la vida de la gente que habíamos visto, que habitaba entre las rocas como animales, que se ganaba la vida trabajando esporádicamente de peones, y cuyos hijos rara vez sobrevivían más allá de los siete años. A la mañana siguiente, dos de mis compañeros de clase le preguntaron a su monitor cómo podían unirse al Partido Comunista. Otros tomaron un camino menos moderado. En los años setenta, varios pelearon en la guerra contra la dictadura militar; uno, Mario Firmenich, se convirtió en el sanguinario capo del movimiento guerrillero de los Montoneros y por años tuvo la dudosa celebridad de encabezar la lista de los más buscados por los militares.
La noticia de la muerte del Che se sintió como algo colosal y al mismo tiempo casi como algo que ya se esperaba. Para mi generación, el Che encarnaba ese heroico ser social que sabíamos que la mayoría de nosotros jamás llegaría a ser. La curiosa mezcla de decisión y temeridad que resultaba tan atractiva a mi generación, e incluso a la siguiente, encontró en el Che su encarnación perfecta. En nuestros ojos era ya en vida una figura legendaria cuyo heroísmo, estábamos seguros, sobreviviría de algún modo más allá de la tumba. No nos sorprendió enterarnos que tras la muerte del Che, Rodríguez, el traicionero agente de la CIA, había empezado de pronto a padecer asma, como si hubiera heredado la enfermedad del muerto.
El Che había visto lo que nosotros habíamos visto, había sentido, como nosotros, indignación ante las injusticias fundamentales de “la condición humana”, pero a diferencia de nosotros, había hecho algo al respecto. El que sus métodos fueran cuestionables, su filosofía política superficial, su moral despiadada y su triunfo último imposible parecían (quizá aún parezcan) menos importantes que el hecho de que hubiera tomado en sus manos la lucha contra lo que sentía que estaba mal, aun cuando nunca estuvo muy seguro de qué estaría bien.
Ernesto Guevara de la Serna (para dar su nombre completo antes de que la fama lo redujera simplemente a “el Che”) nació en la ciudad de Rosario, Argentina, el 14 de mayo de 1928, aunque su acta de nacimiento decía “junio” para ocultar el motivo de la presurosa boda de sus padres. Su padre, cuyos ancestros habían llegado a Argentina con los conquistadores, tenía una plantación en la provincia subtropical de Misiones. Por el asma de Ernesto, que lo aquejó toda la vida, la familia se mudó al clima más saludable de Córdoba y más adelante, en 1947, a Buenos Aires. Ahí, Ernesto estudió en la facultad de medicina y, armado con su título de doctor, se lanzó a explorar el continente latinoamericano en “toda su terrible maravilla”. Quedó cautivado por lo que vio y le costaba trabajo dejar la vida errante: le escribió a su madre desde Ecuador anunciando que se había vuelto “un aventurero cien por ciento”.
Entre las muchas personas que conoció en su Grand Tour, una en particular parecía inquietarlo: un viejo refugiado marxista de los pogromos de Stalin a quien Ernesto se topó en Guatemala. “Morirás con el puño apretado y la mandíbula tensa”, dijo este remoto Tiresias, “en perfecta demostración del odio y el combate, porque tú no eres un símbolo, eres un auténtico miembro de una sociedad que se está desmoronando: el espíritu de la colmena habla tu boca y se mueve en tus acciones; eres tan útil como yo, pero ignoras la utilidad de la ayuda que das a la sociedad que te sacrifica”. Ernesto no tenía cómo saber que el anciano le había dado su epitafio.
En Guatemala, Ernesto cobró aguda conciencia de los conflictos políticos y por primera vez se identificó con la causa revolucionaria. Ahí, y en México poco después, conoció a cubanos emigrados que encabezaban la lucha contra el dictador Fulgencio Batista, cuyo régimen corrupto tanto había fascinado y repelido a Ernest Hemingway y Graham Greene. Con tremendo olfato para los buscapleitos, el agente de la CIA David Atlee Phillips, destacado en aquel entonces en Centroamérica, le abrió un expediente al joven médico argentino —expediente que con los años llegaría de ser uno de los más voluminosos de la CIA—. En julio de 1955 ocurrió el primer encuentro entre Ernesto Guevara y Fidel Castro, en México. A Castro, que ya desde 1948, cuando era un estudiante de derecho de veintiún años, había empezado a conspirar contra el régimen de Batista, le cayó muy bien el argentino al que los otros cubanos habían empezado a llamar “Che”, por el apelativo coloquial argentino. “Me parece que hay entre los dos una simpatía mutua”, escribió el Che en sus diarios. Tenía razón.
Después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, el Che buscó una ambiciosa secuela. No sabemos si él hubiera apoyado, por lealtad a la Revolución, las medidas tiránicas que Castro adoptaría en los años siguientes para proteger su régimen. Las miras del Che estaban puestas en futuro lejano. Después de la guerra en Cuba, creía el Che, los revolucionarios se desplegarían a los países vecinos (Bolivia fue el primero que eligieron). Ahí se levanta ría en armas contra la oligarquía y sus jefes imperialistas, guerras que acabarían por obligar al archienemigo, Estados Unidos, a entrar en la refriega. Como resultado, América se uniría contra “el invasor extranjero” y derrotaría al imperialismo en todo el continente. La batalla del Che no era contra el poder en todas sus formas, ni siquiera contra la idea de una sociedad estratificada. Ciertamente no era anarquista: creía en la necesidad de un liderazgo organizado e imaginaba un Estado panamericano bajo un gobierno de mano dura pero moral. En su pequeño libro sobre la idea griega de la libertad, La Grèce Antique a la découverte de la liberté, la historiadora francesa Jaqueline de Romiliy señala que la rebelión de Antígona no surge del rechazo a la autoridad en sí, sino al contrario, de la obediencia a una ley moral más que a un edicto arbitrario. El Che también se sentía obligado a obedecer una ley moral, y por ella estuvo dispuesto a sacrificarlo todo y a todos, y, desde luego, a sí mismo. Como sabemos, los eventos nunca progresaron más allá de la campaña boliviana. Si el Che llegó a saber cuál era la utilidad de su sacrificio es una pregunta que quedó sin respuesta.
Y sin embargo, algo del ideal del Che sobrevive más allá de la derrota política, incluso en estos días en que la avaricia casi se ha convertido en virtud y las ambiciones corporativas invalidan las simples consideraciones sociales (por no hablar de socialistas). En parte, se ha convertido en otra pintoresca figura latinoamericana, como Emiliano Zapata o Pancho Villa, que se usa para adornar camisetas y bolsas de compras: en Bolivia, la Dirección Nacional de Turismo organiza tours al lugar de la última campaña del Che y al hospital donde su cuerpo fue expuesto. Pero eso no es todo lo que queda. El rostro del Che —vivo con se boina con estrella, o muerto, con la mirada fija como si sus ojos pudieran ver un punto detrás de nuestro hombro— aún parece abarcar una visión vasta y heroica del papel de los hombres y las mujeres en el mundo, un papel que hoy puede parecernos totalmente por encima de nuestras capacidades o nuestro interés.
Sin duda él tenía el physique du rôle. La literatura épica requiere una iconografía. El Zorro y Robin Hood (vía Douglas Fairbanks y Errol Flynn) le prestaron sus facciones al Che vivo, y en la imaginación popular era un joven Don Quijote, un Garibaldi latinoamericano. Muerto, como notaron las monjas del hospital de Vallegrande que subrepticiamente le cortaron mechones de pelo para guardarlos en relicarios, parecía el Cristo depuesto, rodeado de hombres de uniforme oscuro, como soldados romanos en atuendo moderno. Hasta cierto punto, el rostro muerto suplantó al vivo. Un pasaje notorio en el documental de cuatro horas de Fernando Solanas La hora de los hornos (1968), que es una crónica brillante de la historia argentina desde los tiempos más remotos hasta la muerte del Che, deja la cámara varios minutos sobre el rostro sin vida, obligando al público a rendir homenaje visual al hombre que cargó con todas nuestras ansias de acción ante la injusticia, que soportó todo nuestro molesto agenbite of inwit [remordimiento de conciencia en inglés]. Miramos ese rostro y nos preguntamos, ¿en qué momento pasó de lamentar las desgracias de este mundo, de compadecerse de la suerte de los pobres y condenar en plática la avaricia despiadada de los poderosos, a hacer al respecto, a emprender acciones contra esa marea de injusticia?
Quizá sea posible señalar el momento en que este paso tuvo lugar. El 22 de enero de 1957, el Che Guevara mató por primera vez. El Che y sus camaradas estaban en la maleza cubana, era mediodía. Un soldado les empezó a disparar desde una choza a escasos veinte metros. El Che disparó dos tiros. Con el segundo, el hombre cayó. Hasta ese momento, su indignación sincera ante la injusticia universal se había expresado en gestos byronescos, versos malos que el Che escribió con ecos de rimbombancia decimonónica, y esa clase de prosa académica que en Latinoamérica se conoce como revolucionaria, plagada del vocabulario de las tomas de protesta y de metáforas grandilocuentes. Tras esa primera muerte algo cambió. El Che, intelectual apasionado pero convencional, se había convertido irrevocablemente en hombre de acción, destino que tal vez siempre fue suyo, aunque todo en él parecía conspirar para que no lo cumpliera. Sufriendo de asma, que lo hacía batallar con los discursos largos, por no decir las marchas largas, consciente de la paradoja de haber nacido en una clase que se beneficiaba del sistema injusto que él había decidido desafiar, movido de pronto a actuar más que a reflexionar sobre la meta precisa de sus acciones, el Che asumió, con obstinada determinación, el papel del romántico héroe-luchador y se volvió la figura que mi generación requería para poder tranquilizar nuestra conciencia.
Thoreau declaró que “La acción por principio, la percepción y el desarrollo de lo correcto, cambian las cosas y las relaciones; es algo esencialmente revolucionario y no concuerda con nada de lo que fue. No sólo dividió Estados e iglesias, divide a las familias; ¡ay!, divide al individuo, separando en él lo diabólico de lo divino. El Che (que como todo intelectual argentino de su época debe haber leído “Desobediencia civil”) hubiera estado de acuerdo con esta paráfrasis de Mateo 10:34-35.









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