Pablo Manuel Rojas Aguilar
En una duración eterna, todos los órdenes y colocaciones posibles
ocurrirán un número infinito de veces. David Hume
La quieta noche del veintitrés de marzo de dos mil dieciséis, justo cuando los insectos se disponían a entonar su lúgubre canto, Damián despertó de manera súbita y se sentó en la orilla derecha de su cama sintiendo el corazón sobresaltado, náuseas e incontenible vértigo; su brazo izquierdo estaba entumido, su frente mojada y las dificultades para respirar eran profusas… Sus ojos se tornaron blancos, cayó en la cama y se quedó dormido.
Cuando volvió en sí, una figura geométricamente imposible, la cual era a la vez un triángulo, un cuadrado, un círculo, y una esfera, un prisma y un cono, se posó frente a él y le dijo en un rústico dialecto apenas entendible: —Aquí el tiempo se difumina… En un principio, Damián no comprendió lo que esto implicaba, aunque sí supo, tal vez, que estaba en el Infierno; y es que nada ahí era tangible, no había formas ni colores específicos, todo estaba en constante movimiento, girando y volviendo a girar. La misma voz le dijo —Perderás tu conciencia con todos sus detalles, hasta los más… Las palabras continuaron emitiéndose hasta que el lenguaje dejó de ser sintagmático y las sílabas y los fonemas comenzaron a sobre encimarse hasta desvanecerse y convertirse sólo en imágenes amorfas, las cuales fueron encabalgándose, fusionándose, diluyéndose y luego de manera contraria, simultáneamente. No obstante, Damián aún era capaz de percibir todas estas cosas y también cómo sus huesos se pulverizaban… De manera terrible, le había sido dado ser un perceptor para, en consecuencia, verse a sí mismo convertido en polvo estelar flotando entre la soledad de los átomos y también en soles y en galaxias dibujando elípticas órbitas; fue agujeros negros, el Hades, el trueno, el águila de Júpiter y el magnífico kraken; fue la partícula que del universo es el origen y las explosiones y energía capitalizada entre las leguas y los confines de cada cuerpo; fue todo lo que existe en el Cosmos sin el longitudinal tiempo y sin su correspondiente espacio; fue cada cosa existente en un solo instante: fue las almas precipitadas al Careonte por la ligera espada de Aquiles y las aguas llenas de dioses de Ulises; fue el hipogrifo de Ariosto, la gruta platónica, los bisontes tallados en la caverna con torpe ejecución; fue la nave hecha con las uñas de los muertos, la rosa vuelta de las cenizas, lechuzas, esferas, cubos, atlas, cráteres, marfiles, la hoja ensangrentada de Sigurd, la luna trágica de Apolodoro, el destino de todos los hombres regido por la posición de los astros… Fue incluso esa luz que se apaga a lo lejos, que es acaso un imperio o una luciérnaga.
La conciencia de Damián fue devastada, como resultado; pero la tortura no terminaría en ese punto, puesto que un número n de objetos (en este caso Damián usurpando el universo entero) debe sufrir un número casi infinito de variaciones para después repetirse hasta el infinito. Así que resurgirán los años platónicos de los periodos planetarios cíclicos y Damián será una vez más Platón explicando en su Academia el argumento astrológico del eterno retorno; y será nuevamente el fuego que funda el pensamiento de Heráclito, el mismo fuego que después lo consumirá cíclicamente. Volverá a ser Virgilio inventando el hexámetro, Judas entregando a Jesús a su calvario y el viejo Borges que recuerda la imagen de una flor amarilla.
Y todas estas cosas seguirán girando hasta repetirse, hasta que Damián vuelva a ser él mismo, llegando otra vez al Infierno y se encuentre con el mismo demonio que le dirá, despacio, con voz entrecortada: —Aquí el tiempo se difumina...









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