Miguel Samsa
Lo que más llama la atención del Ensayo sobre los principios naturales de la moral, de Jeremiah Butterbrain (1634-1708) es la pretensión de despojar a la ética todo sustento religioso o metafísico y verla sólo como una derivación del impulso natural por sobrevivir.
Para Butterbrain, hijo de un pastor puritano, al igual que para Hobbes —quien ejerció sin duda una profunda influencia en su pensamiento—, el ser humano es por naturaleza egoísta y violento. Los principios de bondad, justicia, solidaridad, sólo los adquiere mediante una larga y penosa educación en la infancia.
A semejanza de lo planteado por Hobbes con respecto a la formación del Estado, Butterbrain considera que, sin la creación de los principios y normas morales, la existencia humana sería breve y solitaria, pues en su Estado natural cada individuo viviría solo, enfrentándose constantemente a los otros para defender sus propiedades y su vida. Así pues, en la necesidad de reducir los riesgos y prolongar la propia vida puede encontrarse el origen de la moral, “que nos impone obligaciones, primero, para con los propios padres y hermanos; posteriormente, y tras una instrucción más exhaustiva, para con la comunidad y el Estado”.
A diferencia de la tradición aristotélica, Butterbrain considera que las normas morales no tienen otra finalidad que asegurarle al individuo relaciones pacíficas con sus semejantes y, de esta manera, reducir las posibilidades de confrontaciones. La felicidad y el bienestar son apenas resultados secundarios que se vislumbran en cuanto los más inmediatos logran ser consolidados mediante la práctica de las reglas morales.
“¿De qué bienestar puede gozar el hombre si su vida es amenazada de manera frecuente por sus semejantes, que buscan apropiarse de lo que él ha conseguido? Es vano desear la felicidad cuando la existencia propia está en riesgo constante, cuando se carece de toda certeza sobre la prolongación de la vida misma. Para asegurar que será posible disfrutar de su progenie y pertenencias es que los hombres establecieron acuerdos en su comportamiento. Pequeños pactos que garantizaran la paz entre ellos. En la medida que tales pactos resultaron eficaces, éstos fueron transmitidos y replicados a las generaciones siguientes, de donde se siguió la consolidación de esas normas y formas de comportamiento que llamamos reglas morales.”
Butterbrain asegura que el comportamiento de los niños, en sus primeros años de vida, es muestra de que los principios morales no están inscritos por naturaleza en la constitución humana: egoístas, caprichosos y crueles, se preocupan sólo por su propia satisfacción. Y si no se les moldea de manera adecuada, estos vicios se acrecentarán con la edad.
Por eso en sus primeros años los seres humanos requieren de una severa y estricta formación, para ajustar su conducta a patrones que les permitan, a futuro, reducir las posibilidades de conflicto con sus semejantes y granjearse su lealtad y gratitud.
Pero la conducta humana, asegura Butterbrain, es difícil de moldear: los hombres tienden a romper los acuerdos ya establecidos en cuanto ven la posibilidad de lograr un beneficio mayor. Así que sustentar la moral sobre una base racional y consensual resultaría insuficiente.
“Si viéramos a los principios morales como resultado de único de nuestra voluntad y acuerdo, sería tan volátil como nuestros caprichos. Para aumentar su peso sobre nuestras conciencias ha sido necesario atribuirle un origen ultraterreno y sustentarla o bien en mandamientos divinos, o bien en principios racionales y metafísicos. Así como construimos historias y seres espantables que vigilan el comportamiento de nuestros hijos, así los hombres, en el origen de la sociedad, crearon historias sobre la vigilancia de nuestra conducta por parte de la divinidad.”
La obra de Butterbrain tuvo poco eco entre sus contemporáneos, tal vez por este postulado de despojar a la moral de todo sustento divino y verla como un acuerdo utilitario para lograr una convivencia pacífica. Su única resonancia posterior parece haber sido en el pensamiento de Jeremy Bentham —tal como lo planteó Jack Linier en su Historia del desarrollo de la filosofía moral (Oxford, 1958)—, si bien en toda su obra no hay una sola referencia expresa a las ideas de Butterbrain.









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