Darian Leader
La depresión hoy en día está en todas partes. Los médicos de familia la diagnostican, las celebridades revelan que la padecen, a los niños les dan recetas para combatirla, se habla de ella en los medios de comunicación, los personajes de las telenovelas luchan por vencerla. Sin embargo, hace cuarenta años la depresión casi no se encontraba por ningún lado. Se consideraba que un pequeño porcentaje de la población sufría de depresión y tenía poca dignidad como categoría diagnóstica. La gente era ansiosa o neurótica, pero no estaba deprimida. A veces esto se explica en términos de crecimiento del conocimiento científico. Ya que ni siquiera hoy entendemos realmente qué es la depresión, al mirar atrás nos damos cuenta de que siempre había estado presente y sin embargo sin diagnosticar. El florecimiento del diagnóstico es simplemente un signo de progreso científico.
Desde esta perspectiva, la depresión es el nombre de una enfermedad única. Tiene rasgos biológicos específicos y se encuentra en todas las sociedades humanas. Presenta síntomas tales como el insomnio, la falta de apetito y la baja energía, y esta disminución de tono biológico y vital se atribuye a un problema químico en el cerebro. Una vez que hayamos desarrollado estos síntomas iniciales, la cultura tal vez pueda ayudarnos a darles forma, privilegiando a algunos e incitándonos a ser discretos respecto a otros. Tal vez no tengamos problema en decirle a nuestros amigos o a nuestro doctor que nos sentimos exhaustos, pero seremos muy discretos sobre nuestra pérdida de libido.
Según este punto de vista, nuestros estados biológicos serán interpretados como humores y emociones por nuestro entorno cultural. La baja energía, por ejemplo, tal vez se interprete como “tristeza” o “culpa” en una sociedad pero no en otra. De igual forma, la respuesta de cada cultura a estos sentimientos variará ampliamente, yendo de la preocupación y el cuidado a la indiferencia y el rechazo. Algunas culturas proveerán un vocabulario rico para describir estos sentimientos y les otorgarán legitimidad, mientras que otras no. Desde este punto de vista, lo que llamamos “depresión” es la particular interpretación médica occidental de cierto conjunto de estados biológicos, con la química cerebral como problema de base.
Una perspectiva alterna ve la depresión como el resultado de cambios profundos en nuestras sociedades. El surgimiento de las economías de mercado crea una ruptura de los mecanismos de apoyo social y del sentido de comunidad. Las personas pierden la sensación de estar conectadas a grupos sociales y entonces se sienten empobrecidas y solitarias. Privadas de recursos, inestables económicamente, sujetas a presiones agudas y con pocos caminos alternativos y esperanzas, caen enfermas. Las causas de la depresión, de acuerdo con este punto de vista, son sociales. Presiones sociales prolongadas acabarán necesariamente por afectar a nuestros cuerpos, pero las presiones vienen primero, la respuesta biológica después.
Este punto de vista social se refleja en la perspectiva de algunos psicoanalistas, quienes ven la depresión como una forma de protesta. Dado que en las sociedades industriales se ve a los humanos como unidades de energía, éstos opondrán resistencia, sean conscientes de ello o no. Así, mucho de lo que se etiqueta hoy como depresión puede ser entendido como la antigua histeria, en el sentido de un rechazo a las formas presentes de autoridad y dominio. Cuanto más insista la sociedad en los valores de en ciencia y productividad económica, más proliferará la depresión como una consecuencia necesaria. De forma similar, cuanto más nos apremie la sociedad moderna a alcanzar la autonomía y la independencia en nuestra búsqueda de la realización, más adoptará la resistencia la forma del opuesto exacto de estos valores; colocará a la miseria en medio de la abundancia. La depresión es, entonces, una forma de decir NO a lo que nos dicen lo que debemos ser.
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Fragmento de La moda negra – Duelo, melancolía y depresión (Sexto Piso, España, 2014).









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