Antonio Bello Quiroz
¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?
Marcos 8:18
El cuerpo con la modernidad ha devenido un campo de batalla entre la sexualidad y la muerte. El cuerpo dejó de ser a imagen y semejanza de Dios para volverse crisol de enfermedad, vejez y muerte. El cuerpo pasó de ser morada de lo divino a objeto de consumo. El cuerpo en la modernidad se revela como pista donde el eros y la muerte danzan. Así ha sido siempre, aunque en cada época se exprese una danza diferente.
El cuerpo humano es un cuerpo enloquecido, es decir, un cuerpo pensante pero sin lugar, sin razón y sin sentido. No hay nadie que sepa algo en definitiva del cuerpo. Pero el cuerpo no puede ser sin el otro. Más aún, si pensamos que un cuerpo deviene como tal sólo en la relación con el Otro, lo que adviene del Otro es la muerte.
Si en alguna parte del cuerpo se coagula la sexualidad y la muerte es en la mirada. Quizá sea la mirada lo primero que nos humaniza. Se trata de la mirada del Otro. El hombre es sobre todo aquel al que el Otro mira sin control dice Paul-Laurent Assoun en La mirada y la voz. El control del cuerpo, en el panóptico de Foucault, se concentra en la posibilidad de mirar al preso en todo momento, sin lugar alguno invisible para la mirada del Otro. En la mitología griega sabemos de un monstruo llamado Argos Panoptes. Algunas versiones lo presentan como un gigante con cien ojos; era un excelente guardián para la diosa Hera, dado que sólo algunos de sus ojos dormían en cada momento mientras que con otros se mantenía vigilante. Hera, celosa, le encarga a Argos que cuidara a una ternera que en realidad era la ninfa Ío, con quien Zeus se apareaba. Hermes es quien da muerte a Argos. Haciéndolo dormir con una voz armoniosa y soporífera, se apoya de una varita que hace pasar por los ojos del monstruo óptico. Hera, como pago por sus fieles servicios de guardián, hace que cada uno de sus ojos adornara la cola del pavorreal. La forma en que Ovidio nos describe a esta máquina óptica es extraordinaria: “Argos tenía una cabeza rodeada de un centenar de ojos; éstos descansaban por turnos, en grupos de dos a la vez mientras todos los demás velaban permanente en guardia.” Se trata de un monstruo insomne que se actualiza en cada delirio de observación: saberse vigilado por el Otro en todo momento.
En otra referencia mitológica, podemos encontrar la potencia de la mirada: Narciso se enamora de su imagen “vista” en el reflejo del estanque. Cuando Narciso nace, el sabio Tiresias le dice a su madre que el niño vivirá eternamente si nunca se conoce. Todos se enamoraban de su hermosura y él en respuesta huía desdeñoso. La ninfa Eco lo acosaba por todos lados, pero no lo podía enamorar porque le faltaba la palabra (bien sabemos que el amor se hace y sostiene mediante la palabra), ya que por un castigo sólo puede pronunciar las últimas letras de alguna. Otro de sus enamorados era Aminio quien, desdeñado por Narciso, se suicida, no sin antes pedir venganza para el joven que le despreció. Artemisa escucha la súplica y hace que Narciso se enamore para después no corresponder. El hermoso joven huye ahora desesperado hasta que, cansado y con sed, se acerca a un arroyo cristalino para beber pero ve su imagen reflejada y se enamora de sí mismo, se queda encantado contemplándose hasta que muere de inanición.
El psicoanalista Jacques Lacan eleva a la mirada (y también a la voz) como uno de los objetos en torno a los cuales se organizan las pulsiones, junto con el objeto oral, anal y fálico. El psicoanalista le da un lugar a la pulsión escópica. Desde su posición, la mirada no es una visión atenta o aplicada. La propuesta es simple y radical: la visión, el ojo que ve el objeto, está del lado del sujeto mientras que la mirada está del lado del objeto. Así lo escribe Lacan: “En el campo escópico, todo está articulado entre dos términos que actúan de modo antinómico; del lado de las cosas está la mirada, es decir, las cosas me miran, y sin embargo yo las veo.” Resulta una propuesta novedosa de pensar la mirada decir que está del lado de las cosas. Nos hace ver la discordia irreductible entre la mirada como objeto y el ojo del sujeto. Lacan, en su propuesta de pensar a la mirada como objeto-mirada (objeto a, como lo son el seno y las heces), hace nosotros seres mirados. La mirada no es la visión, no está en los ojos del sujeto, es primeramente desde el lugar del Otro que eso mira.
Se trata de la mirada, en la lectura que Lacan, como índice del deseo de otro de quien nada se dice (Daniel Gerber en Discurso y verdad). Lacan escribe: “no una mirada vista sino una mirada imaginada por mí en el campo del Otro”. Quizá lo podemos ver ejemplificado en el arte. El espectador ve el cuadro frente a él, pero algo del cuadro lo mira, lo interpela, lo cuestiona. Así, la mirada en el campo del Otro es mancha, tachadura, para la visión del ojo del espectador. No miramos, somos mirados. En ese sentido, dice Gerber, “precisamente esta escisión entre la mirada y el ojo tiene el efecto de cita fallida, efecto de lo real. Podemos indicar esta cita fallida con dos aforismos de Lacan: “lo que miro nunca es lo que quiero ver”, y más radical aún: “Nunca me miras desde ahí donde yo te veo”. En el fondo, no vemos sino a partir de ser mirados. Vemos desde un punto, pero somos mirados desde todas partes.








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