Pablo Manuel Rojas Aguilar
Sería imposible comprender el lenguaje sin la amalgama de significados compartidos, sin los conceptos que conforman los esquemas que hacen posible nuestros intercambios de pensamiento. Y es que cada persona (acaso de manera inconsciente), presa en una jaula entretejida de relaciones de significado (que es la cultura propia), va moldeando los conceptos que utiliza para trazar el mundo que la rodea, a través de sus palabras; de los instrumentos cotidianos que sufren un proceso incesante de cambio.
Tenemos el ejemplo de la metáfora, la cual es empleada generalmente para entender conceptos de un área muy específica del conocimiento, pues a través de ella es posible abstraer los significados y comunicarlos a los demás. La meta de quien haga uso de este recurso retórico es darse a entender y no tanto, tal vez, que el oyente perciba la metáfora. De hecho, si optamos por el pensamiento abstracto, tenemos que olvidar que las palabras fueron metáforas, tenemos que olvidar, por ejemplo, que la palabra “considerar” significaba originalmente “estar en relación con las estrellas”, “hacer un horóscopo”. Sin embargo, las nuevas exigencias de nuestra sociedad hacen que ya no miremos estas cosas, hacen que ya no nos demos cuenta de que cada palabra, como dijo Lugones en su Lunario sentimental, es una metáfora muerta. No obstante, si ponemos especial atención, sí podremos darnos cuenta de ello, lo cual nos ayudará a comprender por qué un texto es como es.









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