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La mercadotecnia de las exposiciones de Da Vinci y Buonarroti

· agosto 6, 2015

Mariela Arrazola Bonilla

 

Recientemente se inauguraron en el Museo del Palacio de Bellas Artes dos exposiciones que en el medio conocemos como blockbusters: Leonardo da Vinci y la idea de la belleza y Miguel Ángel Buonarroti, Un artista entre dos mundos. Exposiciones taquilleras que a la fecha han congregado más de 100 mil visitantes desde su estreno a finales de junio.

La mayoría de los medios se ha apresurado a darle seguimiento a las largas filas de personas que madrugan para ver a estos dos grandes héroes de la historia del arte occidental. A mí me interesa más hacer una breve reflexión sobre tres temas que se intersectan en el mundo de las exposiciones de arte: el marketing, la museografía y la política cultural del Estado mexicano.

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Marketing

Aunque el comunicado de prensa es reservado en cuanto que no promete las grandes obras de estos maestros, la prensa oye los apellidos e inmediatamente da por hecho que se trata de lo mejor de lo mejor, un mal frecuente últimamente en la prensa cultural. Es imposible traer a México las grandes obras de ambos genios, ésas nunca dejarán los grandes museos europeos; lamentablemente la mayor parte de la población no lo sabe y hace grandes filas esperando ver las grandes piezas que en la memoria colectiva permean. De ellas no hay rastro. Se trata más bien, en ambas exposiciones, de obras que en el mundo del arte llamamos menores, menores en importancia, trascendencia y mitos alrededor de ellas. No tienen el aura de La Mona Lisa ni la de La Piedad.

Es decir, a ojo de buen cubero, y disculpe el lector la imprecisión mas no hay catálogo de la exposición y mi visita tuvo que ser muy breve por la cantidad de gente, en cada muestra un 60% de la exposición está conformada por obras de otros autores que dialogan con el 40% por ciento de obras que sí son originales, están firmadas y/o son atribuidas con certeza a Miguel Ángel o a Leonardo. Es decir, el público, en su mayoría, con pocas competencias culturales, apenas y distingue que La Piedad no es la original de Miguel Ángel sino una copia anónima, y cuando alguno en la fila se da cuenta, se decepciona y contagia en su desencanto al resto. Créame que la cantidad de gente dificulta leer las cédulas de las obras. En la muestra de Da Vinci pasa igual, aunque hay más piezas atribuidas a éste, en su mayoría dibujos, de anatomía, de arquitectura, de objetos.

Es decir, el éxito de la exposición está dado por anticipado gracias a los nombres mismos; era una apuesta segura traer ambas firmas pues son sinónimo de refinamiento cultural, prestigio y como consecuencia, la gente se ha volcado a Bellas Artes para el deleite de los organizadores.

 

Museografía

La museografía es más clara cuando uno lee el concepto de la exposición en la página oficial del museo que cuando uno se adentra en las salas. De hecho, la exposición se completa al visitar otros dos museos: ¡cómo si la gente fuera a recorrer los tres! Algunos recursos multimedia de tercer mundo sirven para rellenar una incompleta exposición y desquitar los 12 millones de pesos que costó hacerla.

El diseño: una selección de colores que apuesta a lo seguro y un montaje insípido, pero que resguarda sin contratiempos las obras. Lo más chocante es el concepto, un intento de ejercicio diacrónico donde se trata de acercar y hacer notar la influencia de ambos en tierra azteca.

De manera espantosa uno encuentra ejemplos de dibujos de puertas o estudios arquitectónicos de Miguel Ángel junto a estudios arquitectónicos de artistas novohispanos, y se arguye que el artista novohispano debía conocer el trabajo de Miguel Ángel. La proposición es tan obvia que por pura lógica pierde toda relevancia histórica. Es como decir que Romero Britto conoció la obra de Andy Warhol y bajo esa premisa los ponemos junto en una misma sala de un museo. A mi parecer el ejercicio relacional está forzado y por ende mal logrado. A eso se resume la curaduría. El colmo es cuando uno lee una hoja de sala que dice que Buonarroti fue de los primeros en hacer maquetas arquitectónicas, y que en México, Manuel de Tolsá hacía maquetas arquitectónicas, y la maqueta en exhibición tiene una cédula que indica: “Maqueta arquitectónica atribuida a Manuel de Tolsá”; en términos de autoría de la obra, atribuida significa que se piensa que es de alguien, pero no con certeza total. En cuestiones museológicas, el objeto debe tener un valor histórico; esta pieza, así como muchas otras no justifica su estancia en la exposición en cuanto a la relación comprobable que pudiera tener con el Renacimiento italiano, no al menos según la descripción.

Insisto, sin embargo, que lo más peligroso es que no hay una guía oportuna que permita que el espectador se dé cuenta que en la mayoría de los casos está viendo copias, anónimos u obras de artistas cercanos a los genios, pero no los genios en sí. Eso es reprobable, repito, porque la mayoría del público no tiene competencias culturales para discernir por sí mismo y el recinto no hace mucho por salvar esa brecha. Incluso me tocó escuchar a una señora pedir una visita guiada, aunque sea pagada por ella; la información que le dieron es que los asistentes en sala podían ayudarla; sin embargo, los guías se limitan a cuestiones logísticas, a conducir el tráfico de las salas de exhibición.

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Réplica de La Piedad de Miguel Ángel.

Política cultural

Cada sexenio tiene su exposición blockbuster. Sin duda, la de Peña Nieto será este par. Ahora bien, ¿por qué está mal invertir 12 millones de pesos en dos exposiciones que se resumen en 800 metros cuadrados? Porque cuando un gobierno paga aproximadamente 15 mil pesos por metro para que la gente vea a Miguel Ángel y a Leonardo, el número de visitantes no puede ser el único índice de éxito. Véanse los esfuerzos de los museos universitarios de Reino Unido por demostrar su valor en la sociedad por medio de la formulación de objetivos genéricos de aprendizaje en cada exposición. Y es que un museo es, por definición general, un espacio para el conocimiento, para el disfrute del patrimonio, para la generación de vínculos entre él y la comunidad. No obstante, estas piezas, si bien universales, no son patrimonio de nuestra comunidad y aunque se trate de relacionar con nuestro contexto, lo cierto es que, cuando un europeo ve la pintura novohispana, lo que exclama es: esto parece arte europeo.

Es decir, si bien nosotros cual colonia asimilamos como propia la historia del arte occidental, aquellos que la escriben nos siguen mirando como fuera de esa historia. Entonces, ¿qué es lo que una política cultural debería promover, el canon occidental, o el patrimonio local? ¿Invertir en traer y dignificar a lo extranjero que ya de por sí está canonizado, o invertir en formar a la gente para que aprecie lo que está más allá de los confines geográficos y temporales del Renacimiento italiano? Como éstas, muchas más preguntas pueden plantearse y como ciudadanos debemos exigir más en política cultural, pues al final del día nuestros impuestos son los que hacen posible estas exposiciones y ninguna de ellas reemplaza la experiencia de ver las grandes obras en Europa, a lo cual mucho menos mexicanos tienen acceso.

En este ámbito (Conaculta), se dice, hay mucho sabio. Yo diría que hay gente culta y con mucha profesionalización, pero que está ensimismada en su tradición académica; la decadencia de las humanidades no ha permeado mucho en México. Hay que problematizar esa tradición de las Bellas Artes entendidas como disciplinas hegemónicas y replantear una política cultural hecha desde lo local para salvar esas mismas brechas surgidas de la colonización cultural eurocentrista.

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Galería del Museo del Palacio de Bellas Artes.

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Galería del Museo del Palacio de Bellas Artes.

 

 

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