Fabiola Morales Gasca
Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las siguen. René de Chateaubriand
En un lugar escogido de la biblioteca del monasterio se alza una soberbia escultura barroca. Es la doble figura de la historia. Delante, Cronos el dios alado. Es un anciano con la frente ceñida: su mano izquierda sujeta un gran libro de que la mano derecha intenta arrancar una hoja. Detrás y en posición dominante, la historia misma. Monasterio de Wiblingen, Ulm
Buscando la definición de “memoria” hallamos que es una función del cerebro que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información del pasado. Psicólogos, neurólogos y expertos en la enseñanza coinciden en que la memoria (recuerdos) es la expresión de que ha ocurrido un aprendizaje.
Es en la especie humana donde se alcanza la máxima capacidad de memoria y entendimiento debido a su escala evolutiva. Aunque se considera que animales con menor evolución y sistemas nerviosos simples tienen la capacidad de crear recuerdos y adquirir conocimientos del mundo a través de la experiencia de sus sentidos.
Pero otras ramas de la ciencia, como la dendrocronología, nos han mostrado de la increíble capacidad de los árboles para “guardar” sucesos. El astrónomo Andrew Ellicott Douglass, fundador del Laboratorio de Investigación de los anillos de los Árboles en la Universidad de Arizona en el año 1937, quien descubrió que el cuerpo de los árboles conserva en su “memoria” las plagas, incendios, glaciaciones, desplazamientos y movimientos de terreno. Los investigadores utilizan los anillos de crecimiento en los árboles para obtener exactas cronologías que se puedan aplicar a estudios ecológicos, trastornos pasados de los bosques, identificación de variaciones en la población animal y su comportamiento, entre otros. Los árboles guardan en su corteza y anillos las cicatrices de los eventos externos. Cada tronco es una evidencia y registro de su ecosistema.
En la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre del 2014 hechos dolorosos sacudieron al estado de Guerrero y al país entero. Policías locales y estatales detuvieron camiones donde viajaban estudiantes de la Escuela Rural “Isidro Burgos”, mejor conocida como Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Las historias y relatos de los acontecimientos, aunque difusas al principio, convergen en una sola tragedia.
Para asistir a la Ciudad de México a las manifestaciones conmemorativas de la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre del 2014, los jóvenes estudiantes habían pedido dinero en las calles, tomado autobuses y combustible para concentrarlos en la escuela. Desde el día 22 de septiembre las fuerzas de policía federal y estatal habían impedido que los estudiantes recolectaran dinero en la Autopista del Sol. Los días 25 y 26 de septiembre los alumnos habían ido a Chilpancingo en dos autobuses, pero ante la presencia de las autoridades se dirigieron a ciudad de Iguala en la tarde del día 26 para buscar más vehículos y seguir “boteando”.
De casi cien estudiantes de Ayotzinapa que iban repartidos en cinco autobuses, solamente dos eran de tercer año y seis de segundo año. El resto se conformaba por los alumnos de reciente ingreso cursando el primer año y que iniciaban apenas esa semana sus estudios en la escuela rural. Antes de salir de la escuela para efectuar estas actividades, ninguno de este grupo de primer año sabía con precisión a dónde iban ni por qué (Esteban Illades, “La noche más triste”, Nexos, 1 de enero de 2015).
El alcalde de Iguala, José Luis Abarca Velázquez y su esposa María de los Ángeles Pineda (cuyos hermanos eran miembros del desaparecido cártel de los Beltrán Leyva) estaban dando una fiesta cuando cuatro de los cinco autobuses fueron interceptados por una camioneta de la policía y agredidos, resultando herido de gravedad Aldo Gutiérrez Solano y muriendo su compañero Daniel Solís Gallardo. La policía de Iguala además se llevó bajo arresto a la mayoría de los estudiantes. El último de los autobuses, el Estrella Roja 3278, quedó atascado en medio del tránsito vehicular e interceptado por la policía, del cual los estudiantes fueron obligados a bajar y encañonados con armas de fuego a los que se les permitió huir por su propio pie.
Alrededor de las once de la noche del 26, un segundo convoy de estudiantes llegó encontrando a algunos de los compañeros que no habían sido llevados. Pero pasada la medianoche, de acuerdo a testigos presenciales, fueron atacados por un grupo armado que llegó de repente tras ellos. Fallecieron los estudiantes Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón Fuentes. El resto huyó para ocultarse en las casas de Iguala y cerros circundantes.
Por coincidencia, esa misma noche se transportaba a los integrantes del equipo de futbol Avispones de Chilpancingo de la tercera división en un autobús que habían jugado en Iguala e iban de regreso. La policía a la salida de Iguala, sobre la autopista a Chilpancingo, confundiendo el autobús con el de los estudiantes de la Normal, disparó. En ese ataque murieron David Josué García Evangelista, futbolista de 15 años, Víctor Manuel Lugo Ortiz, chofer del autobús, y Blanca Montiel Sánchez, pasajera de un taxi que pasaba por ese lugar.
El día siguiente, 27 de septiembre, el país entero se indignaba cuando elementos del Ejército Mexicano encontraron el cuerpo de Julio César Mondragón, uno de los normalistas muertos, con su rostro desollado. Los primeros informes reportaron la desaparición de 57 estudiantes de la Escuela Nacional Rural de Ayotzinapa, presuntamente atacados y secuestrados por policías municipales de Iguala. El 30 de septiembre, se informó que 14 de ellos se encontraban salvos en sus casas, mientras que 43 permanecían en calidad de desaparecidos. Ese mismo día, se señaló al presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca, como presunto autor intelectual de las desapariciones forzadas y como el responsable de dirigir desde un radio a fuerzas policiacas del estado para proceder con los actos del 26 de septiembre (Martín Moreno, “Abarca: los asesinatos que ordenó”, Excélsior, 24 de octubre de 2014).
Los siguientes días fueron difíciles, llenos de incertidumbre para las familias de los chicos y para la población que estaba atenta a la suerte de los faltantes. La búsqueda de los 43 estudiantes, por parte de padres de familia junto con normalistas que fueron resguardados por elementos de la Fuerza Estatal, inició el mismo 29 de septiembre, intensificando el operativo al buscar posibles cadáveres en fosas comunes (Natividad Ambrosio, “Inician búsqueda de estudiantes”, Diario 21, 29 de septiembre de 2014).
Los árboles almacenan su historia en las cicatrices permanentes de sus círculos internos. Los expertos en dendrocronología son capaces de descifrar esa historia. Un lenguaje oculto y silencioso habla en esos círculos, susurros de sucesos. De acuerdo a estos científicos, cada dos anillos se corresponden con un año de vida, pues en cada año el árbol presenta dos etapas de crecimiento, uno correspondiente a la primavera temprana, reflejada en forma de anillo de color más claro y más grueso, pues los tejidos son más laxos, y otra capa correspondiente al otoño o verano tardío, formando un anillo más oscuro y estrecho ya que los tejidos del árbol son más densos.
La memoria significa creación de recuerdos, identidad e Historia. Los humanos, como los árboles, guardan sus propias historias y pueden señalarnos la historia de su entono y comunidad. Se afirma que los recuerdos de un colectivo humano dan una aproximación más cercana de la realidad que la propia Historia, pues en ella suelen omitirse los hechos individuales para centrarse en los acontecimientos globales. De acuerdo al filósofo Paul Ricoeur, el recuerdo también es una imagen. Al recordar representamos un acontecimiento pasado.
Los mexicanos recordamos la imagen de un joven sin rostro. Conservamos en la memoria la imagen de una identidad arrebatada por la violencia de décadas anteriores. La decadencia y la malversación de los servidores públicos se suma a la violencia que hemos sufrido en conjunto. Como los árboles, los acontecimientos externos se permean en cada individuo y se cristalizan perpetuos en la memoria para formar nuestros recuerdos más persistentes.
Para el psicoanálisis, aferrarse a un recuerdo puede generar depresiones y, en casos extremos, incluso una ruptura con la realidad actual. Los neurólogos consideran el olvido como una de las características más destacadas de la memoria. El acto de olvidar permite no sólo eliminar información carente de utilidad, también permite desechar ciertos eventos traumáticos de la vida. El neurocientífico argentino Facundo Manes afirma que hay olvidos que se realizan de forma involuntaria: “En estos casos, el cerebro en forma automática torna inaccesible la evocación de ciertos recuerdo. Esto ocurre con recuerdos vinculados a emociones muy fuertes.” El olvido es un mecanismo de autoprotección del cerebro. No es de extrañarse que la memoria de los mexicanos sea compleja, a veces es dúctil y otras recia. A veces solemos olvidar lo trascendente para recordar lo vano y superfluo. En un sociedad llena de violencia, crimen organizado y políticos corruptos lo mejor es olvidar. A cinco años de la desaparición de los 43 normalistas desaparecidos, la memoria mexicana no debe ser endeble. La memoria de los padres y madres de estos jóvenes contiene dolor, contienen recuerdos de la violencia desbordada que ha azotado a nuestra Patria, son el reflejo de nuestro entorno.
Como en un enorme bosque, cada tronco, “cada memoria” es una evidencia y registro de este ecosistema llamado México. Sin recuerdos, sin memoria no somos nada, porque sólo a través de ellos sabemos quiénes somos, tenemos Historia y obtenemos aprendizaje para orientarnos en el futuro. Es apropiado no olvidarnos de los desaparecidos. Conviene que cada uno de nosotros tenga en mente la enseñanza y sabiduría de los árboles. El proverbio anónimo dice: “Haz como los árboles: cambian sus hojas y conservan sus raíces. Así que cambia tus ideas pero conserva tus principios.”









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